Un Giro En El Tiempo
Guido Pagliarino






Guido Pagliarino

Un giro en el tiempo

Novela



TraducciÃ³n del italiano al espaÃ±ol de Mariano Bas



1a ediciÃ³n en italiano, en papel, en audiolibro y en e-book, Svolte nel tempo, copyright 0111 Edizioni 2011-2013.

(Esta primera ediciÃ³n de la novela ganÃ³ el primer premio absoluto Creativa 2012, de narrativa publicada).

Desde 2014, todos los derechos literarios, cinematogrÃ¡ficos, televisivos, de radio, Internet o cualquier otro medio de difusiÃ³n en todo el mundo fueron devueltos al autor.



2a ediciÃ³n, en e-book, Svolte nel tempo, Smashwords Edition y Kindle Edition, copyright Guido Pagliarino.



La imagen de la portada y el logotipo correspondiente han sido creados informÃ¡ticamente por el autor.



Los personajes, nombres personales y colectivos, acontecimientos y situaciones generales o individuales del pasado o del presente son imaginarios. Cualquier referencia a personas vivas o que hayan vivido en el pasado, aparte de los personajes histÃ³ricos, es involuntaria y los hechos y palabras atribuidas a dichos personajes histÃ³ricos son igualmente inventados.


Ãndice

Un giro en el tiempo, novela (#ulink_e4e207ea-9990-5ae1-81d8-783584cd89fb)

Primera Parte: âUniversos paralelosâ (#ulink_5627b1c8-1007-57af-b9d9-4e74a843cfb5)

Segunda parte: âPecado originalâ (#litres_trial_promo)

PrÃ³logo del autor a la primera ediciÃ³n (#litres_trial_promo)

EpÃ­logo del autor a la segunda ediciÃ³n (Sobre el mal en la novela âUn giro en el tiempoâ) (#litres_trial_promo)

EpÃ­logo de Cristina Bellon ( (#litres_trial_promo)de su artÃ­culo en el nÃºmero 59 de la revista âFuture Shockâ) (#litres_trial_promo)

EpÃ­logo de Antonio Scacco (#litres_trial_promo) (extracto de su artÃ­culo en el nÃºmero 60 de la revista âFuture Shockâ) (#litres_trial_promo)


Un giro en el tiempo, novela (#ulink_c8050118-fca6-5040-ba60-1a628dbed6a2)


Primera Parte: âUniversos paralelosâ (#ulink_c8050118-fca6-5040-ba60-1a628dbed6a2)


CapÃ­tulo 1



En la Sala del Mapamundi del Palacio Venecia, el amplio despacho romano del jefe del gobierno, habÃ­a sonado el telÃ©fono blanco reservado, que comunicaba directamente con unos pocos nÃºmeros importantes. Eran las 15 horas y 28 minutos del 13 de junio de 1933, XI de la Era Fascista.

Benito Mussolini, sentado en su escritorio, habÃ­a descolgado el auricular del aparato, colocado directamente a su derecha, junto a otro telÃ©fono, negro, cuya lÃ­nea pasaba por la centralita.

Al otro lado de la lÃ­nea estaba el doctor Arturo Bocchini, personaje importante en lo mÃ¡s alto del Real Cuerpo de la Guardia de la Seguridad PÃºblica1 (#litres_trial_promo) y, por ello, al frente de la poderosa y temible divisiÃ³n de la policÃ­a polÃ­tica, la OVRA: para intimidar mÃ¡s a la gente, el significado de estas siglas nunca se habÃ­a aclarado, tal vez era Ãrgano de Vigilancia de Reos Antiestatales, pero su funciÃ³n de tutela del rÃ©gimen fascista era conocida por todos.

âDuce, le2 (#litres_trial_promo) saludo: soy Bocchiniâ, se habÃ­a presentado.

âÂ¡DÃ­game, Bocchini!â: las llamadas del jefe de la OVRA casi siempre traÃ­an molestias, cuando no problemas y Mussolini sufrÃ­a cierto nerviosismo al oÃ­r aquella voz, una turbaciÃ³n que trataba de esconder usando un tono particularmente imperioso.

Sin prolegÃ³menos, este le habÃ­a comunicado un hecho extraordinario: âDuce, esta misma maÃ±ana un extraÃ±o aparato volante ha aparecido en el cielo de LombardÃ­a. Como hoy el dÃ­a estaba casi totalmente cubierto, ese aeroplano, que tenÃ­a una forma extraÃ±a, se perdiÃ³ varias veces entre las nubes, reapareciendo de tanto en tanto...â.

â... Â¿Y cuÃ¡l era esa forma extraÃ±a?â.

âEl aparato volante se parecÃ­a al disco de un discÃ³boloâ.

âÂ¡Un momento! Â¿No serÃ­a un helicÃ³ptero del ingeniero DâAscanio?â3 (#litres_trial_promo).

âDuce, podemos descartarlo: el Ãºltimo de sus modelos ha sido el famoso DAT 3, que no pudo ascender nada mÃ¡s que unos pocos metros y, en todo caso, la Sociedad DâAscanio-Troiani desapareciÃ³ el aÃ±o pasado, al haber agotado todo su capital; por otro lado, no nos consta, al menos por el momento, que se construyan aparatos asÃ­ en el extranjeroâ.

âÂ¿QuÃ© hace ahora DâAscanio?â.

âTrabaja en Piaggio, en proyectos de bombarderos convencionalesâ.

âÂ¿Alguna otra cosa sobre ese aparato desconocido?â.

âTiene un diÃ¡metro de una decena de metros, es de color claro, entre blanco y plata. Ha sido avistado primero desde el Observatorio de Brera y, no mucho despuÃ©s, por paseantes en diversas zonas de MilÃ¡n: uno de ellos, el capitÃ¡n de las Fuerzas Alpinas, Alighiero Merolli, ha avisado a los Carabineros, lo que ha puesto en alerta a los mÃ­os y tambiÃ©n a la Milicia4 (#litres_trial_promo) y la AeronÃ¡utica Realâ.

âBienâ.

âHa despegado una escuadrilla de Fiat CR 205 (#litres_trial_promo) para patrullar el cielo de MilÃ¡n y alrededores, tratando de avistar y fotografiar esa aeronave y hacerla aterrizar: una misiÃ³n nada sencilla, dado el tiempo nublado. Por fortuna, el disco saliÃ³ de repente de un cÃºmulo justo sobre los aviones: volaba de forma anormal, parecÃ­a tener problemas, iba dando bandazos, un poco, me han dicho, como una peonza cuando empieza a oscilar y acaba parÃ¡ndose de golpe. El comandante de la escuadrilla, el capitÃ¡n Attilio Forgini, ha ordenado a la aeronave desconocida que le siguiera, tanto por radio en italiano y en francÃ©s6 (#litres_trial_promo), como realizando movimientos de vuelo que indicaban visiblemente esta orden; no ha habido sin embargo tiempo, ni para escoltarlo al aeropuerto mÃ¡s cercano, ni para abatirlo, algo que habrÃ­a sido posible porque ya estaba para entonces fuera de MilÃ¡n: a pesar de los problemas que parecÃ­a tener, el piloto extranjero ha acelerado de golpe el disco hasta una velocidad que los nuestros han estimado en mil kilÃ³metros por horaâ.

âÂ¡Milâ¦!â

âSÃ­, Duce, nada menos, parece seguro, ya que me he asegurado a travÃ©s de sus comandantes de que los pilotos tienen experiencia y capacidad probadas, empezando por el jefe de la escuadrillaâ.

âÂ¿A quÃ© velocidad vuelan exactamente nuestros aviones?â.

âBueno, Duce, son rapidÃ­simos, pero la velocidad mÃ¡xima que alcanzan son doscientos setenta por hora. SÃ© por mis fuentes en la Fiat que en TurÃ­n estÃ¡n realizando vuelos experimentales con un nuevo modelo, el CR 32, pero ni siquiera este biplano, aunque sea muy veloz, se aproxima ni lejanamente a esa aeronave desconocida, pues en realidad no supera los 375 por hora, aparte de que, por ahora, solo hay algunos prototipos experimentales y no se prevÃ© que la producciÃ³n en serie empiece hasta como mÃ­nimo el aÃ±o que vieneâ.

Mussolini habÃ­a apretado los dientes: âÂ¡Un daÃ±o a la imagen de Italia y un peligro militar! Â¡No podemos quedarnos atrÃ¡s en la innovaciÃ³n aeronÃ¡utica! Escuche, Bocchini, mientras telefoneo a Balbo, dÃ© de inmediato la orden a los comandos aÃ©reos del norte de que hagan despegar mÃ¡s escuadrillas: tal vez alguna consiga avistarlo de nuevo, quiÃ©n sabe, y esta vez abat...â

â... No, Duce, perdone...â

âÂ¡Â¿CÃ³mo que no?!â

âPerdone, entiendo que la aeronave ya ha sido captur...â

â... PodÃ­a haberlo dicho antes, Â¿no?â

âEeh... sÃ­, Duce, en realidad estaba a punto de decÃ­rseloâ.

âÂ¡Adelante!â

âUna vez perdido de vista, esa especie de disco volante no siguiÃ³ escondiÃ©ndose por mucho tiempo y no mucho despuÃ©s aterrizÃ³ en pleno campo, o mejor dicho, se le ha visto desplomarse en caÃ­da libre en los Ãºltimos metros, como si el motor se hubiera parado de golpe, sobre un campo de trigo entre las localidades de Sesto Calende, Varese y Vergiate, muy cerca de esta Ãºltimaâ.

âÂ¿QuiÃ©n lo ha visto?â.

âUn tal Annibale Moretti, un propietario de fincas agrarias con un terreno vecino al del impacto: un fascista veterano que participÃ³ en la Marcha sobre Roma. HabÃ­a ido hacÃ­a un rato en bicicleta a ese terreno para ver el estado de la cosecha de trigo, ha escuchado un silbido, ha levantado la cabeza y ha podido ver la caÃ­da de la aeronave y su impacto en el campo vecino. No se ha acercado por temor a un incendio o una explosiÃ³n, que no se han producido. AsÃ­ que se ha montado inmediatamente en la bici y ha avisado a la comisarÃ­a local de Carabineros Reales, comandada por el subteniente primero Amilcare Palumbo. Este ha actuado de inmediato, ha mantenido en la comisarÃ­a solo los hombres estrictamente necesarios para mantener el orden pÃºblico y ha hecho que los demÃ¡s bloquearan el trÃ¡fico de vehÃ­culos civiles en la zona del impacto. Por suerte, desde la carretera mÃ¡s cercana, una estatal, no se podÃ­a ver nada de la aeronave, porque discurre a unos cuatrocientos metros y hay Ã¡rboles de por medio, mientras que junto al lugar del suceso, segÃºn me han dicho, solo estÃ¡ el camino de tierra por el que habÃ­a pasado Moretti en bicicleta y por el que raramente pasa alguien. El lugar ha sido rodeado por hombres de las tres fuerzas de seguridad, mientras que una centuria7 (#litres_trial_promo) de la milicia, llegada del cercano cuartel Giovanni Berta, ha empezado a rastrear campos y bosquecillos de la zona y luego, edificio por edificio, tambiÃ©n Vergiateâ.

â... Â¿Y Moretti? Â¿Puede que hable?â

âNo, Duce: Palumbo le ha retenido con la excusa de que era necesario que colaborase para escribir una declaraciÃ³n. Bajo sus Ã³rdenes, evidentemente no dadas en presencia de Moretti, un carabinero, con el agricultor delante de Ã©l, se ha dedicado a escribir a mÃ¡quina con lentitud, preguntando, escribiendo, corrigiendo, etc. Entretanto, el subteniente avisaba a las demÃ¡s fuerzas de policÃ­a y a la Milicia y ordenaba a su segundo, el brigada Aldo Pelassa, que fuera al lugar para cortar el trÃ¡fico y acordonarlo; luego el subteniente pidiÃ³ las Ã³rdenes consiguientes a sus superiores. Estos, antes de responderle, me han puesto al corriente, dado lo delicado de la situaciÃ³n y he transmitido inmediatamente al subteniente la orden de tomar declaraciones en el cuartel de la Milicia, con la excusa de profundizar en las investigaciones, para indicarles quÃ© tenÃ­an que decir exactamente. Me ha telefoneado hace poco el seÃ±or primero8 (#litres_trial_promo) Ilario Trevisan, comandante de la cohorte9 (#litres_trial_promo), y me ha dicho que Moretti ha llegado y estÃ¡ esperando en la sala de reuniones junto al cuerpo de guardia. Ahora Duce, espero sus instrucciones, las Ã³rdenes que se precisen, para transmitirlas a Trevisanâ.

âHmmâ¦ este Moretti, me ha dicho, es un fascista veterano y hay que tenerle contento... pero si habla, al menos por el momento... Â¡Bueno! Mire, Bocchini, haga esto: dÃ©jelo libre, pero solo despuÃ©s de que hayamos difundido la noticia como nos convenga: haga que se comunique a radios y periÃ³dicos, lo habitual con la Stefani, que ha caÃ­do un meteorito del cielo y entretanto adoctrine apropiadamente a Morettiâ.

La Stefani era la agencia de prensa oficial del rÃ©gimen, encargada de dar a los medios de comunicaciÃ³n las noticias de la forma mÃ¡s conveniente y de controlar minuciosamente su difusiÃ³n, asÃ­ como de ordenar el secuestro de cualquier informaciÃ³n desagradable que, por desgracia, hubiera empezado a circular. La dirigÃ­a el periodista fascista Manlio Moranti, nacido en el mismo lugar que Mussolini, en Forli.

âA sus Ã³rdenes, Duceâ, habÃ­a respondido Bocchini.

âHÃ¡bleme ahora del piloto de la aeronaveâ.

âEn el interior habÃ­a tres personas y ninguna estaba viva: dos cadÃ¡veres de hombres y uno de mujer, todos con ropas ligeras que los quÃ­micos analizarÃ¡n en cuanto sea posible: calzaban mocasines y llevaban camisetas y pantalones, incluida la mujer, ropas parecidas a las que se ponen en vacaciones en la playa incluso las seÃ±oras mÃ¡s modernas...â.

ââ¦mujeres descocadasâ.

âSÃ­, Duce. Sin embargo, no eran uniformes, porque los colores que vestÃ­an eran muy distintos, uno de los muertos vestÃ­a completamente de negro, los otros respectivamente con camiseta verde y pantalones azul celeste, la mujer, y amarillo y gris, el hombreâ.

âQuerrÃ­an llegar rÃ¡pido al marâ, habÃ­a bromeado Mussolini, para sacudirse la incomodidad que se habÃ­a apoderado de Ã©l.

El jefe de la OVRA, sin embargo, no le habÃ­a entendido: âDuce, es posible que en aquel campo los motores generaran un calor muy intenso y por tanto...â

â... Â¡AsÃ­ que se ha dado cuenta, Bocchini!â

âP... perdÃ³n, Duce, no le habÃ­a entend...â

â... estÃ¡ bien, seamos serios: pienso que esos tres son espÃ­as, no simples pilotos de pruebas. Es una pena que hayan muerto y sus hombres no puedan interrogarlos como es debido, siempre que no haya otros con vida, por supuesto: Â¿piensas que alguno podrÃ­a haber salido de la aeronave y estar escondido?â

âDuce, en su momento tuvimos por nuestra parte la misma sospecha y con razÃ³n, porque los asientos de aquel disco aÃ©reo son cuatro, pero tambiÃ©n se puede pensar ahora que no hubo supervivientes, porque toda la zona e incluso la localidad de Vergiate han sido rastreadas por la Milicia: creemos que uno de los asientos no estaba ocupadoâ.

âHmmâ¦ sÃ­, es verosÃ­mil. Aparte de esto, Bocchini, te digo que la presencia femenina en la aeronave me parece algo extraÃ±a, aunque en el mundo no faltan mujeres que sean pilotos de aviaciÃ³n, por otro lado excepcionalÃ­simasâ (a Mussolini el encantaban los superlativos, sobre todo los excesivos) âComo aquella aviadora americana de la que me hablaste en su momento, aquella que el aÃ±o pasado habÃ­a cruzado sola el AtlÃ¡ntico... Â¿CÃ³mo se llamaba?â.

 âAmelia Earhart10 (#litres_trial_promo)â.

âAh, sÃ­... Â¿no serÃ¡ ella por casualidad?â

âLo estamos investigando, Duce. En todo caso, le advierto entre parÃ©ntesis que, desde hace muy poco, tambiÃ©n nosotros tenemos una mujer piloto heroÃ­na, la joven marquesa Carina Negrone, de 22 aÃ±os, que precisamente esta maÃ±ana ha conseguido la licencia de piloto en GÃ©nova, despegando en un hidroaviÃ³n Caproncino desde el mar cercano al faroâ.

âÂ¡Bravo, Bocchini! Â¡Buena noticia para la propaganda! La chica es de probada fidelidad fascista, Â¿no?â

 âUna patriota, Duce, le ha enseÃ±ado un piloto militar de la reserva, un hÃ©roe de la Gran Guerra, el industrial genovÃ©s Giorgio Parodiâ.

âLe conozco, le conozco. Estupendo: mientras tanto te ordeno que se haga publicidad a travÃ©s de la Stefani del logro de la valerosÃ­sima aviadora italiana: la noticia contribuirÃ¡ a distraer a los periÃ³dicos con respecto a esa aeronave desconocida, ya que este hecho sin duda no favorecerÃ­a la imagen de nuestra aviaciÃ³n. Al mismo tiempo bloqueamos la noticia del disco lanzando el bulo del meteorito. Hasta hoy nuestra AeronÃ¡utica ha sido la primerÃ­sima del mundo y el mundo debe continuar pensÃ¡ndolo. Â¡Mil kilÃ³metros por hora! Â¡Parece una novela de Julio Verne! Tenemos que lograrlo nosotros tambiÃ©n, Â¿eh?â

âSin duda, Duceâ, habÃ­a asegurado Bocchini, aunque con respecto a la fabricaciÃ³n de aviones, Ã©l era como mortadela con fresas con nata.

âSi no me lo dijeras tÃº, no lo creerÃ­a; mil kilÃ³metros por hora; formidable; pero volviendo a la mujer muerta: su presencia en la aeronave corrobora lo que he dicho antesâ.

âÂ¿?â

ââ¦ Â¡Que sÃ­, que se trata de espionaje! La mujer, por serlo, no podrÃ­a ser militar, sino una intÃ©rprete o algo parecido, de un servicio secretoâ.

âSÃ­, Duce. Lo investigarÃ©. Entre tanto, si me lo permite, le continÃºo informandoâ.

âProcedaâ.

âCon otras tantas ambulancias, se han llevado los tres cadÃ¡veres a la morgue del Hospital Militar de MilÃ¡n, donde han quedado a la espera de la autopsia. Al mismo tiempo se han reunido en el lugar del impacto camiones especiales y grÃºas mÃ³viles de la AeronÃ¡utica, con neumÃ¡ticos gruesos y orugas para terrenos sin asfaltar y han conseguido cargar el aparato y librar a la zona de su abrumadora presencia, evidentemente despuÃ©s de haber cortado el trÃ¡fico a lo largo de todo el trayecto, ya que el disco ocupa casi todo el ancho de la carreteraâ.

âÂ¿AlgÃºn daÃ±o a los cultivos locales?â.

âEh, sÃ­, Duce, entre los neumÃ¡ticos y las orugas, y considerando que hasta la carretera asfaltada solo estaba el camino de tierra, los campos a ambos lados de este han sufrido daÃ±os notablesâ.

âIndemnizaremos a los propietarios. Y advertiremos al prefecto local... Â¿de quÃ© provincia?â.

âVarese, Vergiate estÃ¡ en la provincia de Vareseâ.

âSÃ­, Varese. Â¿Hay fotos del disco?â.

âSÃ­, Duce, se han tomado muchÃ­simas fotografÃ­asâ.

âQuiero verlas de inmediatoâ.

âLas estÃ¡n revelando, Duce. MaÃ±ana por la maÃ±ana, como muy tarde, estarÃ¡n su escritorio mediante correo urgente de la Seguridad PÃºblicaâ.

âBien. ContinÃºeâ.

âLa aeronave se ha guardado no muy lejos del lugar de aterrizaje, en la fÃ¡brica de las antiguas Oficinas ElectroquÃ­micas Doctor Rossi, adquiridas hace tiempo por la empresa aÃ©rea SIAI Marchetti, que las ha transformado en una fÃ¡brica de aviones. Junto a la instalaciÃ³n, la SIAI, con la aprobaciÃ³n del Ministerio de la AviaciÃ³n y con la colaboraciÃ³n del Genio AeronÃ¡utico, han preparado una pista para vuelos de prueba.

âÂ¿Y con respecto a la seguridad?â

âUn manÃ­pulo11 (#litres_trial_promo) de la Milicia del cuartel Berta monta guardia tanto sobre el disco como sobre la pista; he nombrado a dos subtenientes de la OVRA, que me informarÃ¡n diariamenteâ.

âTodos deben estar siempre fresquÃ­simos de mente, para no sufrir ni un solo momento de distracciÃ³n. Â¿HarÃ¡n turnos de veinticuatro horas?â.

âNo, Duce: cambio del manÃ­pulo y de mis hombres cada doce horas, porque asÃ­ todos estÃ¡n siempre alertaâ.

âBien. Escuche, Bocchini, no hace falta subrayar que esto tiene prioridad absoluta. Debe salir inmediatamente la prohibiciÃ³n a la prensa de hablar del suceso, solo se deberÃ¡ hablar de un aerolito natural e insistir en ese cuento, aunque alguien con informaciÃ³n haya dado ya informaciÃ³n real. Dale los medios a la Stefani y haz precisar a los periodistas que los autores, aunque solo sean unos pocos, serÃ¡n denunciados ante el Tribunal Especial para la Seguridad del Estadoâ.

El duro efecto de esa denuncia habrÃ­a sido el confinamiento polÃ­tico en la peuqeÃ±a isla con acantilados de Ventotene, asignada para vacaciones forzosas de miembros desafectos del mundo de la cultura y periodistas insuficientemente fieles a las Ã³rdenes transmitidas por la susodicha propaganda de la Agencia Stefani.

âAdiÃ³s, Bocchini. Te llamarÃ©â, habÃ­a terminado Mussolini.

El jefe de la OVRA, despuÃ©s de responder a la despedida y colgar el telÃ©fono, descolgÃ³ otro aparato, que estaba en comunicaciÃ³n directa con la central de la Stefani y habÃ­a dado las instrucciones estrictas que habÃ­a recibido del Gran Jefe. HabÃ­a ordenado enviar dichas Ã³rdenes a todos los medios de informaciÃ³n por vÃ­a telegrÃ¡fica de inmediato.

La sede milanesa de la agencia se habÃ­a activado inmediatamente, no solo porque era la mÃ¡s cercana al lugar del aterrizaje, sino porque en MilÃ¡n residÃ­a el jefe de la Stefani, Manlio Morgagni y esa secciÃ³n se consideraba tan importante, si no mÃ¡s, que la de Roma.

Inmediatamente despuÃ©s Bocchini en persona daba telefÃ³nicamente al Observatorio de Brera la orden de apresurarse a trasladar a la prensa el âboletÃ­n cientÃ­ficoâ que atestiguarÃ­a que el objeto visto en el cielo de MilÃ¡n era absolutamente natural, un aerolito que habÃ­a caÃ­do a tierra en campo abierto; a esto le seguirÃ­a una carta de solicitud de confirmaciÃ³n del director del observatorio que habÃ­a sido entregada en mano por un correo de la Seguridad PÃºblica, carta que solo debÃ­a ver y devolver de inmediato al portador, que la habÃ­a devuelto al OVRA y que esta habÃ­a archivado entre los documentos clasificados como alto secreto.


CapÃ­tulo 2



PermanecerÃ­an mucho tiempo sobre aquel planeta azul de masa un poco menor que la de su mundo y que tenÃ­a mares y continentes.

Poco despuÃ©s de llegada de la cronoaeronave a la Ã³rbita normal, los cronoastronautas habÃ­an lanzado el satÃ©lite de inspecciÃ³n para el mapeado y la investigaciÃ³n de posibles formas biolÃ³gicas. Analizados los datos, habÃ­an encontrado vida animal dentro de los ocÃ©anos y las grandes superficies acuÃ¡ticas lacustres, pero no sobre la tierra emergida, aunque pudieron advertir vestigios de una civilizaciÃ³n ya extinguida. La vegetaciÃ³n en tierra firme, que era en buena parte desÃ©rtica, iba de los musgos a los arbustos y las matas y sobre la superficie de las aguas iba de las algas a los nenÃºfares: no habÃ­a presente en aquel mundo ninguna forma vegetal mÃ¡s compleja.

Los exploradores cientÃ­ficos habÃ­an descendido a bordo de lanzaderas que se movÃ­an bajo el principio de la antigravedad, aprovechando la energÃ­a solar de la estrella mÃ¡s cercana y, como reserva, la producida por la fusiÃ³n nuclear en la cronoaeronave y almacenada en los acumuladores de dichas lanzaderas. Cada una de ellas tenÃ­a como dotaciÃ³n estÃ¡ndar cuatro misiles equipados con bombas, dos eran potentes desintegradores y dos de fusiÃ³n tÃ©rmica, que no debÃ­an servir como armas, salvo en casos extremos, sino para operaciones cientÃ­ficas, como por ejemplo para levantar un terreno para investigaciÃ³n geolÃ³gica. En caso de hostilidad de los nativos o presencia de animales feroces en el lugar de desembarco, por otro lado ausentes en este planeta, cada disco podÃ­a lanzar rayos que aturdÃ­an y paralizaban temporalmente. En cuanto a la defensa personal, cada investigador llevaba una pequeÃ±a pero eficaz arma paralizadora individual. Todos portaban tambiÃ©n, para sus mÃ¡s diversas necesidades, una microcalculadora que, dependiendo de su psicologÃ­a, estaba implantada quirÃºrgicamente en el cerebro y se activaba con el pensamiento o se llevaba en el bolsillo o la cintura y podÃ­a manejarse con la voz. Por fin, cada uno llevaba un pequeÃ±o contenedor con mosquitos electrÃ³nicos espÃ­as, activables mediante voz y Ãºtiles para la exploraciÃ³n del territorio de forma casi secreta, ya que parecÃ­an ser simples insectos.

En el ocÃ©ano y los lagos del planeta, los astrobiÃ³logos habÃ­an capturado numerosos ejemplares vivos de diversas especies acuÃ¡ticas, guardadas en dos grandes tanques de cÃ¡psula, como se llamaba familiarmente a los tanques cronocÃ³smicos, uno de agua salada y otro de agua dulce. Las plantas acuÃ¡ticas se guardaban en esos tanques siguiendo un criterio ecolÃ³gico.

Los historiadores y arqueÃ³logos de la expediciÃ³n se concentraban en los vestigios y otras evidencias de la civilizaciÃ³n desaparecida situada en torno al Ã¡rea de desembarco; se observaban, recuperaban y recogÃ­an inscripciones sobre monumentos y lÃ¡pidas, sobre paredes del interior de los edificios y sobre las ruinas. Siempre en tierra firme, se habÃ­an recogido estructuras Ã³seas de animales cuadrÃºpedos y bÃ­pedos de diverso tamaÃ±o y resultaban especialmente importantes unos esqueletos que recordaban, por forma y dimensiÃ³n, con pocas diferencias, a los de los propios cientÃ­ficos: bÃ­pedos, con dos manos y dos ojos y, dada la posiciÃ³n de sus Ã³rbitas, de visiÃ³n estereoscÃ³pica. Se habÃ­an descubierto restos de automÃ³viles en las calles y fuselajes de aviones en viejos almacenes y amplios espacios que debÃ­an haber sido aeropuertos en un pasado lejano y ahora estaban cubiertos por una mezcla de arbustos y musgo. En lo que debÃ­an haber sido las habitaciones de la especie dominante se habÃ­an encontrado platos de cerÃ¡mica, vasos de vidrio, calderos de aluminio y otros utensilios de cocina, asÃ­ como lo que quedaba de neveras, lavadoras, radios y televisores. En ciertos edificios, los investigadores habÃ­an recuperado cuadernos y libros, algunos con pÃ¡ginas iniciales delgadas y delicadÃ­simas y con escritos borrosos cuando no del todo desaparecidos y otros con hojas de mejor calidad que, gracias a una tinta mejor, habÃ­an resistido lo suficiente al tiempo, aunque sufriendo manchas y moho, y presentaban escrituras visibles. Algunos de esos hallazgos grÃ¡ficos consistÃ­an en cÃ¡lculos matemÃ¡ticos. En un apartamento especialmente digno de menciÃ³n, se habÃ­a caÃ­do una pintura junto a lo que quedaba de un clavo oxidado ya casi convertido en polvo, que debÃ­a haberse desprendido de la pared hacÃ­a tiempo, arrastrando con Ã©l al cuadro. La habitaciÃ³n debÃ­a haber sido para la servidumbre. Se habÃ­a recuperado tambiÃ©n en el mismo lugar un aparato de audio con un disco de sonido registrado en el interior, en buen estado. A su lado, en el suelo, yacÃ­an dos esqueletos, uno de un adulto, envuelto en telas casi desparecidas debido al paso del tiempo, y el otro, sin ropa, de un reciÃ©n nacido o tal vez un feto. En lo que parecÃ­a una sala de proyecciÃ³n se habÃ­an encontrado bobinas de pelÃ­culas, estando arruinadas las primeras que se encontraron; pero en la nave, buscando con cuidado, habÃ­an encontrado dos fragmentos de dos rollos que estaban en bastante buen estado. Se habÃ­an entregado al experto de restauraciÃ³n videosonora. El sonido de las pelÃ­culas sin embargo resultÃ³ irrecuperable, porque estaba absolutamente daÃ±ado el par de pistas, que no eran Ã³pticas sino magnÃ©ticas y por tanto particularmente deteriorables, que se alineaban en los bordes de cada pelÃ­cula: el sonido debÃ­a haber sido estereofÃ³nico. En uno de los dos fragmentos de pelÃ­cula, el menos daÃ±ado y que se restaurÃ³ el primero y se pasÃ³ a computadora, los estudiosos habÃ­an podido ver una calle con peatones en las aceras y un trÃ¡fico intenso de vehÃ­culos con motor de explosiÃ³n, de formas similares a los chasis de automÃ³viles y camiones recuperados. Restaurado tambiÃ©n el segundo fragmento recuperable de pelÃ­cula y transferido a la computadora, se habÃ­a podido ver un lugar de vacaciones estivales con gente desnuda.


CapÃ­tulo 3



A primera hora de la maÃ±ana del 14 de junio de 1933, el âfascista veteranoâ Annibale Moretti, debidamente aleccionado y cansado por no haber dormido, salvo algunas breves cabezadas en una silla, quedaba libre para irse del cuartel Giovanni Berta y volver a casa, con grandes agradecimientos por la colaboraciÃ³n prestada.

Su bicicleta se habÃ­a quedado en la ComisarÃ­a de Carabineros porque la maÃ±ana anterior habÃ­a sido transferido al presidio de la Milicia en una camioneta; Moretti se habÃ­a resignado a hacer a pie todo el camino hasta casa, que estaba a una decena de kilÃ³metros del cuartel, ya que a nadie, del comandante al ayudante principal, al centuriÃ³n encargado de la seguridad de la unidad y al oficial de guardia habÃ­a pensado en hacerle el favor de ordenar que le llevaran en algÃºn vehÃ­culo. Y tampoco le habÃ­an dado de comer, ni una cena la noche anterior, ni siquiera el desayuno de esa maÃ±ana, aunque fuera al menos con la tropa, se decÃ­a Annibale, si no con el grupo de suboficiales o incluso con los oficiales. Con el estÃ³mago vacÃ­o, habÃ­a entrado en el primer cafÃ© que habÃ­a encontrado, que se llamaba âLa Megasciadaâ, que en realidad era mÃ¡s un âtraniâ12 (#litres_trial_promo) que un cafÃ©, pero que tenÃ­a una mÃ¡quina napolitana13 (#litres_trial_promo) para los poquÃ­simos clientes abstemios y, por la noche, para aquellos âtranerosâ demasiado alcohÃ³licos como para volver a casa junto a sus mujeres sin haber ingerido antes un buen litro de vino peleÃ³n. Eran las 8 en punto cuando Moretti se sentaba y pedÃ­a cafÃ© y pan. HabÃ­a visto que el local tenÃ­a un aparato de radio y habÃ­a pedido escuchar las noticias. La habÃ­an hecho caso y Annibale habÃ­a podido oÃ­r, siendo citado anÃ³nimamente, el comunicado que habÃ­a esperado: ââ¦ y el meteorito el primero que lo ha visto ha sido un valiente agricultor, fascista desde antes de la Marcha, que ha avisado de inmediato, con la habitual diligencia de un verdadero fascista, a los Carabineros Reales, los cuales, con otras fuerzas del orden, han recuperado y entregado a la ciencia lo que quedaba del objeto celesteâ.

La noticia de ese meteorito habÃ­a sido difundida al final de la tarde primero por el EIAR14 (#litres_trial_promo) y algunas ediciones de Ãºltima hora de la tarde de los periÃ³dicos y, al dÃ­a siguiente, por los de la maÃ±ana y los primeros noticieros de la radio. Annibale no se habÃ­a sorprendido al oÃ­r hablar del meteorito, ya que en el cuartel Berta habÃ­a sido invitado respetuosamente por varios oficiales a aprenderse de memoria una frase que hablaba del artefacto, escrita con letras de molde sobre un folleto por el comandante Trevisan, pero antes ideada y comunicada por telÃ©fono por el mismo y meticuloso Bocchini. Era una pequeÃ±a lecciÃ³n pedante para repetir en pÃºblico y en familia: âSe trata de un meteorito, es decir, de un objeto natural caÃ­do del cielo, aunque no redondo, sino con una extraÃ±a forma como de disco de piedra, parecida a las que se lanzan al agua para hacerlas rebotar, pero mucho mÃ¡s grandeâ. A primera hora de la maÃ±ana, primero el jefe de manÃ­pulo que estaba de guardia, luego el centuriÃ³n responsable de la seguridad y la informaciÃ³n y finalmente el seÃ±or primero Trevisan, en esta ocasiÃ³n llegando antes de casa, habÃ­an interrogado escrupulosamente al agricultor. En todos los casos habÃ­a dado pruebas de conocerse la lecciÃ³n al pie de la letra. Ante una pregunta concreta del comandante, de vuelta poco antes de que le dejaran irse, habÃ­a asegurado que lo habrÃ­a relatado exactamente asÃ­ y jamÃ¡s de otra manera, aÃ±adiendo resuelto para tener mayor credibilidad: âSÃ­, pero se entiende bien que es una gran roca plana del cielo, Â¿o no? Â¡Es evidente, seÃ±or primero!â. En rigor, el hombre, que era bastante inteligente a pesar de haber estudiado solo hasta el tercer grado elemental, no se lo habÃ­a tragado y seguÃ­a convencido (Â¡Vaya trola! Â¡Ãl no era idiota!) de que aquello era un aviÃ³n hermoso y estupendo, con forma de disco extraÃ±o y secretÃ­simo, sÃ­ seÃ±or, y no un objeto natural caÃ­do del cielo.

Esa misma maÃ±ana del 14 de junio de 1933, en el mismo momento en que Moretti estaba tomando su desayuno en el trani, escuchando las noticias de la radio y hablando consigo mismo, Mussolini estaba en el mismo despacho reflexionando de nuevo acerca de esa aeronave desconocida: âÂ¿Prototipo francÃ©s, inglÃ©s o alemÃ¡n?â. âAlemaniaâ, se habÃ­a dicho, âme parece poco probable, ese histÃ©rico bigotito de Charlot estÃ¡ en el poder desde hace solo unos pocos meses y ademÃ¡s, con todos los problemas que tienen los alemanes, seguro que no piensan en proyectar nuevos aviones.15 (#litres_trial_promo) Pero ahora mismo el Bigotes16 (#litres_trial_promo) Adolf estÃ¡ dando Ã³rdenes a toda prisaâ: Mussolini no sentÃ­a simpatÃ­a por aquel imitador polÃ­tico que le adoraba y que, hablando en pÃºblico, caÃ­a en momentos de histeria y, como le habÃ­an dicho sus servicios secretos, caÃ­a a veces en privado en las mÃ¡s graves depresiones llenas de temor por el juicio del mundo y de sentimientos de inferioridad, cosa absolutamente inconcebible, sin embargo, para un arrogante apasionado como el Duce, que estaba absolutamente convencido de ser admirado, sobre todo por jefes de gobierno y ministros de otras naciones, como por ejemplo el Canciller de la Hacienda britÃ¡nico Winston (Winnie) Churchill, que le habÃ­a visitado en Roma en el 2917 (#litres_trial_promo) y al que llamaba el cigarrÃ³n (âGran fumador de cigarros puros Montecristo nÃºmero 1â, le habÃ­an informado los eficientes servicios del OVRA); pero ser admirado por el Bigotes Adolf no le agradaba tanto, Â¡ya ves!

Y sin embargo habÃ­a sido precisamente el ejemplo de Mussolini el que habÃ­a inspirado la actividad de Adolf Hitler, jefe de un movimiento anÃ¡logo al fascismo, surgido a partir de un minÃºsculo Partido AlemÃ¡n de los Trabajadores convertido en Partido Nacionalsocialista, que habÃ­a expresado todo lo violentamente aberrante que habÃ­a detrÃ¡s de la derrota alemana, en primer lugar el fuerte militarismo tradicional y el racismo, con el cual el FhÃ¼rer con bigote al estilo de Charlie Chaplin habÃ­a construido poco a poco su funesta doctrina que le habÃ­a llevado a la cumbre de Alemania el 31 de enero de ese mismo aÃ±o 1933 en el que Italia habÃ­a capturado, en junio, el platillo volante.



HabÃ­a sonado el telÃ©fono blanco del Duce. Aunque eran ya pasadas las 19, Mussolini estaba en su despacho presidencial.

Era Bocchini: âÂ¡Duce, le saludo!â

âÂ¿Novedades?â

âConocemos las nacionalidades probables de los tres cadÃ¡veresâ.

âÂ¡Bravo! Â¿CÃ³mo lo han sabido?â

âFÃ¡cilmente, gracias a los manuales del disco, todos en inglÃ©s, ademÃ¡s de otros escritos en el mismo idioma en las etiquetas de la ropa interior de los tres muertos. Por cierto, sus camisetas y calzones nos han dado direcciones fiscales en Gran BretaÃ±a y otros paÃ­ses anglÃ³fonos, pero la primera naciÃ³n, teniendo en cuenta su poderÃ­o y la situaciÃ³n polÃ­tica actual, parece las mÃ¡s prob...â

â... Â¡Sin duda! Â¡La Gran BretaÃ±a es probabilÃ­sima! AllÃ­ son maestros en meter las narices en las casas de otros y aunque sea verdad que el cigarrÃ³n me tiene mucha simpatÃ­a, siempre serÃ¡ un patriota inglÃ©s. Bueno, Bocchini, ya sabes quÃ© debes hacer con los servicios del OVRA, mientras que yo darÃ© Ã³rdenes a los militaresâ.

âSiempre a sus Ã³rdenes, Duce, pero tengo otro par de cosas que decirleâ.

âDilasâ.

âAnte todo, su idea de que se trataba de pilotos de pruebas sino de espÃ­as ha resultado completamente exacta: lo hemos confirmado cuando en un compartimento interno hemos encontrado ropas burguesas, es decir, de estilo de ciudad y digamos no de vacaciones como las que llevaban los muertos y, sobre todo, se han descubiertos insignias fascistasâ.

âÂ¡AjÃ¡! QuerÃ­an aterrizar, disfrazarse y espiar Â¡quÃ© locos! Â¿HabÃ­a en la aeronave rollos y pelÃ­culas cinematogrÃ¡ficas ya reveladas?â

âNo, Duce, no se han encontrado, ni tampoco pelÃ­culas vÃ­rgenes, ni mÃ¡quinas fotogrÃ¡ficas ni cinematogrÃ¡ficas: se han recogido diversos pequeÃ±os objetivos externos por todo el disco y a lo largo de su circunferencia, que muestran la peculiaridad de no usarse con cÃ¡maras, sino de conectarse, parece que a travÃ©s de ondas de radio, a aparatos internos que parecen radiotransmisores, pero que, extraÃ±amente, no tienen vÃ¡lvulas.

âÂ¡Â¿Radios sin vÃ¡lvulas?! Â¿QuÃ© mÃ¡s han inventado esos malditos ingleses?â

âPodrÃ­a tratarse de cÃ¡maras de recogida y radiotransmisiÃ³n de imÃ¡genes, del tipo de las de la televisiÃ³n experimental inglesa, lo que apoyarÃ­a la hipÃ³tesis del espionaje por parte de esa naciÃ³n, pero, Duce, son radiocÃ¡maras18 (#litres_trial_promo) pequeÃ±as, mÃ¡s bien pequeÃ±Ã­simas, no mastodÃ³nticas como las que hemos fotografiado secretamente en la BBCâ.19 (#litres_trial_promo)

âAhora necesitamos a Marconi, Â¿eh?â

âSÃ­, Duceâ.

Guglielmo Marconi era el inventor del telÃ©grafo sin hilos y uno de los padres de la radio. Estaba entre los personajes mÃ¡s importantes del rÃ©gimen, presidente desde septiembre de 1930 de la Academia de Italia, premio Nobel de fÃ­sica y ademÃ¡s, entre otros muchos tÃ­tulos, almirante de la Real Marina Militar, en la cual, despuÃ©s de un breve parÃ©ntesis en el Genio, habÃ­a servido durante la Gran Guerra.

âBocchini, Â¿piensas que querÃ­an enviar fotos y pelÃ­culas a Inglaterra?â

âLa sospecha me parece correcta, Duceâ.

â... Y ahora mismo Marconi estÃ¡ embarcado haciendo experimentos. Â¿En quÃ© zona se encuentra su barco?â

âEl almirante estÃ¡ volviendo del OcÃ©ano Ãndico a travÃ©s del Mar Rojo, pero sabemos por Ã©l mismo, a travÃ©s de la radio, que echarÃ¡ el ancla varias veces para realizar otros experimentos que tiene programadosâ.

âNo podemos pedirle que vuelva, sus experimentos son siempre fundamentales para Italia, pero en cuanto estÃ© en la patria le llamarÃ©. Entretanto, mantenme informado constantemente de todas las novedades con respecto a esa aeronave extranjera, telefonÃ©ame aunque sea a Villa Torlonia20 (#litres_trial_promo) si lo estimas necesario, pero sin fallos en caso de otro avistamiento de aeronaves extraÃ±as. AdiÃ³s Bocchini y... Â¡Muy bien!â.

Mussolini habÃ­a ordenado de inmediato a los servicios secretos militares prestar especial atenciÃ³n a Gran BretaÃ±a, pero sin ignorar a las demÃ¡s naciones industriales anglÃ³fonas, e indagar en particular sobre aviones en forma de disco, mÃ¡quinas cinematogrÃ¡ficas sin pelÃ­cula y aparatos de radio sin vÃ¡lvulas capaces de enviar imÃ¡genes.

Esa misma tarde, poco antes de abandonar el despacho y volver a Villa Torlonia, el Duce habÃ­a dispuesto, siguiendo un impulso, como era habitual en Ã©l, llamar de China a su yerno Gian Galeazzo Ciano, conde de Cortellazzo y Buccari que, como cÃ³nsul plenipotenciario, residÃ­a en Shanghai con su mujer, la condesa Edda, nacida Mussolini: Se le habÃ­a metido de repente en la cabeza la idea de nombrarle jefe del Gabinete de Prensa, el Ã³rgano romano encargado del control y guÃ­a de los medios de comunicaciÃ³n, con la ayuda de Bocchini y la Stefani, trayÃ©ndose asÃ­ âdirectamente a casaâ, habÃ­a dicho a su esposa Rachele cuando habÃ­a entrado a cenar, la direcciÃ³n de la supervisiÃ³n de la informaciÃ³n.21 (#litres_trial_promo) Su consorte solo habÃ­a murmurado, y no por primera vez, acerca de aquel azidÃ¨int dâÃ nder in cÃ ,22 (#litres_trial_promo) ambicioso y ademÃ¡s con aquel vozarrÃ³n un tanto masculino: Â¡ya ves, no te gustaba mucho, ya ves!



Al final de la maÃ±ana del 14 de junio Annibale Moretti, una vez en casa, habÃ­a tenido la infausta idea de contar a sus familiares la verdad sobre el disco y por la tarde su Ãºnico hijo, un chico de diecinueve aÃ±os a punto de hacer el servicio militar, habÃ­a tenido la pÃ©sima iniciativa de hablar con sus amigos en âIl Rebecchinoâ, el trani del pueblo donde se reunÃ­an, entre otros, los braceros de su padre, en un tiempo comunistas radicales que odiaban a su padre, luego sometidos por la fuerza al rÃ©gimen y finalmente seducidos por Mussolini, como tantos otros proletarios rurales e industriales, con ciertas ventajas que les concedieron como un cÃ­rculo de formaciÃ³n y las excursiones del Istituto Nazionale del Dopolavoro, o como las residencias y las colonias marÃ­timas y de montaÃ±a para los hijos pequeÃ±os. Los braceros de Moretti, debido a sus lenguas largas y su irrefrenable envidia hacia el patrÃ³n, la cual a pesar de la sumisiÃ³n consolidada al fascismo seguÃ­a necesitando desfogarse, habÃ­an contado a la maÃ±ana siguiente por todas partes empezando, por los guardias civiles, que su patrÃ³n habÃ­a dicho mentiras como casas, porque no habÃ­a visto una piedra plana, sino un aeroplano enemigo en forma de disco que habÃ­a caÃ­do junto a sus campos. En resumen: Â¡catacrac! Annibale Moretti habÃ­a sido detenido e internado en un manicomio: se hizo de tal manera que todos supieran que el pobrecito estaba loco y era por su bien que la autoridad actuara para curarlo, ya que confundir piedras con aviones solo podÃ­a crear complicaciones internacionales y, en resumen, era un pobre chalado y dejarlo en libertad era un peligro, para Ã©l y para todos. En cuanto al hijo, aunque, igual que su madre, se habÃ­a guardado de comentar con nadie el internamiento de su padre, habÃ­a recibido, pocos dÃ­as despuÃ©s, un poco antes de tiempo, la carta de reclutamiento y habÃ­a acabado en un batallÃ³n de gastadores del Genio, del cual habÃ­a salido un mes despuÃ©s hecho pedazos dentro de una caja metÃ¡lica sellada a causa de un desgraciado accidente en la formaciÃ³n debido a la impericia del recluta Moretti en el uso del explosivo: tal vez fuera verdad, pero el corazÃ³n de la madre albergaba la sospecha de una desgracia realizada por algÃºn esbirro del rÃ©gimen infiltrado entre las filas; sin embargo permanecÃ­a callada sin presentar denuncia y tampoco la ProcuradurÃ­a Militar habÃ­a tratado de hacer averiguaciones por su cuenta. Se habÃ­a dejado en paz a la seÃ±ora Moretti y esta habÃ­a recibido inmediatamente una pequeÃ±a pensiÃ³n: No se le habÃ­a molestado, no solo porque habÃ­a permanecido callada, sino tambiÃ©n principalmente porque, en aquel tiempo, las mujeres se consideraban poca cosa, y nada en absoluto si pertenecÃ­an al pueblo ignorante, por lo que a las afirmaciones de una pueblerina semianalfabeta se les habrÃ­a dado el mismo crÃ©dito que el que se habrÃ­a dado al cacareo de una gallina.

Del pobre marido âfascista veteranoâ se habÃ­a perdido la pista durante un tiempo, siendo transferido de un manicomio a otro, hasta que un dÃ­a, en enero de 1934 llegÃ³ una postal a casa: no una carta, ya que asÃ­ los empleados de correos del pueblo podÃ­an leerla y cabÃ­a esperar que la divulgaran, como acabÃ³ pasando. Con esa postal se avisaba a la seÃ±ora Moretti de que su pobre consorte habÃ­a muerto en CerdeÃ±a en un hospital a causa de una pulmonÃ­a y se pedÃ­a permiso para sepultarlo de inmediato en el camposanto local o, si lo querÃ­a la familia, ir allÃ­ para llevÃ¡rselo al cementerio de su tierra. La esposa debÃ­a haber contestado a los cinco dÃ­as de la fecha de envÃ­o si hubiera querido trasladar los restos del consorte y en caso contrario el silencio se considerarÃ­a como aceptaciÃ³n de la inhumaciÃ³n en la isla. Ya habÃ­an pasado los cinco dÃ­as, casi con seguridad Moretti habÃ­a sido enterrado, asÃ­ que la viuda habÃ­a renunciado a actuar, considerando tambiÃ©n la dificultad, para una mujer sola e ignorante, de ir a CerdeÃ±a, proceder a la exhumaciÃ³n y hacer mandar el fÃ©retro al pueblo lombardo.



Mussolini, que habÃ­a dormido estupendamente toda la noche, entrÃ³ a las 7 de la maÃ±ana del 15 de junio de 1933 en el cuarto de baÃ±o para las actividades normales despuÃ©s de despertar y habÃ­a tomado una de sus sÃºbitas decisiones mientras estaba orinando.

Al llegar al despacho, eran las 8 horas y 10 minutos, habÃ­a convocado, Â¡en una hora!, al ministro de educaciÃ³n nacional, Francesco Ercole, y al de guerra, Pietro Gazzera23 (#litres_trial_promo): lo que habÃ­a presentado tambiÃ©n interesaba a los ministerios de asuntos exteriores24 (#litres_trial_promo) y de interior, pero estaban a cargo del propio Mussolini provisionalmente; sin embargo habÃ­a hecho venir al subsecretario de interior, Guido Buffarini Guidi, ya que, en la prÃ¡ctica, este dirigÃ­a aquel ministerio.

Exactamente 45 minutos despuÃ©s, los dos ministros y el subsecretario, a travÃ©s de la puerta de doble hoja del despacho-salÃ³n previamente abierta de par en par por un criado, desde la que se veÃ­a el escritorio y el sillÃ³n del jefe de gobierno, que se encontraban casi al fondo de la parte opuesta del espacio, habÃ­an entrado al mismo tiempo y se dirigÃ­an a paso ligero hacia del Duce, hombro con hombro, segÃºn una recientÃ­sima disposiciÃ³n de Mussolini en persona; entretanto el criado cerraba tras ellos la puerta: oficialmente la orden de apresurarse tenÃ­a como justificaciÃ³n reducir el tiempo dedicado a las audiencias, principalmente para que el Gran Jefe se ocupara de otros asuntos; pero sobre todo a Mussolini le gustaba muchÃ­simo ver a aquellos seÃ±ores con camisa y chaqueta negra obedeciÃ©ndole ridÃ­culamente: en junio de 1935 incluso harÃ­a saltar gimnÃ¡sticamente a toda su jerarquÃ­a los cÃ­rculos de fuego durante el llamado âsÃ¡bado fascistaâ o, mÃ¡s exactamente, durante la tarde de ese mismo dÃ­a, dedicado a la gimnasia y la educaciÃ³n militar, algo que debÃ­an preocupar nada menos que a todos los italianos. Ya el hecho de recorrer caminando la larga sala, con el Duce impertÃ©rrito al fondo junto al escritorio presidencial, con los brazos cruzados, la mandÃ­bula altiva y los ojos dirigidos a los ojos del convocado de turno o pasando de uno a otro de los congregados cuando eran mÃ¡s de uno, como en nuestro caso, habrÃ­an causado una notable incomodidad, pero pasar el salÃ³n a paso ligero domesticaba a todos y los hacÃ­a dÃ³ciles cuando ya llegaban a la altura del Duce. DespuÃ©s de recibir las Ã³rdenes, los convocados debÃ­an saludar a la romana al jefe supremo, girar sobre sus talones y, siempre a paso ligero, hop, hop, salir por la puerta abierta entretanto por el ujier al que Mussolini habÃ­a avisado previamente pulsando un botÃ³n sobre el escritorio en cuanto estos le habÃ­an dado la espalda. No querÃ­a, en el fondo, tener colaboradores, aparte del fiel Bocchini, sino simplemente marionetas.

Con pocas palabras, habÃ­a dado Ã³rdenes a los dos ministros y al subsecretario de constituir en la Universidad de La Sapienza de Roma âÂ¡en tiempo rÃ©cord!â un grupo secreto de cientÃ­ficos y tÃ©cnicos, âdenominado, convencionalmenteâ, habÃ­a aÃ±adido, âGabinete RS/33, acrÃ³nimo de Ricerche Speciali (Investigaciones Especiales) aÃ±o 1933â: Mussolini, antiguo maestro de escuela, presumÃ­a de ser un gran experto de la lengua italiana y no era nuevo que acuÃ±ara siglas o expresiones; tambiÃ©n el misteriosÃ­simo OVRA era suyo.



El Gran Jefe no habÃ­a convocado con los demÃ¡s a un cuarto ministro, tambiÃ©n fundamental para el gabinete constituido, el de aeronÃ¡utica, general Italo Balbo, y le habÃ­a invitado, solo, a las 16 horas; sin embargo, sabÃ­a bien que, siendo aquel hombre un fascista veteranÃ­simo y uno de los cuatro jefes a la cabeza de la Marcha sobre Roma, los llamados Cuadroviros de la RevoluciÃ³n, y ante todo convencido absolutamente de su propia valÃ­a, Balbo nunca se presentaba con humildad, ni siquiera a paso ligero, estando siempre dispuesto ademÃ¡s a criticar al Duce a la cara, tal vez incluyendo alguna insolencia. DespuÃ©s de todo, disfrutaba de un gran predicamento en el paÃ­s, compitiendo en popularidad con el mismo Mussolini. Era uno de los poquÃ­simos en el Ã¡mbito polÃ­tico que le tuteaba, algo que el Duce aceptaba, pero con fastidio: sentÃ­a una gran envidia cuando se reunÃ­a con Balbo, aunque la ocultaba y no habÃ­a hecho nada por el momento para hacerle daÃ±o, pero pretendÃ­a alejarse de Ã©l a la primera ocasiÃ³n: eso pasarÃ­a al final del mismo aÃ±o 1933, promoviÃ©ndole al mÃ¡ximo grado aeronÃ¡utico, mariscal del aire, despuÃ©s de haberle cubierto con grandes elogios y, poco despuÃ©s, el 26 de noviembre, haciendo que el rey le nombra gobernador de la llamada Cuarta Frontera, la colonia italiana de Libia, exiliÃ¡ndolo asÃ­ en la prÃ¡ctica.

Esa misma tarde del 15 de junio, despuÃ©s de haber recibido a Balbo y haberle dado las Ã³rdenes, el Duce habÃ­a encargado a la policÃ­a del OVRA, en la persona de Guido Bocchini, que supervisara el trabajo del gabinete reciÃ©n creado y que le reportara cualquier novedad que mereciera la pena.

En un tiempo absolutamente rÃ©cord, en todas las capitales de provincias se constituyÃ³ secretamente una âsecciÃ³n especial RS/33â especÃ­fica del OVRA, con la tarea principal de avisar a Bocchini de cualquier eventual nuevo avistamiento de aeronaves desconocidas, de cualquier forma, y de interesarse inmediatamente y de falsificar directamente los testimonios no militares. Cada avistamiento debÃ­a reportarse a travÃ©s de un formulario ideado por el propio Bocchini, con las siglas RS/33.FZ.4, cuyo modelo se habÃ­a transmitido prontamente, con un mensaje adjunto, a todas las prefecturas italianas y, desde cada una de estas, a todos los comandos dependientes de las fuerzas de seguridad, asÃ­ como a los cuarteles locales de la Milicia; se habÃ­a enviado un modelo anÃ¡logo, destinado a los oficiales de la AeronÃ¡utica, desde la oficina ministerial de Balbo a todos los comandos aÃ©reos para que lo distribuyeran a los departamentos dependientes. Mussolini tambiÃ©n habÃ­a decidido que cualquier informe relativo a avistamientos por parte de personas civiles debÃ­a pasar por el OVRA y de ahÃ­ debÃ­an enviÃ¡rselo directamente a Ã©l y a los cargos Italo Balbo, como ministro de aeronÃ¡utica, y Gian Galeazzo Ciano, como director entrante del Gabinete de Prensa, asÃ­ como a la sede romana del Gabinete RS/33.

Aunque no era un estudioso, tambiÃ©n Balbo habÃ­a sido incorporado al mismo Gabinete, por su determinaciÃ³n al promover la Real AeronÃ¡utica Militar, siendo su lema: âEs esencial sublimar la pasiÃ³n por el vuelo para hacer de Italia el paÃ­s mÃ¡s volador del mundoâ. En cuanto a los cientÃ­ficos miembros, a la cabeza del RS/33 se nombrÃ³ a Guglielmo Marconi. Estando sin embargo de crucero en torno al planeta con su propio barco-laboratorio, el Elettra (el nombre era el mismo que el de su hija), Mussolini habÃ­a decidido que, por el momento, el Gabinete estarÃ­a dirigido por el astrÃ³nomo y matemÃ¡tico profesor Gino Cecchini, de Observatorio de MilÃ¡n Merate: la intenciÃ³n del Duce era solo provisional todavÃ­a, pero dadas las ausencias sucesivas del premio Nobel en muchas otras investigaciones, Cecchini quedarÃ­a definitivamente al cargo del RS/33. Los otros cientÃ­ficos pertenecÃ­an a las ramas de la medicina, las ciencias naturales, la fÃ­sica y las matemÃ¡ticas de la Real Academia de Italia, ademÃ¡s del presidente del Consejo Superior de Obras PÃºblicas, el conde y senador Luigi Cozza, que habÃ­a sido asignado al Gabinete como referente organizativo y miembro de enlace con el Gobierno.

En primer lugar, se trataba de entender el funcionamiento de la aeronave extranjera, para poder construir no solo otras similares, sino posiblemente mejores, manteniendo asÃ­ a Italia âde una manera formidableâ segÃºn las palabras del Duce, a la cabeza de la tecnologÃ­a aeronÃ¡utica que, en esos aÃ±os, era reconocida en el mundo y, con ella, la supremacÃ­a militar concreta en el aire y el sometimiento psicolÃ³gico a Italia de sus potenciales enemigos. El programa comportaba la concentraciÃ³n de las investigaciones cuanto antes en un centro dotado de las instalaciones mÃ¡s modernas, que fue denominado de inmediato Instituto Central AeronÃ¡utico y que se pretendÃ­a crear en las afuera de Roma, pero no lejos de la sede universitaria del RS/33; se habÃ­a identificado enseguida el lugar, que era el campo de aviaciÃ³n Barbieri en Montecelio, donde se levantarÃ­an las instalaciones entre 1933 y 1935 y en torno al cual se edificarÃ­a la nueva ciudad de Guidonia.


CapÃ­tulo 4



Tal y como aparecÃ­an en el segundo fragmento de pelÃ­cula, los nudistas alienÃ­genas eran personas similares a los seres humanos, aparte de algunas caracterÃ­sticas importantes:

TenÃ­an una cara similar al rostro del koala terrestre, pero sin pelambrera y con cuatro dedos en cada mano, igual que eran cuatro los esqueletos humanoides recuperados, y por eso la aritmÃ©tica de esa especie inteligente, como se deducÃ­a de las hojas con cuentas y se habÃ­a podido verificar tras descifrar los sÃ­mbolos, gracias los cÃ¡lculos de la doctora de 29 aÃ±os Raimonda Traversi, genio matemÃ¡tico y estadÃ­stico del equipo, era de base ocho25 (#litres_trial_promo): los ancestros de esos koalas antropomorfos debÃ­an haber empezado a contar en un pasado lejano con sus ocho dedos, mientras que los seres humanos habÃ­an usado para ese mismo fin sus diez dedos creando, por el contrario, una aritmÃ©tica decimal; otra diferencia relevante era un marsupio en el vientre de las mujeres: âEspecie mamÃ­fera marsupial placentadaâ, habÃ­a decretado con absoluta obviedad el doctor mayor Aldo Gorgo, de 50 aÃ±os, desliÃ±ado y desgarbado, cirujano militar de a bordo y biÃ³logo coordinador del grupo cientÃ­fico astrobiolÃ³gico.

Todo lo recuperado indicaba que, en el momento de su desapariciÃ³n, la civilizaciÃ³n del planeta 2A Centauri26 (#litres_trial_promo) se encontraba en la misma situaciÃ³n cientÃ­fico-tecnolÃ³gica que la Tierra en la primera mitad del siglo XX; sin embargo, una primera dataciÃ³n aproximativa de los diversos objetos y los esqueletos habÃ­a indicado que estos eran de una edad equivalente a los aÃ±os terrestres entre 1650 y 1750, por lo que la civilizaciÃ³n alienÃ­gena, en el momento de su extinciÃ³n, habÃ­a precedido en mÃ¡s de dos siglos a la de nuestro planeta: al volver a casa, se repetirÃ­a la dataciÃ³n con instrumentos mÃ¡s sofisticados que los portÃ¡tiles de la cronoastronave 22, pero muy probablemente no se habrÃ­an equivocado por mucho.

Entre los cientÃ­ficos habÃ­a un gran deseo de descubrir la causa de la desapariciÃ³n de aquella raza inteligente. En primer lugar, habrÃ­an podido obtener respuestas de la grabaciÃ³n del disco fÃ³nico recuperado, despuÃ©s de la limpieza sonora y un trabajo de interpretaciÃ³n, lo que no era fÃ¡cil a pesar de la ayuda de los robots traductores, y tambiÃ©n podrÃ­an haber ayudado dos documentos en papel recuperados en la misma habitaciÃ³n; pero este estudio y otros solo podrÃ­an llevarse a cabo tras volver a la Tierra en la Universidad de La Sapienza de Roma, en nombre la cual habÃ­a llegado la misiÃ³n cientÃ­fica a ese planeta; y ahora era el momento de regresar a casa, al haber pasado el periodo, correspondiente a un mÃ¡ximo de tres meses terrestres despuÃ©s de la partida, tras el cual era obligatorio volver, debido a una ley del Parlamento de los Estados Confederados de Europa, la Ley del Cronocosmos.



Tras la cena, la mayor ingeniera Margherita Ferraris habÃ­a comunicado sin preÃ¡mbulos a los oficiales fuera de servicio y los cientÃ­ficos, todos sentado con ella en torno a la gran mesa de la sala de comidas y reuniones: âSeÃ±ores, pronto volvemos a casaâ: Margherita era una soltera de 37 aÃ±os estilizada y de casi un metro ochenta y cinco, de cabello negro y rostro redondo y gracioso: una persona decidida y una oficial absolutamente brillante; se habÃ­a licenciado con la mÃ¡xima nota hacÃ­a una docena de aÃ±os en ingenierÃ­a espacial en el PolitÃ©cnico de TurÃ­n y, habiendo sido admitida por concurso durante el Ãºltimo bienio tambiÃ©n en la Academia CronoastronÃ¡utica Europea, asociada con ese y otros politÃ©cnicos del continente, habÃ­a obtenido el grado de teniente del cuerpo al mismo tiempo que la licenciatura; tras entrar en servicio, fue asignada al principio como segundo oficial en una nave cronoastronÃ¡utica que llevaba el nÃºmero 9, lo que equivalÃ­a a decir que era la novena en orden de construcciÃ³n y al aÃ±o siguiente habÃ­a ascendido a subcomandante de la misma cÃ¡psula con el grado de capitÃ¡n: tenÃ­a una completa experiencia, ya que la nave 9 estaba dedicada principalmente a misiones especiales y, en los Ãºltimos aÃ±os, a los viajes al pasado de la Tierra; Margherita habÃ­a sido ascendida recientemente a mayor y habÃ­a conseguido el mando de la novÃ­sima nave 22.

âEstamos impacientes por escuchar el disco sonoro en cuanto lleguemos a nuestro laboratorio de Romaâ, habÃ­a dicho a los comensales el profesor Valerio Faro, director en La Sapienza del Instituto de Historia de las Culturas y de las Doctrinas EconÃ³micas y Sociales, un soltero cuarentÃ³n de pelo rubio de casi dos metros de alto y fÃ­sico robusto.

âSÃ­, yo tambiÃ©n estoy impacienteâ, habÃ­a dicho tambiÃ©n la doctora Anna Mancuso, investigadora de historia y colaboradora del Faro, una treintaÃ±era siciliana delgada y de grandes ojos verdes, rubia por ser descendiente lejana de los ocupantes normandos de la isla, guapa a pesar de no ser muy alta, apenas un metro setenta y cuatro, frente a la media femenina europea de uno ochenta.

âYo tambiÃ©n tengo una gran curiosidad al respectoâ, habÃ­a intervenido el profesor antropÃ³logo Jan Kubrich, un profesor asociado de la Universidad de La Sapienza de 45 aÃ±os, rubicundo y grueso, de un metro ochenta y cinco, estatura media para los patrones masculinos de ese tiempo, hombre cientÃ­ficamente riguroso, pero por desgracia apasionado por el vodka lima hasta el punto de poner en peligro su salud.

Le habÃ­a seguido Elio Pratt, profesor asociado de astrobiologÃ­a en La Sapienza, de 40 aÃ±os, especializado en fauna y flora acuÃ¡ticas, asÃ­ como excelente submarinista, premiado en competiciones de inmersiÃ³n en los mares terrestres: âYa he podido conseguir muchos resultados sobre las especies que he reunido en los tanques, pero sin duda en Roma podrÃ© profundizar mucho mÃ¡sâ.

âSeguirÃ© con mucho interÃ©s vuestro trabajo y creo que podrÃ­a seros Ãºtil con las traduccionesâ, habÃ­a dicho por su parte la matemÃ¡tica y estadÃ­stica Raimonda Traversi.

El coordinador del grupo astrobiolÃ³gico, el doctor Aldo Gorgo, sin embargo no habÃ­a hablado: siendo el mÃ©dico militar a bordo y no profesor ni investigador universitario, sencillamente habÃ­a continuado con su servicio en la nave, dejando la continuaciÃ³n de las investigaciones a los demÃ¡s estudiosos.



Menos de una hora despuÃ©s, hora terrestre, la nave 22 habÃ­a abandonado la Ã³rbita del planeta dirigiÃ©ndose al espacio profundo para llevar a cabo, a la distancia reglamentaria de seguridad, el salto cronoespacial hacia la Tierra: igual que a la llegada, antes de entrar en Ã³rbita 2A Centauri se presentaba a los cronoastronautas en su totalidad, cubierta de hielo en las zonas Ã¡rtica y antÃ¡rtica, sin tierras entre ambas y con los dos continentes, ambos en Ã¡reas boreales, de tamaÃ±os poco menores que Australia, separados por un estrecho brazo de mar, mientras que la otra cara del planeta estaba completamente cuberita por un ocÃ©ano.



A las 10 horas y 22 minutos, hora de Roma, del 10 de agosto de 2133, la cronoastronave 22 estaba en Ã³rbita en torno a nuestro mundo. Sobre la Tierra habÃ­an transcurrido poco mÃ¡s de dieciocho horas desde que la expediciÃ³n cientÃ­fica se habÃ­a embarcado a las 16:20 del 9 de agosto con destino al segundo planeta de la estrella Alfa Centauri A: gracias al dispositivo Cronos de la cÃ¡psula, sobre la Tierra no habÃ­a pasado ni siquiera un dÃ­a, aunque la expediciÃ³n habÃ­a estado mucho tiempo en aquel mundo extraÃ±o. El cansancio que sentÃ­an todos era sin embargo el de meses de trabajo realizado.

Los cientÃ­ficos y la parte de la tripulaciÃ³n que iba a disfrutar del primer turno de descanso estaba deseosa de relajarse, algunos que no tenÃ­an familia con unas vacaciones tranquilas, algunos en la paz domÃ©stica reencontrÃ¡ndose con sus seres queridos despuÃ©s de la larga separaciÃ³n. Los familiares, por el contrario, no sufrÃ­an la sensaciÃ³n de separaciÃ³n, pues para ellos pasaba muy poco tiempo hasta volver a reunirse. Tras la primeras experiencias, los viajeros y sus seres queridos se habÃ­an acostumbrado a las consecuencias de ese anacronismo, entre las cuales estaba el envejecimiento de quien se habÃ­a ido, aunque no fuera muy evidente, porque por este motivo, ademÃ¡s de por el estrÃ©s que conllevaban, las misiones no podÃ­an durar mÃ¡s de tres meses. A diferencia de lo que habÃ­a previsto Einstein para los viajes especiales simples a velocidad prÃ³xima a la de la luz, segÃºn la cual el astronauta seguirÃ­a siendo joven y los habitantes de la Tierra habrÃ­an envejecido, las expediciones con saltos temporales no influÃ­an en la edad del cronoastronauta, solo sufrÃ­an la acciÃ³n envejecedora natural debida al transcurrir de los meses durante las estancias en otros planetas y, para los cronoviajes, en la Tierra del pasado.



Las comunicaciones desde y hacia nuestro planeta habÃ­an permanecido interrumpidas desde el salto de la nave 22 al planeta extraterrestre, algo que se hacÃ­a por razones de seguridad, segÃºn los reglamentos, a partir de la distancia de un millÃ³n de kilÃ³metros de la Ã³rbita lunar: sin embargo las transmisiones de radio y televisiÃ³n eran completamente inÃºtiles, pues al viajar las ondas a una velocidad que apenas se acercaba a la lentÃ­sima de la luz, habrÃ­an llegado al planeta mucho tiempo despuÃ©s: al planeta 2A Centauri habrÃ­an llegado desde la Tierra cerca de 4,36 aÃ±os mÃ¡s tarde,27 (#litres_trial_promo) cuando los exploradores ya habrÃ­an vuelto hacÃ­a rato. Siempre era asÃ­ en los viajes espaciales y, evidentemente, a causa del desfase cronolÃ³gico, tambiÃ©n en los viajes en el tiempo: las cronoastronautas estaban completamente aislados, su Ãºnica âcomunicaciÃ³nâ, por decirlo asÃ­, eran los llamados âcongeladosâ, con lo que se referÃ­an a todas las informaciones relativas a la Tierra, desde la historia mÃ¡s antigua a la mÃ¡s reciente, tratadas por los procesadores electrÃ³nicos pÃºblicos del mundo e incluidas justo en el momento de partir en la memoria de la computadora de a bordo y, para ciertos datos, tambiÃ©n en las individuales de los miembros de la tripulaciÃ³n y de los investigadores: tambiÃ©n esos procesadores personales, a pesar de su extrema pequeÃ±ez, eran potentÃ­simos, con capacidad de memoria y prestaciones inimaginables en el momento de los primeros dispositivos electrÃ³nicos personales del siglo XX y los mismos PC de las primeras dÃ©cadas del 2000.

Apenas entraron en Ã³rbita, la comandante Ferraris habÃ­a ordenado abrir el contacto con el astropuerto de Roma, en el cual se proponÃ­an desembarcar los investigadores y el personal de permiso.



Â¡Sorpresa!

Aunque la rigurosa disciplina de a bordo habÃ­a impedido a la tripulaciÃ³n expresar sus emociones, la situaciÃ³n con la que se habÃ­an topado era repentinamente muy alarmante: Â¡las comunicaciones con tierra eran en alemÃ¡n! Sin embargo, desde hacÃ­a mucho tiempo, la lengua universal era el inglÃ©s, aunque no habÃ­an desaparecido otros idiomas, entre ellos, la lengua de Goethe y de Hitler, que todavÃ­a se hablaba en la intimidad, como en un tiempo habÃ­a pasado con los dialectos.

Como iban a entender enseguida la tripulaciÃ³n y los estudiosos de la 22, habÃ­a pasado algo histÃ³ricamente terrible y los esperaba allÃ­ en tierra, algo que iba a trastornar su alegrÃ­a y que ya habÃ­a anulado, como si no hubiera pasado, aquella buena vida de la que durante ochenta aÃ±os habÃ­a disfrutado Europa y mucho otros paÃ­ses y a la cual ya se acercaba el resto de la Tierra gracias a un pacto entre todos los estados del mundo, acordado en 2120, que habÃ­a llevado, a partir del ejemplo de casos histÃ³ricos precedentes en distintas zonas,28 (#litres_trial_promo) a un mercado internacional sin aduanas, considerado por todos como un primer esbozo de una uniÃ³n polÃ­tica mundial: sobre la experiencia histÃ³rica no se pretendÃ­a crear, como segunda fase, una moneda Ãºnica sin haber unido antes polÃ­ticamente al mundo y constituido al mismo tiempo un instituto de emisiÃ³n central global dotado de plenos poderes monetarios; se tenÃ­a en cuenta la amarga lecciÃ³n de la Europa de los primeros aÃ±os del 2000 en los que el euro habÃ­a precedido a la uniÃ³n polÃ­tica con graves daÃ±os para muchos estados miembros, necesitados en cierto momento de mÃ¡s moneda sin que pudiera venir en su auxilio un instituto autÃ³nomo europeo de emisiÃ³n, situaciÃ³n por la cual la propia uniÃ³n habÃ­a estado durante un tiempo a punto de disolverse, hasta que prevaleciÃ³ la razÃ³n y se constituyÃ³ la ConfederaciÃ³n29 (#litres_trial_promo) polÃ­tica europea, con la propia Banca Central de emisiÃ³n. Por otra parte, la historia de la Tierra ya habÃ­a sufrido especialmente antes de aquella primera crisis europea, su conclusiÃ³n y los consiguientes ochentas aÃ±os prÃ³speros y pacÃ­ficos que la habÃ­an seguido: en el siglo XX, el mundo habÃ­a pasado por dos guerras mundiales terribles, con decenas de millones de muertos, y diversos conflictos locales y, una vez vencida la fiera nazifascista, habÃ­a sufrido la llamada guerra frÃ­a entre Occidente y la UniÃ³n SoviÃ©tica; pero esa historia era pasado, en casi todo el mundo, por la muerte liberadora de la otra dictadura polÃ­tica, el comunismo; aunque se habÃ­a encontrado con el capitalismo extremo y la consiguiente quiebra de la espiritualidad. Finalmente, a mediados del siglo XXI, se habÃ­a producido el despegue, que concluyÃ³ con el logro de una condiciÃ³n pacÃ­fica y prÃ³spera imposible de imaginar en los siglos anteriores.

Esa condiciÃ³n benigna se habÃ­a desvanecido y era en ese momento historia alternativa. HabÃ­a igualmente una paz mundial, pero no liberal, basada, como ignoraban por el momento los embarcados en la cÃ¡psula 22, en una Segunda Guerra Mundial alternativa, disputada con bombas disgregadoras y ganada por la Alemania nazi; se trataba de una paz que, parafraseando un antiguo dicho latino,30 (#litres_trial_promo) en realidad era solo un desierto en el alma, que habÃ­a comportado la desapariciÃ³n de razas enteras: primero la judÃ­a, aniquilada, y luego la negra africana reducida por completo a la esclavitud y obligada a trabajar de forma inhumana hasta provocar casi su extinciÃ³n. Solo se habÃ­a respetado a los pueblos de las llamadas âraza amarillaâ y âraza Ã¡rabeâ, ya que pseudoestudios antropolÃ³gicos habÃ­an declarado que se trataba de pueblos paralelos derivados de una divisiÃ³n evolutiva de la estirpe indo-aria, producida doscientos mil aÃ±os antes; en realidad, los motivos habÃ­an sido prÃ¡cticos: por un lado, casi con seguridad a la relativamente poco numerosa ârazaâ aria que habÃ­a conquistado el mundo le habrÃ­a sido imposible exterminar del todo a la enorme poblaciÃ³n de piel amarilla; por otro, en el siglo XX los Ã¡rabes habÃ­an sido, igual que los nazis, firmes enemigos de los judÃ­os, es mÃ¡s, habÃ­an sido aliados de Alemania en la guerra de espÃ­as de la dÃ©cada de 1930 y esto les habÃ­a granjeado la magnanimidad de Hitler, aunque les habÃ­a resultado bastante difÃ­cil a los antropÃ³logos nazis justificar la discriminaciÃ³n, teniendo los judÃ­os y los Ã¡rabes el mismo origen semita.

Los encargados de las comunicaciones de la nave 22, sin descomponerse, aunque, como todos, con el Ã¡nimo por los suelos, y sin necesidad de recibir las Ã³rdenes de la comandante, habÃ­an activado, sin decir ni una palabra, uno de los traductores automÃ¡ticos de a bordo, que eran bidireccionales y, con la excusa de que la palabras no habÃ­an llegado con claridad, habÃ­an solicitado que las repitieran. Se habÃ­a recuperado la comunicaciÃ³n con Roma, expresada en inglÃ©s internacional, a travÃ©s del traductor de la computadora: se trataba de Ã³rdenes normales de servicio por parte de los encargados del trÃ¡fico astroportuario. Se habÃ­an seguido al pie de la letra pero aunque la disciplina del personal a bordo, aprendida en las academias por los oficiales y los suboficiales del Cuerpo AstronÃ¡utico, habÃ­a evitado tropiezos y tal vez problemas, los corazones de todos latÃ­an con fuerza.

La comandante habÃ­a hecho que las videocÃ¡maras de la cÃ¡psula 22 tomaran imÃ¡genes cercanas de la Tierra desde la Ã³rbita en que giraba la aeronave, evitando lanzar satÃ©lites exploradores a otras Ã³rbitas para que nadie sospechara en la Tierra, dado que no esto habrÃ­a estado conforme con la prÃ¡ctica de reentrada.

DespuÃ©s de reflexionar y consultar con el primer oficial, capitÃ¡n Marius Blanchin, un parisino de treinta aÃ±os y metro noventa, flaco, de pelo rojo y ojos verdes heredados de su madre irlandesa, Margherita habÃ­a decidido descender personalmente al astropuerto para una inspecciÃ³n directa, para tratar de comprender un poco mejor la situaciÃ³n antes de asumir otras iniciativas. Como no conocÃ­a el alemÃ¡n, aunque tenÃ­a un traductor incluido en el micropersonal, habÃ­a pedido a Valerio Faro que la acompaÃ±ara, dado que este entendÃ­a y hablaba ese idioma con fluidez, pues lo habÃ­a estudiado a fondo en su momento, para su trabajo de fin de carrera en Historia de las Doctrinas EconÃ³micas y Sociales, centrada en las obras del alemÃ¡n Karl Marx, y lo habÃ­a usado posteriormente para otras investigaciones histÃ³ricas: Margherita juzgaba que, en caso de que fuera necesario expresarse en alemÃ¡n cara a cara con alguien, serÃ­a oportuno que hablara directamente alguien que conociera bien la lengua, sin hacerlo a travÃ©s de instrumentos, reduciendo asÃ­ el riesgo de ser descubiertos.

Entretanto, usando uno de los traductores automÃ¡ticos de a bordo, la comandante habÃ­a pedido a Roma autorizaciÃ³n para tomar tierra con una disco-lanzadera. Se la habÃ­an concedido sin problemas. En Margherita se habÃ­a reforzado la idea, que ya le habÃ­a venido al constatar que no habÃ­a habido tropiezos en tierra, de que la comandancia del astropuerto sencillamente conocÃ­a la misiÃ³n.

Un tal Paul Ricoeur, soldado del pelotÃ³n de InfanterÃ­a de Astromarina que habÃ­a sido asignado a la aeronave con responsabilidades de protecciÃ³n, habÃ­a ocupado su puesto en el disco junto a la comandante, Valerio Faro y la piloto sargento Jolanda Castro Rabal. Cada uno de los cuatro llevaba consigo un paralizador individual.

Al llegar a tierra habÃ­an visto, asombrados, que en el mÃ¡stil que remataba la torre del astropuerto de Roma ondeaba la bandera de la Alemania nazi, en lugar del habitual azul turquesa con estrellas doradas dispuestas en cÃ­rculo de los Estados Confederados de Europa.

La comandante habÃ­a ordenado a la piloto: âJolanda, quÃ©date en el disco, mantente en estado de preascenso y estate lista para despegarâ, tras lo cual habÃ­a desembarcado con los demÃ¡s. Entraron en el edificio del astropuerto. AquÃ­ el trÃ­o se habÃ­a topado con diversos sÃ­mbolos nazis; entre otros, habÃ­an encontrado un gran bajorrelieve conmemorativo que homenajeaba a âAdolf Hitler I, Duce y Emperador de la Tierra y Conquistador de la Lunaâ y, oyendo hablar en alemÃ¡n a las personas con las que se cruzaban y viendo a algunas saludarse con el brazo en alto, como en el Tercer Reich, los tres habÃ­an verificado sin ninguna duda que se encontraban en una sociedad polÃ­ticamente muy distinta de la suya, en la que no habÃ­a espacio para la democracia viva que habÃ­an dejado cuando partieron, sino que en ella dominaba el nazismo.

Mientras el pequeÃ±o grupo volvÃ­a sobre sus pasos, Margherita habÃ­a susurrado vacilante a sus dos compaÃ±eros: âPodrÃ­a tratarse de un problema desencadenado por nosotros mismos debido a un mal funcionamiento del dispositivo Cronosâ.

Apenas llegados a bordo de la lanzadera, habÃ­a ordenado a la piloto la vuelta a la nave.

En los pocos minutos necesarios para llegar a la aeronave, el pensamiento de todos se habÃ­a dedicado a las respectivas familias; si habrÃ­an podido encontrar a sus seres queridos e incluso si existirÃ­an: Margherita habÃ­a dejado en nuestra Tierra padre, madre y una hermana menor, tambiÃ©n ingeniera, pero civil, y con un estudio profesional; Valerio a su mamÃ¡, un hermano casado y dos sobrinos; la piloto, a su marido; el soldado, a su esposa y una hija.

Solo era seguro que aquel desorden temporal no habÃ­a afectado a la tripulaciÃ³n ni a los pasajeros de la cronoastronave, porque ninguno se habÃ­a englobado, ni siquiera psicolÃ³gicamente, en la nueva sociedad nazi.

La comandante se proponÃ­a recoger, tan pronto como estuviera a bordo, noticias de esta nueva y desconocida Tierra alternativa conectÃ¡ndose a un archivo histÃ³rico a travÃ©s de una de las computadoras principales de la nave, pero con precauciÃ³n.

En el momento de salir del disco en el astrohangar, Valerio Faro le habÃ­a dicho: âMargherita, he estado pensando y tal vez te equivocas: el problema puede haberse debido, no a nuestra nave al volver, sino a una cÃ¡psula de exploraciÃ³n en el pasado y tal vez no nos haya influido debido a la lejanÃ­a de la Tierra de la 22 durante el cambio histÃ³ricoâ.

âHmmâ¦â, habÃ­a reflexionado ella murmurando.

Ãl habÃ­a continuado: âMargherita, a pesar de las grandes cautelas que impone la ley para los viajes al pasado de la Tierra, no puede existir la certeza absoluta de que no se haya modificado el futuro. Â¿QuÃ© crees? Â¿No es tal vez posible que los daÃ±os provengan de la cÃ¡psula 9? Te acuerdas, Â¿no? Â¿Que solo un par de dÃ­as antes de que iniciÃ¡ramos el vuelo hacia 2A Centauri habÃ­a saltado a la Italia de 1933, con el equipo histÃ³rico del profesor Monti?â

âTal vez tengas razÃ³nâ.

Efectivamente, aunque hasta entonces ninguna misiÃ³n histÃ³rica habÃ­a interferido con los acontecimientos de la Tierra, habiendo respetado todas siempre las Ã³rdenes gubernativas de no injerencia, un accidente no era sin embargo del todo imposible, hasta el punto de que, como recordaba la historia, la primera cronoexpediciÃ³n histÃ³rica habÃ­a podido crear un problema temporal: uno de los discos, mientras se encontraba en 1947 en una exploraciÃ³n a baja cota sobre Nuevo MÃ©xico, fue avistado y atacado por una formaciÃ³n de bombarderos de la USAF y daÃ±ado poco despuÃ©s por baterÃ­as antiaÃ©reas de la aviaciÃ³n militar situadas cerca de allÃ­. La lanzadera, daÃ±ada, tuvo que aterrizar en una localidad desÃ©rtica cerca de Roswell y los cuatro ocupantes fueron embarcados rÃ¡pidamente en otro disco y puestos a salvo. No se habÃ­a producido ningÃºn desorden temporal solo gracias a un dispositivo particular del que estaban dotados todas la lanzaderas y que el piloto habÃ­a activado antes de abandonarla: un dispositivo que habÃ­a fundido todas las partes Ãºtiles para posibles trabajos de ingenierÃ­a inversa, por lo que la chatarra recuperada no habÃ­a podido servir a las fuerzas armadas de Estados Unidos.

TambiÃ©n se sabÃ­a que la cronoastronave 9 no era muy moderna, como seÃ±alaba el nÃºmero bajo de serie, por lo que no resultaban inverosÃ­miles problemas imprevistos, a pesar de los constantes trabajos de manutenciÃ³n.

Como suponÃ­a Faro, segÃºn los oficiales ingenieros de la 22, la nave y sus seres humanos no se habÃ­an visto afectados por el giro en el tiempo (como lo habÃ­a llamado Margherita) porque la cÃ¡psula habÃ­a vuelto mÃ¡s allÃ¡ del espacio-tiempo en torno a 2A Centauri y eso les hacÃ­a suponer, tambiÃ©n como habÃ­a pensado Valerio, que el desorden temporal no lo habÃ­a causado la cÃ¡psula sino otra crononave que, antes de 2133, habrÃ­a modificado accidentalmente el futuro a causa de cualquier infortunio.

La comandante habÃ­a entendido finalmente que si la calamidad se hubiera debido a la cronoastronave 22 en la reentrada en Ã³rbita, los mÃ¡s verosÃ­mil habrÃ­a sido que todas sus computadoras y los seres humanos que transportaba hubieran cambiado convirtiÃ©ndose en parte del mundo nazi.

Ahora se trataba de saber cuÃ¡ntas y cuÃ¡les expediciones histÃ³ricas, seguramente entre las que ya hubieran vuelto antes de que la cÃ¡psula 22 hubiera abandonado nuestro mundo, habÃ­an saltado al pasado durante el breve lapso de tiempo en la Tierra entre la partida y retorno de la nave de Margherita: Â¿solo la del profesor Monti y sus equipos con la nave 9 o tal vez alguna mÃ¡s?

TambiÃ©n era importante considerar, como habÃ­a seÃ±alado Valerio despuÃ©s de haber reflexionado posteriormente, una posibilidad distinta de la de un solo universo transformado por accidente, la de los universos paralelos: se trataba de una conjetura seria para muchos astrofÃ­sicos, mantenida durante decenios entre las teorÃ­as mÃ¡s disparatadas que todavÃ­a no se habÃ­an verificado ni siquiera experimentalmente; si esa hipÃ³tesis fuera cierta, no habrÃ­a sido un giro en el tiempo que habrÃ­a modificado el futuro de la Tierra, sino que la cronoastronave 22 habrÃ­a saltado en un momento concreto, por un error de maniobra o un problema en el aparato Cronos, a un universo paralelo bastante cercano al de la Tierra, otro cosmos en el que subsistÃ­a una Tierra alternativa nazi en lugar de nuestro mundo y, en este caso, habrÃ­a sido cierto lo que habÃ­a temido Margherita: la causa habrÃ­a sido la propia nave.

Se habÃ­a discutido.

Valerio habÃ­a dicho en un determinado momento: âSupongamos una pluralidad inconmensurable de universos, teniendo cada uno en su origen una sola decisiÃ³n; por ejemplo, un cosmos deriva de mi resoluciÃ³n de ir a cierto lugar donde me espera un accidente que me mata, mientras que si no voy sigo vivo y no aparece ese universo; bien, como historiador y como filÃ³sofo me pregunto si la multiplicidad de universos es solo hipotÃ©tica y siempre hay realmente solo un Ãºnico universo originado, poco a poco, por las decisiones verdaderamente tomadas y, en particular, si cada persona vive en muchos de ellos, es decir, que haya un yo para cada posible decisiÃ³n propia o de otros y para cada acontecimiento influyente y por tanto existe en Tierra y Tierra alternativa y Otra Tierra y asÃ­ sucesivamente. Â¿Cada uno de estos hechos y decisiones crea un nuevo universo real o no? Con respecto a nosotros, en este mundo nazi, Â¿existen nuestros alter egos?â

HabÃ­a intervenido el antropÃ³logo Jan Kubrich: âA ver si lo he entendido bien, Valerio: por ejemplo, en un caso le cae en la cabeza a un peatÃ³n un tiesto y lo mata, esa persona muere y punto y no hay otro universo el que no reciba el golpe y siga vivo y esta segunda posibilidad resulta ser por tanto hipotÃ©tica; por el contrario, en el otro caso hay dos universos paralelos concretos, donde la maceta cae y no cae respectivamente y la persona en realidad muere en uno y sigue viva en el otro. Â¿Es asÃ­?â

âSÃ­. Ahora os dibujo dos ejemplos grÃ¡ficos, Jan.â Valerio se habÃ­a acercado a la computadora mÃ¡s cercana y habÃ­a dibujado electrÃ³nicamente un par de esquemas a su aire, luego habÃ­a dicho: âRepresentamos con la lÃ­nea continua las situaciones realmente existentes y con la lÃ­nea de puntos las que solo son hipotÃ©ticas y no se producen y, simplificando al mÃ¡ximo, nos podemos preguntar si serÃ­a asÃ­, como en este esquema A,






o mÃ¡s bien asÃ­, como en el siguiente esquema B,






y usando como ejemplo mi caso personal, podemos preguntarnos si solo existe el Valerio Faro que os estÃ¡ hablando, siguiendo la lÃ­nea continua del esquema A, es decir un yo mismo existente sobre esta Tierra alternativa nazi real y Ãºnica o hay tambiÃ©n otro sobre nuestra Tierra no nazi, por decirlo asÃ­, siguiendo el grÃ¡fico B, que haya un Valerio Faro que vive al mismo tiempo a lo largo de dos lÃ­neas continuas paralelas: un yo sobre la Tierra y otro sobre la Tierra alternativa. En el caso de que exista solo en la Tierra alternativa, es decir, si es verdadero el grÃ¡fico A, la Tierra que conocÃ­amos ya no existe, solo puede colocarse idealmente en una de las lÃ­neas de puntos de ese mismo grÃ¡fico A, una lÃ­nea solo hipotÃ©tica, que se ha convertido en inexistenteâ.

Entonces habÃ­a intervenido la comandante: âLos dos Valerio Faro, o las dos Margherita Ferraris y asÃ­ cada uno de nosotros, en este momento, podrÃ­amos sin embargo no estar en dos lÃ­neas continuas como en el esquema B, sino sobre una lÃ­nea continua segÃºn el grÃ¡fico A, es decir, sobre la lÃ­nea que en el mismo grÃ¡fico representa la Tierra nazi; en otras palabras, tÃº y yo aquÃ­ en la cÃ¡psula y Valerio y Margherita nÃºmero 2 allÃ­ en el mundo: ambos en la misma Tierra alternativa y por tanto podrÃ­a haber un doble de cada uno de nosotros en la Tierra alternativaâ.

Ãl habÃ­a considerado. â... y yo te complico aÃºn mÃ¡s las cosas: podrÃ­a haberse producido un desdoblamiento de la cÃ¡psula con todos sus pasajeros, con lo que podrÃ­a haber vuelto una nave 22 sobre nuestra Tierra en paralelo a la llegada a la Tierra alternativa de esta nave 22 en la que estamos ahora, mÃ¡s bien esta nave 22 alternativa; en tal caso, los Valerio Faro, por limitarme a mÃ­, podrÃ­an ser, no dos, uno en la Tierra y otro en la Tierra alternativa, sino incluso tres, dos aquÃ­ y uno sobre nuestra Tierra. En cambio, si no hay universos paralelos, es decir, si se excluye del todo el esquema B y se acepta como verdad solo el A, existe la posibilidad de que yo sea el Ãºnico Valerio Faro, Margherita Ferraris la Ãºnica Margherita Ferraris, etcÃ©tera, quedando siempre viva la hipÃ³tesis de aquel inoportuno Valerio Faro nÃºmero 2, de una Margherita Ferraris nÃºmero 2 y de un alter ego para cada uno de nosotros en algÃºn lugar de ahÃ­ abajoâ.

âEs para volverse loco, Valerioâ.

âSÃ­, Margherita, pero nos queda el hecho de que es lÃ³gico apostar por el caso que nos resulta menos desfavorable, aquel de los caminos histÃ³ricos imaginarios a los lados de una Ãºnica vÃ­a real, como en el esquema A, siguiendo el cual tiene sentido razonar sobre el ser y disponer acciones para cambiar las cosas; en el otro caso, no, porque todo lo posible se ha producido, existe realmente en el tiempo a lo largo de un nÃºmero incalculable de caminos para innumerables encrucijadasâ.

âDejamos la idea de que tal vez en esta Tierra haya un Valerio alternativo, una Margherita alternativa y asÃ­ con todoâ, habÃ­a dicho la comandante, ây nos concentramos en lo positivo: Â¡si estamos ahora sobre la lÃ­nea continua del grÃ¡fico A, donde la Tierra ha convertido por un accidente del pasado en una Tierra nazi alternativa y por tanto no hay universos paralelos, podemos hacer que las cosas vuelvan a ser como antes!â.

Silencio.

âSÃ­, seÃ±ores, yendo al Ãºnico pasado y actuando para que se convierta en punteado, es decir, en solo hipotÃ©tico, el trazo continuo nazi y haciendo que se convierta por el contrario en continuo, es decir, en real, lo que despuÃ©s del giro en el tiempo se ha convertido en punteado, es decir, aquel mundo democrÃ¡tico que conocemos y que por el momento ya no existe, pero necesitamos recuperarâ.

HabÃ­a intervenido por primera vez la investigadora Anna Mancuso, dirigiÃ©ndose al propio director y amigo profesor Faro: âPor desgracia, Valerio, me temo que nunca serÃ¡ posible establecer con seguridad si es verdad el esquema A o el esquema B. Si, por una desdichada posibilidad, los universos paralelos del esquema B fueran reales, si fuÃ©ramos al pasado y eliminÃ¡ramos la causa del giro en el tiempo serÃ­a posible que esta Tierra nazi alternativa no dejara de existir, sino que sencillamente nosotros, en ese momento, al saltar a un universo donde el nazismo no haya vencido y donde recuperÃ¡ramos, en el aÃ±o 2133, nuestra sociedad perdida al partir hacia 2A Centauri, no nos acordarÃ­amos de la existencia de una Tierra alternativa ni del hecho de haber vuelto sencillamente a lo largo del paralelo binario donde estÃ¡ nuestra Tierraâ.

Valerio: âSÃ­, estoy de acuerdo, Anna; en todo caso, es una cuestiÃ³n de mera fe, un poco como las decisiones que toman todos mÃ¡s o menos inconscientemente, incluidos nosotros los cientÃ­ficos, de estar en el mundo o de ser un mundo. No es en realidad posible demostrar que el solipsismo sea verdadero o falsoâ.

âEl solip... Â¿quÃ©?â, habÃ­a preguntado el ictiÃ³logo Elio Pratt, mÃ¡s formado en disciplinas cientÃ­ficas que en asuntos humanÃ­sticos.

Le habÃ­a respondido: âEl solipsismo, palabra que deriva de los tÃ©rminos latinos âsolusâ, âsoloâ, e âipseâ, âuno mismoâ, y que significa por tanto âsolo uno mismoâ es esencialmente la idea metafÃ­sica de que todo lo que existe es creado por la conciencia de la persona y no es objetivo. Por ejemplo, si fuera verdad la tesis solipsista, yo estarÃ­a solo en la mente de quien me estÃ© escuchando, no serÃ­a un Valerio Faro real y evidentemente para mÃ­ serÃ­ais los productos de mi mente, no serÃ­ais objetivos, solo yo existirÃ­a realmente y, por decirlo asÃ­, os crearÃ­a en mi propio interior. El hecho es que es imposible demostrar experimentalmente si el solipsismo es verdadero o falso o por el contrario, demostrar que es verdadera o falsa la realidad del mundo, porque tambiÃ©n el experimento y sus presuntos resultados podrÃ­an ser meras creaciones del yo: es solo un acto de fe lo que nos hace creer que somos parte de un mundo objetivo y, por tanto, que puede conocerse gracias a la experienciaâ.

HabÃ­a intervenido el pragmÃ¡tico Jan Kubrich: âCon todo, querido Valerio, solipsismos aparte, para mÃ­ lo esencial es que este yo mÃ­o que estÃ¡ hablando acabe volviendo a la sociedad que ha dejado; si hubiera otros yos innumerables en otros universos paralelos, nunca los llegarÃ­a a conocer y por tanto no me podrÃ­an importarâ.

Anna le habÃ­a dicho: âSi embargo, a mÃ­ me importarÃ­a muchÃ­simo saberlo, aunque lo considere imposible en esta vida: en el mÃ¡s allÃ¡, si acaso; y por cierto, Â¿te das cuenta, Jan?, se plantea un problema teolÃ³gico esencial...â.

â... no, la teologÃ­a, no Â¡apiÃ¡date de mÃ­!â, le habÃ­a interrumpido sonriente y simulando alarmarse el antropÃ³logo, que a pesar de encontrarse, como todos, en una situaciÃ³n de alta tensiÃ³n, parecÃ­a tener ganas de bromear, igual que Anna tenÃ­a el deseo, a pesar de todo, de discutir sobre teologÃ­a, tal vez ambos queriendo aliviar la tensiÃ³n existente.

âHm... peroâ, habÃ­a dicho Anna, que no habÃ­a entendido el intento de broma: âpensaba que serÃ­a interesante, Janâ.

âPerdÃ³nameâ, le habÃ­a contestado Kubrich, âsolo bromeaba: si solo dependiera de mÃ­, de verdad que te escucharÃ­a encantadoâ.

Pensando que las divagaciones tal vez fueran buenas para aliviar la ansiedad de todos, la comandante habÃ­a tolerado â... pero sÃ­, Anna, te escuchamosâ.

âBueno, estaba a punto de decir antes que, tomando como verdadera la conjetura, que para mÃ­ es terrible, de los mÃºltiples universos reales, la misma persona tiene al tiempo mÃ©ritos y demÃ©ritos morales diferentes, de acuerdo con el universo en el que estÃ©, serÃ¡ mÃ¡s o menos bueno o malo, de lo que se deduce que cada una de sus decisiones serÃ¡ mÃ¡s o menos altruista o mÃ¡s o menos egoÃ­sta; asÃ­ que, en su caso mÃ¡s extremo, el mismo sujeto, pongamos un Francisco de AsÃ­s, en una dimensiÃ³n temporal ha sido honrado hasta la santidad (objetivo trascendente: la salvaciÃ³n eterna) pero ha sido completamente malvado en un universo en el otro extremo, por tanto destinado a la muerte eterna sin resurrecciÃ³n en Dios, en otras palabras, a la condena eternaâ.31 (#litres_trial_promo)

âSÃ­, Annaâ, Valerio habÃ­a recuperado el turno de palabra, âpero aparte del discurso sobre el paraÃ­so y el infierno que solo nos interesa a los creyentes, la idea de mÃºltiples universos es de por sÃ­ terrible: en el caso de mÃºltiples universos reales, el yo, parafraseando a Pirandello, aunque sea subjetivamente y no en juicios subjetivos de otros, uno y cien mil o miles de millones, podrÃ­amos decir que no es en el fondo nada,32 (#litres_trial_promo) porque si existe todo lo que es posible, si la persona es millares y millones de individuos en otros tantos universos y no una sola, no es un yo y por tanto resulta absurdo y tambiÃ©n contrario a la humanidad: el hombre resulta ser un cero. Para mÃ­ es inaceptable y creo, como Einstein, que Dios no juega a los dados y por tanto pongo mi fe en un Ãºnico universoâ.

âTambiÃ©n yo, evidentementeâ, habÃ­a corroborado Anna.

La comandante: âPor tanto, ahora se trata de actuar en el pasado para cambiar este, esperemos, Ãºnico universo y devolverlo a la condiciÃ³n anterior al giro en el tiempoâ.



Se habÃ­a preguntado a las memorias de las calculadoras de a bordo de la cÃ¡psula.

La computadoras habÃ­an respondido que en el momento del salto cronoespacial hacia el sistema Alfa Centauri sobre el cual, como sabÃ­amos, se habÃ­an registrado datos de todo tipo tomados de calculadoras pÃºblicas de la Tierra, la Ãºnica cronoastronave que resultaba no haber vuelto todavÃ­a del pasado era la nÃºmero 9, que habÃ­a llevado a la Italia del aÃ±o 1933 una expediciÃ³n dirigida por el filÃ³sofo e historiador profesor Arturo Monti de la Universidad de La Sapienza de Roma. Al haberse interrumpido las comunicaciones de la 22 con la Tierra tras el salto, no podÃ­an tener noticias posteriores.

Luego se habÃ­a tratado de conocer la historia de la Tierra alternativa a partir de 1933 hasta la actualidad, el giro temporal que se suponÃ­a que se habÃ­a producido en aquel lejano aÃ±o del siglo XX, advirtiendo que la cÃ¡psula 9 se habÃ­a dirigido al mes de junio del mismo 1933. Por otra parte se habÃ­an cuidado de informarse rÃ¡pidamente de los acontecimientos histÃ³ricos de la Tierra alternativa anteriores a ese periodo; si la historia precedente habÃ­a sido idÃ©ntica a la de la Tierra que Valerio y los demÃ¡s conocÃ­an bien, resultarÃ­a factible que hubiera un solo mundo y que, simplemente, la historia hubiera cambiado con el giro temporal convirtiÃ©ndose luego en historia alternativa. En realidad, no podÃ­a tenerse ninguna certeza, ya que no era del todo excluible la posibilidad de dos universos cercanÃ­simos en los que la historia, hasta un cierto momento fuera tan idÃ©ntica que no podrÃ­a distinguirse entre historia e historia alternativa; pero si no fuera asÃ­, eso primaba la otra hipÃ³tesis: incluso en el interior de Jan Kubrich, despuÃ©s de todo.

En nuestra Tierra, Valerio Faro estaba acreditado en el Archivo HistÃ³rico Central y tenÃ­a acceso directo; esperaba que fuera tambiÃ©n asÃ­ en la Tierra alternativa, es mÃ¡s, habÃ­a apostado por sÃ­ mismo, aunque no habÃ­a podido evitar preguntarse, mientras se preparaba para intentar el acceso: Â¿y si en este mundo nazi yo ni siquiera he nacido? Â¿Y si aquÃ­ no fuera un historiador sino... un marinero, o un abogado, o... quiÃ©n sabe quÃ©? Por otro lado, pensaba, lo que le disgustaba siendo un hombre libre y un demÃ³crata convencido, que en el caso esperable de que pudiera acceder a los datos reservados del archivo electrÃ³nico, en la Tierra alternativa habrÃ­a sido un siervo del nazismo, ya que en caso contrario no habrÃ­a podido acceder; se habÃ­a preguntado ademÃ¡s: Â¿Yo o un alter ego? A partir de este pensamiento, habÃ­a introducido con inquietud su contraseÃ±a: habÃ­a podido entrar sin problemas. HabÃ­a tragado saliva instintivamente con alivio, fuera cual fuera la verdad, pero preguntÃ¡ndose ahora: âÂ¿Nazi o Valerio alternativo?â.

HabÃ­a hablado sin intermediarios, como tenÃ­a derecho, con la mÃ¡quina central. Como esperaba, tambiÃ©n los programas del archivo estaban en alemÃ¡n y no en inglÃ©s universal que, cuando habÃ­an partido, hablaban y escribÃ­an en todas partes desde la empresas comerciales a las etiquetas de fÃ¡brica cosidas en la ropa interior; ahora solo la cronoastronave 22 y sus discos volantes mantenÃ­an sus manuales en inglÃ©s, pertinente en el mundo de origen, igual que el propio Valerio y los demÃ¡s pasajeros de la cÃ¡psula.

La primera pregunta del profesor se habÃ­a referido a la geografÃ­a polÃ­tica de la Tierra alternativa. La respuesta habÃ­a sido que todo el planeta era nazi, no solo Europa, y estaba organizado en el Imperio de la Gran Alemania, que comprendÃ­a tanto protectorados dirigidos por un gobernador alemÃ¡n, como Estados Unidos de AmÃ©rica, Rusia, Suiza y la mayorÃ­a de los estados afroasiÃ¡ticos, comenzando por aquellos exislÃ¡micos, como reinos fantoches, como el de Italia regido por un rey de nombre Paolo Adolf II: los monarcas locales debÃ­a aÃ±adir Adolf al nombre propio. En cuanto al Imperio Mundial, el estatuto nazi preveÃ­a que para ascender a la corona imperial, tras la muerte o el derrocamiento violento del emperador precedente (esto solo habÃ­a pasado una vez en 2069), el sucesor tenÃ­a que ser elegido por las SS, recordando lo que hacÃ­an los cÃ©sares en cierto periodo de la Roma imperial, ascendidos al trono por las legiones; ademÃ¡s establecÃ­a que el reciÃ©n elegido abandonara completamente su nombre y apellido y se convirtiera en Adolf Hitler. HabÃ­a un Adolf Hitler V en el trono, nada menos que el KÃ¡iser del Universo; sin embargo, el imperio, de hecho, comprendÃ­a solo unos pocos mundos aparte de la Tierra: la Luna, donde habÃ­a una base cientÃ­fica, los planetas del sistema solar, de los cuales tan solo Marte, en el que se habÃ­a cambiado artificialmente el clima, estaba habitado por unos pocos colonos, y finalmente algunos mundos en otras estrellas sobre los cuales, por ahora, solo habÃ­a misiones de estudio, entre las cuales estaba la expediciÃ³n de la cÃ¡psula 22, con el hecho de que la cronoastronave acababa de entrar en la Ã³rbita terrestre. Los alemanes habÃ­an llegado a un poder tan grande gracias, inicialmente, a un robo de tecnologÃ­a de parte del disco estrellado y recuperado por los italianos en la SIAI Marchetti de Vergiate: evidentemente, el archivo hablaba en tÃ©rminos muy lisonjeros de una brillante operaciÃ³n militar realizada por los gloriosos idealistas alemanes. Sin embargo, resultaba que habÃ­a una tal Claretta, a la que Mussolini, siempre despreocupado por la moral familiar, tenÃ­a como amante fija, una mujer treinta aÃ±os mÃ¡s joven que Ã©l, y esta estaba dispuesta a revelar a los alemanes la existencia y la ubicaciÃ³n del disco. Desde febrero de 1933, habÃ­a aceptado trabajar para los servicios secretos nazis por dos mil liras al mes, lo que, en aquellos tiempos, era una suma importante. La infeliz no se daba cuenta de los problemas que podÃ­a dar a Italia la divulgaciÃ³n de noticias recogidas entre las sÃ¡banas del Gran Jefe. El archivo decÃ­a que los ingenuos italianos habÃ­an creÃ­do durante muchos aÃ±os que tal vez habÃ­an sido los ingleses, considerados los constructores del disco, los autores del robo y que, por otro lado, el sigilo alemÃ¡n habÃ­a sido eficaz, no solo con respecto a la OperaciÃ³n Patriota, como se la llamaba habitualmente, sino tambiÃ©n a las posteriores actividades de estudio, asignadas personalmente por Hitler a los ingenieros Hermann Oberth y Andreas Epp: los trabajos habÃ­an necesitado aÃ±os, las bombas disgregadoras y los discos voladores alemanes se habÃ­an puesto a punto al inicio de 1939; despuÃ©s de varios intentos, paradÃ³jicamente gracias a Mussolini, con el acercamiento ya estrechÃ­simo entre Italia y Alemania, incluso antes de los acuerdos entre los dos paÃ­ses del llamado Pacto de Acero militar firmado el 22 de mayo de 1939: el dictador italiano, ahora subyugado psicolÃ³gicamente por la fuerza econÃ³mica y bÃ©lica demostrada por el Tercer Reich, habÃ­a entregado a Hitler un dossier sobre el disco capturado en Italia y sobre los avistamientos de otros objetos volantes no convencionales y, por peticiÃ³n expresa, habÃ­a consentido ademÃ¡s que fÃ­sicos e ingenieros alemanes participaran en el proyecto del Gabinete RS/33 sobre lo que quedaba del disco, que en aquel entonces se habÃ­a trasladado a la nueva base de Guidonia. Finalmente se habÃ­a producido la comparticiÃ³n de informaciÃ³n concedida por el ahora dÃ©bil y desconcertado Mussolini que determinarÃ­a el completo Ã©xito de las operaciones de ingenierÃ­a inversa de los alemanes: Alemania habÃ­a construido 31 discos operativos, dotados cada uno de cuatro misiles con otras tantas bombas disgregadoras; se habÃ­an construido y probado en una base a una decena de kilÃ³metros de Bremerhaven, en la costa del Mar del Norte, en el Lander de Bremen; las bombas se fabricaban y probaban en la localidad de PeenemÃ¼nde, en la isla de Usedom, en el litoral bÃ¡ltico del Reich, evacuada previamente la poca poblaciÃ³n civil residente, e igualmente se habÃ­a despejado el litoral cercano a la isla a muchos kilÃ³metros a su alrededor. Desde el momento de la puesta a punto de los discos, los misiles y las bombas, los nazis habÃ­an necesitado un par de meses para el adiestramiento de aviadores para pilotar estos mismos discos en la atmÃ³sfera y en vuelo suborbital, bajo la direcciÃ³n del as de la aviaciÃ³n nazi alemana Rudolph Schriever, ademÃ¡s del uso de los misiles, evidentemente lanzados durante los ejercicios sin las bombas disgregadoras, sustituidas por mecanismos con explosivo convencional. A principios de julio de 1939 Alemania habÃ­a entrado en guerra sin preaviso y, a diferencia de lo que narraba la historia tradicional, en la historia alternativa habÃ­a vencido casi inmediatamente: sobre todo, los fliegender scheiben (discos volantes) en vuelo suborbital, movidos por antigravedad, lanzaron misiles armados con bombas disgregadoras, idÃ©nticas a aquellas de las que disponÃ­an las lanzaderas de desembarco de las cronoastronaves, sobre varias ciudades de Gran BretaÃ±a, Francia, la UniÃ³n SoviÃ©tica y Estados Unidos. Como habÃ­a intuido Valerio Faro y aquellos que a sus espaldas asistÃ­an a la investigaciÃ³n, el hecho de que los discos hubieran sido por entonces suborbitales se debÃ­a a que todavÃ­a eran imperfectos, en ese momento, con respecto al prototipo del futuro.

La historia alternativa seguÃ­a de una manera escalofriante con la pÃ©rdida de cualquier valor espiritual y el triunfo del ateÃ­smo mÃ¡s absoluto. La persona se habÃ­a reducido a la nada, a un mero peÃ³n del imperio nacionalsocialista. Evidentemente, el Archivo HistÃ³rico Central exaltaba esto como una valiosÃ­sima conquista de la humanidad, confundiendo esta con la pseudorraza aria, mientras que consideraba subhumanos a todos los demÃ¡s seres humanos. Tras la guerra relÃ¡mpago de 1939, se habÃ­an logrado ulteriores mejoras en los discos volantes, hasta alcanzar el vuelo orbital y posteriormente el espacial por debajo de la velocidad de la luz: en 1943 Alemania habÃ­a llegado ya a la Luna con cuatro hombres de la Luftwaffe de vuelta a la Tierra alternativa sanos y salvos y en 1998 seis aviadores nazis, cinco alemanes y uno austriaco, con un disco mucho mayor que los precedentes, proyectado y construido para ello, habÃ­an desembarcado en Marte por primera vez y no habÃ­an regresado. La verdadera colonizaciÃ³n del planeta rojo se habÃ­a producido sin embargo, igual que en el mundo de Valerio y de Margherita, solo con la creaciÃ³n de las cronoastronaves, proyectadas en la Tierra alternativa en 2098, esta vez totalmente un producto de la ingenierÃ­a nazi, igual que en la Tierra habÃ­a sido de la ingenierÃ­a de los Estados Confederados de Europa pocos aÃ±os antes: el viaje experimental en el espacio-tiempo de los astronautas nazis se habÃ­a dirigido a 2015, al vecino sistema doble Alfa Centauri A y B, sin descender a planetas: aproximadamente lo que habÃ­a pasado con la Tierra, que habÃ­a conquistado el espacio profundo en 2107 con un viaje de circunnavegaciÃ³n a la estrella PrÃ³xima Centauri, a 4,22 aÃ±os luz de distancia de nuestro Sol, y retorno inmediato. Sin embargo no aparecÃ­a en el archivo nazi de la Tierra alternativa que hubieran realizado viajes en el tiempo: Â¿tal vez temiendo cambiar la historia en su propio perjuicio? Por tanto, tampoco habÃ­a habido una expediciÃ³n al aÃ±o 1933 para estudiar el fascismo y, como habÃ­an pensado Margherita y los demÃ¡s, el disco capturado por los italianos y robado por los alemanes habÃ­a venido de la Tierra y no de la Tierra alternativa. Valerio habÃ­a preguntado al archivo tambiÃ©n acerca de los tiempos anteriores a los aÃ±os 30 del siglo XX: desde los albores de la civilizaciÃ³n hasta junio de 1933, la historia alternativa resultaba ser igual que la historia.



âCreo que, visto estoâ, habÃ­a declarado la comandante a la tripulaciÃ³n y los cientÃ­ficos, âno nos queda sino saltar al pasado y tratar de cambiar las cosasâ.

Acababa de terminar la frase cuando las computadoras de a bordo habÃ­an puesto en alarma roja a la cÃ¡psula: habÃ­an registrado un disco, seguramente amigo, de la dotaciÃ³n de la nave 22, acercarse a la mÃ¡xima velocidad y, detrÃ¡s de Ã©l, una decena de kilÃ³metros por detrÃ¡s, otros dos discos no identificados. Las computadoras habÃ­an advertido poco despuÃ©s el lanzamiento de un misil de los segundo contra el primero, mientras que el piloto amigo solicitaba acuciantemente a la cÃ¡psula 22 que abriera el hangar con prioridad absoluta. AsÃ­ se habÃ­a hecho. La maniobra posterior de la lanzadera era temeraria, con el riesgo de estrellarse contra la cronoastronave y daÃ±arla o algo peor; sin embargo el disco habÃ­a entrado en el astrohangar sin daÃ±os. En cuanto se cerraron las compuertas detrÃ¡s de la lanzadera, la comandante habÃ­a ordenado a la computadora un salto inmediato hacia el pasado y la aeronave 22 habÃ­a desaparecido justo a tiempo para no ser alcanzada por los misiles. Si se hubieran seguido las normas de seguridad, el cronosalto deberÃ­a haberse llevado a cabo lejos del planeta, pero en este caso la energÃ­a desplegada por la nave del tiempo habÃ­a aniquilado los misiles ya cercanÃ­simos de los discos perseguidores.


CapÃ­tulo 5



A las 0 horas y 30 minutos de la noche del 18 de junio de 1933, ni siquiera cinco dÃ­as despuÃ©s del traslado del disco capturado, en un hangar de la fÃ¡brica SIAI Marchetti de Vergiate mÃºltiples siluetas apenas distinguibles por los ojos de un gato, vestidas completamente de negro, habÃ­an caÃ­do silenciosamente en el terreno en torno a las instalaciones, usando paracaÃ­das igualmente negros. Para que los motores de los aviones que les habÃ­an transportado desde Baviera hasta el lugar no fueran oÃ­dos fÃ¡cilmente desde tierra, los paracaidistas habÃ­an saltado desde una altura de cuatro mil metros, abriendo sus telas despuÃ©s de una caÃ­da libre de tres mil seiscientos. A pesar de la oscuridad, ninguno habÃ­a fallado.

ConocÃ­an bien los turnos de vigilancia de la guardia italiana porque una espÃ­a los habÃ­a comprobado en los dÃ­as anteriores y se lo habÃ­a comunicado a sus superiores en BerlÃ­n. SabÃ­an que en la medianoche del 18 de junio se habÃ­a producido el cambio de guardia y que el manÃ­pulo de la Milicia relevado habÃ­a dejado sus puestos para volver al cuartel.

DespuÃ©s de reunirse, la compaÃ±Ã­a, compuesta por sesenta hombres a las Ã³rdenes del capitÃ¡n Otto Skorzeny y algunos gastadores de ingenieros, habÃ­a penetrado en silencio, con el paso militar de un fantasma, en el local de la porterÃ­a de la fÃ¡brica, cerrando de inmediato la boca y degollando a los dos pobres porteros, marido y mujer. Luego cincuenta de los sesenta incursores, todos armados con fusiles automÃ¡ticos Thompson de fabricaciÃ³n estadounidense, adquiridos mediante intermediarios por representantes del Tercer Reich, habÃ­an atacado al manÃ­pulo de la Milicia y los dos subtenientes del OVRA que en ese momento vigilaban el disco y, gracias a la sorpresa y al armamento moderno, habÃ­an matado a todos. Solo habÃ­an muerto ocho asaltantes alemanes y cuatro habÃ­an quedado heridos por los disparos de los viejos mosquetes del modelo â91 de la dotaciÃ³n de los italianos. Entretanto los diez paracaidistas que habÃ­an quedado atrÃ¡s habÃ­an encendido fuegos en la pista de aterrizaje que discurrÃ­a junto a la fÃ¡brica para que pudieran aterrizar los mismos aviones desde los que habÃ­an saltado. Los demÃ¡s, despuÃ©s de hacer fotografÃ­as y grabaciones cinematogrÃ¡ficas externas e internas del disco hasta entonces entero, se habÃ­an llevado las partes transportables, empezando por los misiles con sus bombas y los aparatos cinefotogrÃ¡ficos y de radio. Toda la carga se habÃ­a llevado luego a la bodega de los aviones y posteriormente se habÃ­a hecho lo mismo con los muertos y heridos de la compaÃ±Ã­a. Finalmente, los incursores de Hitler habÃ­an despegado sin problemas.



El personal civil que habÃ­a llegado a la fÃ¡brica a las 6 de la maÃ±ana para empezar su turno de trabajo se habÃ­a encontrado con el espectÃ¡culo de carnicerÃ­a de los dos porteros degollados y posteriormente con la masacre de milicianos.

En Roma no se habÃ­a sospechado la realidad, debido a la baja estima en que tenÃ­a Mussolini en aquel tiempo a Alemania; el Duce habÃ­a pensado sin ninguna duda en un golpe de mano de aquellos a quienes todos consideraban los propietarios legÃ­timos del disco: los ingleses.

Las investigaciones tecnolÃ³gicas fascistas sobre el disco se habÃ­an limitado a partir de entonces, por fuerza, a lo que restaba y no se habÃ­a podido hacer nada con respecto a los misiles, a sus respectivas bombas disgregadoras ni a los futuristas microaparatos de videorradio robados por los nazis, claramente las partes militarmente mÃ¡s interesantes del botÃ­n, armas e instrumentos que, dado su tamaÃ±o relativamente pequeÃ±o, los italianos podÃ­an haber recogido sin daÃ±o y haber mandado a Roma, en lugar de dejarlos despreocupadamente en Vergiate, donde habÃ­an sido sustraÃ­dos fÃ¡cilmente. Naturalmente, habÃ­an rodado algunas cabezas, pero, tambiÃ©n naturalmente, no las de los gerifaltes que deberÃ­an haber sido los primeros en pensarlo, por decirlo asÃ­, por no hablar del Gran Jefe, ni las cabezas, entre otros ilustres, del director de la OVRA y el ministro de aeronÃ¡utica, Balbo. Nada nuevo bajo el sol, en suma.

Ya en la tarde del mismo 18 de junio de 1933, Hermann Goering, ministro del interior de la regiÃ³n de Prusia y futuro ministro de aviaciÃ³n del Reich, que ya para entonces era en la prÃ¡ctica la segunda autoridad del rÃ©gimen, por orden de Hitler habÃ­a confiado la direcciÃ³n de los estudios y las consiguientes investigaciones de ingenierÃ­a inversa sobre el precioso botÃ­n a Hermann Oberth y Andreas Epp, ingenieros de asegurada competencia profesional y probada lealtad nazi.

Esto se habÃ­a producido cuando en Alemania entonces no se habÃ­a reconstruido oficialmente una aviaciÃ³n militar ni, en ella, un cuerpo de paracaidistas, casi dos aÃ±os antes de que, el 11 de marzo de 1935, Goering fundara la Luftwaffe, nombrado a la vez por Hitler como su comandante en jefe.


CapÃ­tulo 6



Un informe de la ComisarÃ­a local de uno de los comisarios de Forli decÃ­a: âEl 14 de agosto de 1933 hacia las 14:30 hora italiana, el vanguardista Ferrini Mario hijo de Luigi y de MarÃ­a, de soltera Troneri, nacido en Forli el 16 de junio de 1917, estudiante, estando de paseo conversando con amigos igualmente de 16 aÃ±os, estudiantes y vanguardistas,33 (#litres_trial_promo) observÃ³ repentinamente una especie de cÃ¡psula luminosa a gran altura, que debido a su gran altitud parecÃ­a bastante pequeÃ±a, pero que debÃ­a ser en realidad gigantesca, atravesar en vuelo de sur a norte, en menos de medio minuto, el cielo sobre la ciudad, apareciendo y desapareciendo entre las nubes dispersas. TambiÃ©n sus amigos, a los que Ferrini les hizo de inmediato mirar hacia lo alto, vieron aquel extraÃ±o objeto y lo siguieron con la vista hasta que desapareciÃ³ en el horizonteâ.

âEstaba mucho, mucho mÃ¡s alto que la cima del Monte Biancoâ, habÃ­a dicho horas antes Mario a su madre, ama de casa. A las 17:00, el padre, subteniente primero de la Seguridad PÃºblica, tras terminar su turno, habÃ­a vuelto a casa y tambiÃ©n se le habÃ­a informado. Diligentemente, el suboficial habÃ­a vuelto a la oficina acompaÃ±ado por el muchacho y con Ã©l habÃ­a escrito un informe para la ComisarÃ­a de Forli, aunque en el fondo creyera que se trataba de un simple dirigible, un tipo de aeronave que no era extraÃ±o en los cielos en aquel tiempo, aunque ya hacÃ­a tiempo que se preferÃ­an los aviones a causa de los accidentes con aerostatos a motor mÃ¡s ligeros que el aire, como el famoso desastre de 1928 del dirigible Italia durante la expediciÃ³n al Polo Norte del general Umberto Nobile.

La diligencia del subteniente derivaba de las disposiciones precisas enviadas desde Roma a todas las fuerzas de policÃ­a desde mediados de junio, por las cuales cualquier avistamiento de medios voladores desconocidos debÃ­a ser reportado inmediatamente, sin excepciones, directamente a la oficina de la OVRA adjunta a la respectiva ComisarÃ­a.

La copia de la declaraciÃ³n oral habÃ­a sido por tanto enviada desde la ComisarÃ­a, hacia las 18:45, a la secciÃ³n competente de la OVRA a travÃ©s de un agente motociclista. La noticia se habÃ­a retransmitido desde esta a la oficina de Bocchini a Roma, por vÃ­a telefÃ³nica; este habÃ­a solicitado copia escrita de la declaraciÃ³n de avistamiento y, entretanto, habÃ­a advertido por telÃ©fono tanto al director en funciones del Gabinete RS/33, Gino Cecchini, del Observatorio de Milano Merate, como a Mussolini, que, en aquel momento, se encontraba en su casa de Villa Torlonia dispuesto a disfrutar, a la cabeza de la mesa familiar, de sus queridos tortellini en sopa cubiertos de parmesano rallado que su mujer, buena ama de casa que rechazaba tener cocineros, le habÃ­a preparado personalmente para cenar.




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