Retrato de la Lozana Andaluza Francisco Delicado Francisco Delicado Retrato de la Lozana Andaluza / En lengua española muy clarísima, compuesto en Roma ADVERTENCIA PRELIMINAR Pocas obras podrán encontrarse con tanto derecho á figurar en una coleccion de libros españoles raros ó curiosos, como la que contiene el presente volúmen; con decir que de ella no se conoce más que un solo ejemplar impreso, queda justificada su extremada rareza; y si á esto se añade el que hasta hace poco tiempo era obra completamente desconocida, y la materia de que trata, son motivos bastantes, á nuestro juicio, para calificar este libro como uno de los más curiosos que se han escrito en lengua castellana. No sólo no existia ejemplar en ninguna de las bibliotecas de los aficionados á esta clase de libros, sino que ni Nicolas Antonio, ni La Serna Santander, ni Moratin, ni Salvá, ni Brunet, ni otro alguno de los que han escrito sobre bibliografía, citan La Lozana Andaluza entre las obras escritas en el siglo XVI. Fué el primero que la encontró en la Biblioteca imperial de Viena nuestro querido amigo y distinguido bibliófilo el Sr. D. Pascual de Gayángos, quien en su excelente introduccion á los libros de caballerías[1 - «Biblioteca de Autores Españoles. Libros de Caballerías, con un discurso preliminar y un catálogo razonado, por D. Pascual de Gayángos.» Madrid, M. Rivadeneyra, 1857.], no sólo hizo mencion de ella, sino que dió á conocer el nombre de su autor; la incluyó despues el Sr. la Barrera en su Catálogo bibliográfico y biográfico del teatro antiguo español, en donde la clasifica entre las Celestinas; opinion, por respetable que sea, con la cual no estamos conformes, pues el autor no tomó como modelo á ésta, aunque la citase en la portada, ni nada de comun tiene La Lozana, viviendo de su astucia y arte, pero «sin engañar á persona honesta», con la tercera, que sólo se ocupa en seducir á una doncella de buena casa y costumbres, que es el argumento de la Celestina y de la mayor parte de sus imitaciones, que fueron bastantes. Otro fué el modelo que tuvo presente el autor de La Lozana al escribir su obra, y éste fué, en nuestro sentir, Pietro Aretino: despues de leer los Raggionamenti y la Puttana errante, se comprende perfectamente que Delicado, que estuvo tanto tiempo en Italia, cuya lengua poseia, y por lo tanto, que debia conocer esta clase de obras, escribiese la suya; así tambien se explica lo obsceno de su lenguaje, comparable sólo á su modelo, y no á las Celestinas, á todas las cuales deja muy atras bajo este punto de vista. Como nadie, que sepamos, habia creido que en nuestra patria tuviese imitadores el Aretino, creemos que en este concepto es tambien una novedad la obra de que nos ocupamos. Salió á luz el Retrato de la Lozana Andaluza, sin el nombre del autor, «porque siendo noble por su oficio, calló el nombre por no vituperar el oficio escribiendo vanidades»; pero al ver el éxito de su obra, no teme ya vituperar su oficio, y en la introduccion que escribió al libro tercero del Primaleon dice: «como lo fuí yo cuando compuse La Lozana en el comun hablar de la polida Andalucía»; primera noticia por la cual se sabe que el clérigo Francisco Delicado ó Delgado, vicario, segun se titula del Valle de Cabezuela, y corrector de este libro caballeresco, era el autor de la obra con que hoy damos principio á nuestra Coleccion. Pocas son las noticias que podemos dar de Delicado, puesto que se reducen á lo que él mismo ha querido decirnos en las obras que, escritas por él, han llegado hasta nosotros; de ellas se deduce que, á pesar de decir várias veces ser natural de Mártos, no lo era en realidad, se habia criado en esta villa, de donde era su madre, pero él nació en el mismo punto que su padre, es decir, en Córdoba ó en algun pueblo de su diócesis[2 - La Lozana Andaluza, pág. 239 (#litres_trial_promo).], á la cual nunca perteneció Mártos. Fué discípulo de Antonio de Lebrixa, y siguió el estado eclesiástico, pasando despues á Italia, y permaneciendo en Roma desde 1523 hasta 1527, en que presenció el asalto y saco de esta ciudad por el ejército mandado por el Condestable de Borbon; de ella salió cuando la evacuaron las tropas, temeroso de la venganza que los naturales pudiesen tomar de los españoles, que tanto les habian maltratado; fijando su residencia en Venecia, donde se dedicó á escribir obras que de todo tenian ménos de devocion, y en donde, hallándose falto de recursos, dió á la imprenta y publicó hácia 1528, sin nombre de autor, el «Retrato de la Lozana Andaluza, en lengua española muy clarísima», obra que habia escrito en Roma cuatro años ántes, y que no pensaba publicar hasta haberla corregido y enmendado, pero de cuya publicacion no se arrepentia, porque, segun asegura, le fué más provechosa á sus intereses que otras muchas que tenía manuscritas, y alguna que habia publicado, como el tratado De consolatione infirmorum, del cual no tenemos otra noticia más de lo que él dice, que lo escribió para quitar la melancolía de los que se encontrasen enfermos como él; no hemos podido averiguar en qué punto ni año se imprimió este tratado, ni sabemos tampoco exista ningun ejemplar. Continuó viviendo en Venecia, donde el mismo año ó al siguiente de publicar La Lozana imprimió un opúsculo sobre la curacion de Il mal Franceso[3 - «El modo de adoperare el legno de India occidentale salutifero remedio a ogni piaga et mal incurabile, et si guarisca il mal Franceso; operina de misser pre. Francisco Delicado.» Al fin: «Impressum Venetiis sumptibus vener. presbiteri Francisci Delicati Hispani de opido Martos, die 10 Februarii 1529.» En 4.º, de ocho fólios y letra gótica.], el cual se ha hecho tambien extremadamente raro. Dedicó esta obra á tres médicos italianos, y al final de ella se encuentra un privilegio concedido al autor por Clemente VII en Roma, á 4 de Diciembre de 1526, en el cual se llama á Delicado Francisco Delgado, que es lo que nos hace dudar de cuál de los dos es su verdadero apellido. Hasta 1533, sólo sabemos que permaneció en Venecia, en donde llegó á adquirir crédito de hombre entendido y buen hablista entre todos los aficionados á la literatura española, que entónces eran muchos en Italia, y en este año, á instancias de su amigo el caballero sienés Micer Pietro Ghinucij y de otros caballeros mantuanos, con objeto de que conociesen libre de erratas y «corrigiéndolo de las letras que trocadas de los impresores tenía este libro, espejo de la gramática española y modelo del decir», publicó su edicion del Amadis de Gaula[4 - «Los cuatro libros de Amadis de Gaula nuevamente impresos y historiados, 1533.» Al fin: «Fué empresa en la muy ínclita y singular ciudad de Venecia, por maestro Juan Antonio de Sabia, impresor de libros, á las espesas de M. Juan Bautista Pedrazana é Compañon, mercadante de libros. Está al pié del puente de Rialto, é tiene por enseña una torre. Acabóse en el año 1533, á dias siete del mes de Setiembre. Fué revisto, corrigiéndolo de las letras que trocadas de los impresores eran, por el vicario del Valle de Cabezuela, Francisco Delicado, natural de la Peña de Martos.»], una de las mejores que se hicieron en el siglo XVI de este libro caballeresco: al final, despues de su nombre, es donde se titula vicario del Valle de Cabezuela. Animado seguramente con el éxito de su publicacion, emprendió en el siguiente año de 34 la del Primaleon[5 - «Los tres libros del muy esforzado caballero Primaleon et Polendos, su hermano, hijos del emperador Palmerin de Oliva.» Al fin: «Acabóse de imprimir en la ínclita ciudad del Senado veneciano, hoy primero dia de Hebrero del presente año de mil y quinientos et treinta quatro del nacimiento del nuestro Redemptor, y fué impreso por M. Juan Antonio de Nicolini de Sabio. Á las espesas de M. Juan Batista Pedrezan, mercader de libros que está al pié del puente de Rialto, é tiene por enseña la Torre. Estos tres libros, como arriba vos diximos, fueron corregidos y enmendados de las letras que trastrocadas eran por el vicario del Valle de Cabezuela, Francisco Delicado, natural de la Peña de Martos.»], que es, no sólo la más bella, sino la mejor que de este libro se ha hecho, pues Delicado, no sólo restableció su verdadero texto, sino que introdujo en él las variaciones que su buen gusto y su crítica le aconsejaron[6 - Gayángos en su discurso preliminar á Los libros de Caballerías, nota en la pág. XXXIX.]. Con esta última obra concluyen las noticias que de él tenemos, ignorando si publicó alguna otra, y el año y lugar donde murió, pues han sido inútiles nuestras investigaciones en uno y otro sentido. Hemos dicho, al principio de esta advertencia, que el Sr. D. Pascual de Gayángos fué el primero que en la Biblioteca imperial de Viena encontró el único ejemplar conocido desde entónces de La Lozana; de él sacó copia esmeradísima, que posee hoy la Nacional de esta córte, y otra que guarda en su rica y escogida librería; las dos nos han servido para esta impresion, habiéndolas trascrito con escrupulosa exactitud hasta en algun pasaje ó palabra que, ó no se entiende bien, ó parece equivocada; no hemos hecho lo mismo respecto á la ortografía, en que hemos seguido la corriente en cuanto no altere el sonido de las voces, empleando tambien la puntuacion que hoy se usa, como pensamos hacer con todas las demas obras que han de formar esta Coleccion. M. de la F. del V.     J. S. R. Ilustre Señor: Sabiendo yo que vuestra señoría toma placer cuando oye hablar en cosas de amor, que deleitan á todo hombre, y máxime cuando siente decir de personas que mejor se supieron dar la manera para administrar las cosas á él pertenecientes, y porque en vuestros tiempos podeis gozar de persona que para sí y para sus contemporáneas, que en su tiempo florido fueron en esta alma cibdad, con ingenio mirable y arte muy sagaz, diligencia grande, vergüenza y conciencia, por el cerro de Úbeda, ha administrado ella y un su pretérito criado, como abaxo dirémos, el arte de aquella mujer que fué en Salamanca, en tiempo de Celestino segundo, por tanto he derigido este retrato á vuestra señoría, para que su muy virtuoso semblante me dé favor para publicar el retrato de la señora Lozana, y mire vuestra señoría que solamente diré lo que oí y vi, con ménos culpa que Juvenal, pues escribió lo que en su tiempo pasaba; y si por tiempo alguno se maravillase que me puse á escribir semejante materia, respondo por entónces que epístola enim non erubescit, y asimismo que es pasado el tiempo que estimaban los que trabajaban en cosas meritorias. Y como dice el coronista Fernando del Pulgar, así daré olvido al dolor, y tambien por traer á la memoria munchas cosas que en nuestros tiempos pasan, que no son laude á los presentes ni espejo á los á venir; y así vi que mi intencion fué mezclar natura con bemol, pues los santos hombres, por más saber, y otras veces por desenojarse, leian libros fabulosos y cogian entre las flores las mejores; y pues todo retrato tiene necesidad de barniz, suplico á vuestra señoría se lo mande dar, favoreciendo mi voluntad, encomendando á los discretos letores el placer y gasajo que de leer á la señora Lozana les podrá suceder. ARGUMENTO EN EL CUAL SE CONTIENEN TODAS LAS PARTICULARIDADES QUE HA DE HABER EN LA PRESENTE OBRA Decirse ha primero la ciudad, patria y linaje, ventura, desgracia y fortuna, su modo, manera y conversacion, su trato, plática y fin, porque solamente gozará de este retrato quien todo lo leyere. Protesta el autor que ninguno quite ni añada palabra ni razon ni lenguaje, porque aquí no compuse modo de hermoso decir, ni saqué de otros libros, ni hurté elocuencia, porque para decir la verdad poca elocuencia basta, como dice Séneca; ni quise nombre, salvo que quise retraer muchas cosas retrayendo una, y retraxe lo que vi que se debría retraer; y por esta comparacion que se sigue, verán que tengo razon. Todos los artífices que en este mundo trabajan, desean que sus obras sean más perfectas que ningunas otras que no jamas fuesen. Y vése mejor esto en los pintores que no en otros artífices, porque cuando hacen un retrato, procuran sacallo del natural, é á esto se esfuerzan, y no solamente se contentan de mirarlo é cotejarlo, mas quieren que sea mirado por los transeuntes é circunstantes, y cada uno dice su parecer, mas ninguno toma el pincel y emienda, salvo el pintor que oye y ve la razon de cada uno, y así emienda, cotejando tambien lo que ve más que lo que oye; lo que munchos artífices no pueden hacer, porque despues de haber cortado la materia y dádole forma, no pueden sin pérdida emendar. Y porque este retrato es tan natural, que no hay persona que haya conocido la señora Lozana en Roma ó fuera de Roma, que no vea claro ser sacado de sus actos y meneos y palabras, y asimismo porque yo he trabajado de no escrebir cosa que primero no sacase en mi dechado la labor, mirando en ella ó á ella. Y viendo vi muncho mejor que yo ni otro podrá escrebir, y diré lo que dixo Eschínes, filósofo, leyendo una oracion ó proceso que Demóstenes habia hecho contra él; no pudiendo expremir la muncha más elocuencia que habia en el dicho Demóstenes, dixo: ¿qué haría si oyérades á él? (quod si ipsam audissetis bestiam), y por eso verná en fábula muncho más sábia la Lozana que no mostraba, y viendo yo en ella munchas veces maneras y saber que bastaba para cazar sin red, y enfrenar á quien muncho pensaba saber, sacaba lo que podia, para reducir á memoria, que en otra parte más alta (que una picota) fuera mejor retraida que en la presente obra; y porque no le pude dar mejor matiz, no quiero que ninguno añada ni quite; que si miran en ello, lo que al principio falta se hallará al fin; de modo que por lo poco entiendan lo muncho más ser como deducion de canto llano, y quien el contrario hiciera, sea siempre enamorado y no querido. Amén. Comienza la historia ó retrato sacado del Jure cevil natural de la señora Lozana, compuesto el año mill y quinientos y veinte é cuatro, á treinta dias del mes de Junio, en Roma, alma cibdad; y como habia de ser partido en capítulos, va por mamotretos, porque en semejante obra mejor conviene MAMOTRETO PRIMERO La señora Lozana fué natural compatriota de Séneca, y no ménos en su inteligencia y resaber, la cual desde su niñez tuvo ingenio y memoria y vivez grande, y fué muy querida de sus padres por ser aguda en servillos é contentallos, é muerto su padre, fué necesario que acompañase á su madre fuera de su natural. Y esta fué la causa que supo y vido munchas cibdades, villas y lugares de España, que agora se le recuerdan de casi el todo; y tenie tanto intelecto, que casi escusaba á su madre procurador para sus negocios; siempre que su madre la mandaba ir ó venir, era presta, y como pleiteaba su madre, ella fué en Granada mirada y tenida por solicitadora perfecta é prenosticada futura; acabado el pleito, é no queriendo tornar á su propia ciudad, acordaron de morar en Xerez y pasar por Carmona; aquí la madre quiso mostrarle texer, el cual oficio no se le dió ansí como el hordir y tramar, que le quedaron tanto en la cabeza, que no se le han podido olvidar. Aquí conversó con personas que la amaban por su hermosura y gracia; asimismo, saltando una pared sin licencia de su madre, se le derramó la primera sangre que del natural tenía; y muerta su madre, y ella quedando huérfana, vino á Sevilla. A donde halló una su parienta la cual le decia: hija, sed buena, que ventura no os faltará, y asimismo le demandaba de su niñez, en qué era estada criada, y qué sabía hacer, y de qué la podia loar á los que á ella conocian. Entónces respondíale desta manera: señora tia, yo quiero que vuestra merced vea lo que sé hacer; que cuando era vivo mi señor padre yo le guisaba guisadicos que le placian, y no solamente á él mas á todo el parentado; que, como estábamos en prosperidad, teníamos las cosas necesarias, no como agora, que la pobreza hace comer sin guisar, y entónces las especias, y agora el apetito; entónces estaba ocupada en agradar á los mios, y agora á los extraños. MAMOTRETO II Responde la Tia, y prosigue. Tia. Sobrina, más há de los años treinta que yo no vi á vuestro padre, porque se fué niño, y despues me dixeron que se casó por amores con vuestra madre, y en vos veo yo que vuestra madre era hermosa. Lozana. ¿Yo, Señogra? Pues más parezco á mi agüela que á mi señora madre, y por amor de mi agüela me llamaron á mí Aldonza, y si esta mi agüela viviera, sabría yo más que no sé, que ella me mostró guisar, que en su poder deprendí hacer fideos, empanadillas, alcuscuzu con garbanzos, arroz entero, seco, graso, albondiguillas redondas y apretadas con culantro verde, que se conocian las que yo hacia entre ciento. Mirá, señora Tia, que su padre de mi padre decia estas son de mano de mi hija Aldonza; ¿pues adobado no hacia? sobre que cuantos traperos habia en la cal de la Heria querian proballo, y máxime cuando era un buen pecho de carnero, y ¡qué miel! pensá, señora, que la teniamos de Adamuz y zafran de Peñafiel, y lo mejor de la Andalucía venía en casa de esta mi agüela. Sabía hacer ojuelas, pestiños, rosquillas de alfaxor, textones de cañamones y de ajonjolí, nuégados, xopaipas, hojaldres, hormigos torcidos con aceite, talvinas, zahinas y nabos sin tocino y con comino; col murciana con alcarabea, y olla resposada no la comia tal ninguna barba; pues boronía ¿no sabía hacer? por maravilla, y cazuela de berengenas moxies en perficion; cazuela con su ajico y cominico, y saborcico de vinagre, ésta hacia yo sin que me la vezasen. Rellenos, cuajarejos de cabritos, pepitorias y cabrito apedreado con limon ceuti, y cazuelas de pescado cecial con oruga, y cazuelas moriscas por maravilla, y de otros pescados que sería luengo de contar. Letuarios de arrope para en casa, y con miel para presentar, como eran de membrillos, de cantueso, de uvas, de berengenas, de nueces, y de la flor del nogal, para tiempo de peste; de orégano y hierba buena, para quien pierde el apetito; pues ¿ollas en tiempo de ayuno? éstas y las otras ponia yo tanta hemencia en ellas, que sobrepujaba á Platina, De boluptatibus y Apicio Romano, De re coquinaria, y decia esta madre de mi madre: Hija Aldonza, la olla sin cebolla es boda sin tamborin. Y si ella me viviera, por mi saber y limpieza (dexemos estar hermosura) me casaba, y no salia yo acá por tierras ajenas con mi madre, pues que quedé sin dote que mi madre me dexó solamente una añora con su huerto, y saber tramar, y esta lanzadera para texer cuando tenga premideras. Tia. Sobrina, esto que vos teneis y lo que sabeis será dote para vos, y vuestra hermosura hallará ajuar cosido y sorcido; que no os tiene Dios olvidada; que aquel mercader que vino aquí ayer me dixo que cuando torne, que va á Cáliz, me dará remedio para que vos seais casada y honrada; mas querria él que supiésedes labrar. Loz. Señora Tia, yo aquí traigo el alfilero, mas ni tengo aguja ni alfiler, que dedal no faltaria para apretar; y por eso, señora Tia, si vos quereis, yo le hablaré ántes que se parta, porque no pierda mi ventura, siendo huérfana. MAMOTRETO III Prosigue la Lozana, y pregunta á la Tia. Loz. Señora Tia, ¿es aquel que está paseándose con aquel que suena los órganos? Por su vida que lo llame. ¡Ay cómo es dispuesto! ¡y qué ojos tan lindos! ¡qué ceja partida! ¡qué pierna tan seca y enxuta! ¿Chinelas trae? ¡Qué pié para galochas y zapatilla ceyena! Querria que se quitase los guantes por verle qué mano tiene. Acá mira; ¿quiere vuestra merced que me asome? Tia. No, hija; que yo quiero ir abaxo, y él me verná á hablar, y cuando él estará abaxo vos verneis; si os habláre, abaxá la cabeza y pasaos, y si yo os dixere que le hableis, vos llegá cortés y hacé una reverencia, y si os tomáre la mano, retraéos hácia atras porque, como dicen, amuestra á tu marido el copo, mas no del todo; y desta manera él dará de sí, y verémos qué quiere hacer. Loz. Veislo viene acá. Mercader. Señora, ¿qué se hace? Tia. Señor, serviros, y mirar en vuestra merced la lindeza de Diomedes el Ravegnano. Merc. Señora, ¿pues ansí me llamo yo, madre mia? yo querria ver aquella vuestra sobrina. Y por mi vida que será su ventura, y vos no perdereis nada. Tia. Señor, está revuelta y mal aliñada, mas porque vea vuestra merced como es dotada de hermosura, quiero que pase aquí abaxo su tela, y verála como texe. Diomedes. Señora mia, pues sea luego. Tia. ¿Aldonza? ¿Sobrina? veníos acá, y vereis mejor. Loz. Señora tia, aquí veo muy bien, aunque tengo la vista cordobesa: salvo que tengo premideras. Tia. Deci sobrina que este gentil hombre quiere que le texais un texillo, que proveerémos de premideras. Veni aquí, hacé una reverencia á este señor. Diom. ¡Oh qué gentil dama! Mi señora madre, no la dexe ir, y suplícole que le mande que me hable. Tia. Sobrina, responde á ese señor, que luégo torno. Diom. Señora, su nombre me diga. Loz. Señor sea vuestra merced de quien mal lo quiere; yo me llamo Aldonza, á servicio y mandado de vuestra merced. Diom. ¡Ay! ¡ay! ¡qué herida! que de vuestra parte qualque vuestro servidor me ha dado en el corazon con una saeta dorada de amor. Loz. No se maraville vuestra merced; que cuando me llamó que viniese abaxo, me parece que vi un mochacho, atado un paño por la frente, y me tiró no sé con qué; en la teta izquierda me tocó. Diom. Señora, es tal ballestero, que de un mismo golpe nos hirió á los dos. Ecco adunque due anime en uno core. ¡Oh Diana! ¡oh Cupido! socorred el vuestro siervo. Señora, sino remediamos con socorro de médicos sabios, dudo la sanidad, y pues yo voy á Cáliz, suplico á vuestra merced se venga comigo. Loz. Yo, señor, verné á la fin del mundo; mas dexe subir á mi tia arriba, y pues quiso mi ventura, seré siempre vuestra más que mia. Tia. ¡Aldonza! ¡Sobrina! ¿qué haceis? ¿dónde estais? ¡Oh pecadora de mí! el hombre dexa el padre y la madre por la mujer, y la mujer olvida por el hombre su nido. ¡Ay sobrina! y si mirára bien en vos, viera que me habíedes de burlar; mas no teneis vos la culpa, sino yo, que teniendo la yesca busqué el eslabon; mira qué pago, que si miro en ello, ella misma me hizo alcagüeta; va, va, que en tal pararás. MAMOTRETO IV Prosigue el autor. Autor. Juntos á Cáliz, y sabido por Diomédes á qué sabía su señora, si era concho ó veramente asado, comenzó á imponella segun que para luengos tiempos durasen juntos; y viendo sus lindas carnes y lindeza de persona, y notando en ella el agudeza que la patria y parentado le habian prestado, de cada dia le crecia el amor en su corazon, y ansí determinó de no dexalla; y pasando él en Levante con mercancía, que su padre era uno de los primeros mercaderes de Italia, llevó consigo á su muy amada Aldonza, y de todo cuanto tenía la hacia partícipe, y ella muy contenta, viendo en su caro amador Diomédes todos los géneros y partes de gentilhombre, y de hermosura en todos sus miembros, que le parecia á ella que la natura no se habia reservado nada que en su caro amante no hubiese puesto. E por esta causa, miraba de ser ella presta á toda su voluntad; y como él era único entre los otros mercadantes, siempre en su casa habia concurso de personas gentiles y bien criadas, y como veian que á la señora Aldonza no le faltaba nada, que sin maestro tenía ingenio y saber, y notaba las cosas mínimas por saber y entender las grandes y arduas, holgaban de ver su elocuencia y á todos sobrepujaba; de modo que ya no habia otra en aquellas partes que en más fuese tenida, y era dicho entre todos de su lozanía, ansí en la cara como en todos sus miembros, y viendo que esta lozanía era de su natural, quedóles en fábula, que ya no entendian por su nombre Aldonza, salvo la Lozana; y no solamente entre ellos, mas entre las gentes de aquellas tierras decian la Lozana por cosa muy nombrada; y si muncho sabía en estas partes, muncho más supo en aquellas provincias, y procuraba de ver y saber cuanto á su facultad pertenecia. Siendo en Ródas su caro Diomédes, la preguntó: mi señora, no querria se os hiciese de mal venir á Levante; porque yo me tengo de disponer á servir y obedecer á mi padre, el cual manda que vaya en Levante, y andaré toda la Berbería, y principalmente donde tenemos trato, que me será fuerza demorar y no tornar tan presto como yo querria; porque solamente en estas cibdades que ahora oirés tengo de estar años, y no meses, como será en Alexandría, en Damasco, en Damiata, en Barut, en parte de la Siria, en Chipre, en el Cairo y en el Chio, en Constantinópoli, en Corinto, en Tesalia, en Boxia, en Candía, á Venecia y Flándes, y en otras partes que vos, mi señora, veréis, si quereis tenerme compañía. Loz. ¿Y cuándo quiere vuestra merced que partamos? porque yo no delibro de volver á casa por el mantillo. Vista por Diomédes la respuesta y voluntad tan sucinta que le dió con palabras ansí pensadas, muncho se alegró, y suplicóla que se esforzase á no dexarlo por otro hombre, que él se esforzaria á no tomar otra por mujer que á ella; y todos dos muy contentos se fueron en Levante y por todas las partidas que él tenía sus tratos, é fué dél muy bien tratada, y de sus servidores y siervas muy bien servida y acatada, pues ¿de sus amigos no era acatada y mirada? Vengamos á que andando por estas tierras que arriba diximos, ella señoreaba y pensaba que jamas le habia de faltar lo que al presente tenía, y mirando su lozanía, no estimaba á nadie en su sér y en su hermosura, y pensó que en tener hijos de su amador Diomédes, habia de ser banco perpétuo para no faltar á su fantasía y triunfo, y que aquello no le faltaria en ningun tiempo; y siendo ya en Candía, Diomédes le dixo: mi señora Aldonza, ya vos veis que mi padre me manda que me vaya en Italia, y cómo mi corazon sea partido en dos partes, la una en vos, que no quise ansí bien á criatura y la otra en vuestros hijos, los cuales envié á mi padre, y el deseo me tira, que á vos amo, y á ellos deseo ver, á mí me fuerza la obediencia suya, y á vos no tengo de faltar; yo determino ir á Marsella, y de allí ir á dar cuenta á mi padre y hacer que sea contento que yo vaya otra vez en España, y allí me entiendo casar con vos; si vos sois contenta, vení conmigo á Marsella, y allí quedaréis hasta que yo torne, y vista la voluntad de mi padre y el amor que tiene á vuestros hijos, haré que sea contento con lo que yo le dixere. Y ansí vernémos en nuestro fin deseado. Loz. Mi señor, yo iré de muy buena voluntad donde vos, mi señor, me mandaredes; que no pienso en hijos ni en otra cosa que dé fin á mi esperanza, sino en vos, que sois aquélla, y por esto os demando de merced que dispongais de mí á vuestro talento, que yo tengo siempre de obedecer. Así vinieron en Marsella, y como su padre de Diomédes supo, por sus espías, que venía con su hijo Diomédes Aldonza, madre de sus nietos, vino él en persona, muy disimulado, amenazando á la señora Aldonza; mas ya Diomédes le habia rogado que fuese su nombre Lozana, pues que Dios se lo habia puesto en su formacion, que muncho más le convenia que no Aldonza, que aquel nombre Lozana sería su ventura para el tiempo porvenir. Ella consintió en todo cuanto Diomédes ordenó, y estando un dia Diomédes para se partir á su padre, fué llevado en prision á instancia de su padre, y ella, madona Lozana, fué despojada en camisa, que no salvó sino un anillo en la boca. Y así fué dada á un barquero que la echase en la mar, al cual dió cien ducados el padre de Diomédes, porque ella no pareciese; el cual visto que era mujer, la echó en tierra, y movido á piedad, le dió un su vestido que se cubriese; y viéndose sola y pobre, y á qué la habia traido su desgracia, pensar puede cada uno lo que podia hacer y decir de su boca, encendida de mucha pasion, y sobre todo se daba de cabezadas, de modo que se le siguió una gran alxaqueca, que fué causa que le viniese al frente una estrella, como abaxo dirémos; finalmente, su fortuna fué tal, que vido venir una nao que venía á Liorna, y siendo en Liorna vendió su anillo, y con él fué hasta que entró en Roma. MAMOTRETO V Cómo se supo dar la manera para vivir, que fué menester que usase audancia (pro sapientia). Entrada la señora Lozana en la alma ciudad, y proveida de súbito consejo, pensó: yo sé muncho, si agora no me ayudo en que sepan todos mi saber, será ninguno; y siendo ella hermosa y habladera, decia á tiempo, y tinie gracia en cuanto hablaba, de modo que embaia á los que la oian; y como era plática y de gran conversacion, é habiendo siempre sido en compañía de personas gentiles, y en muncha abundancia, y viéndose que siempre fué en grandes riquezas y convites y gastos, que la hacian triunfar, y decia entre sí: si esto me falta, seré muerta, que siempre oí decir que el cibo usado es el provechoso; y como ella tenía gran ver é ingenio diabólico y gran conocer, y en ver un hombre sabía cuánto valia, y qué tenía, y qué la podia dar, y qué le podia ella sacar; y miraba tambien cómo hacian aquéllas que entónces eran en la ciudad, y notaba lo que le parecia á ella que le habia de aprovechar, para ser siempre libre y no sujeta á ninguno, como despues verémos; y acordándose de su patria, quiso saber luégo quién estaba aquí de aquella tierra, y aunque fuesen de Castilla, se hacia ella de allá por parte de un su tio, y si era andaluz, mejor, y si de Turquía, mejor, por el tiempo y señas que de aquella tierra daba; y embaucaba á todos con su gran memoria, halló aquí de Alcalá la Real, y allí tenía ella una prima, y en Baena otra, en Luque, y en la peña de Martos natural parentela; halló aquí de Arjona y Arjonilla y de Montoro, y en todas estas partes tenía parientas y primas, salvo que en la Torre Don Ximeno que tenía una entenada, y pasando con su madre á Jaen, posó en su casa, y allí fueron los primeros grañones que comió con huesos de tocino; pues como daba señas de la tierra, halló luégo quien la favoreció, y diéronle una cámara en compañía de unas buenas mujeres españolas; y otro dia hizo quistion con ellas sobre un jarillo, y echó las cuatro las escaleras abaxo; y fuése fuera, y demandaba por Pozo Blanco, y procuró entre aquellas camiseras castellanas cualque estancia ó cualque buena compañía; y como en aquel tiempo estuviese en Pozo Blanco una mujer napolitana con un hijo y dos hijas, que tenian por oficio hacer soliman, y blanduras, y afeites, y cerillas, y quitar cejas y afeitar novias, y hacer mudas de azúcar candi y agua de azofeifas, y cualque vuelta apretaduras, y todo lo que pertenecia á su arte tenian sin falta, y lo que no sabian se lo hacian enseñar de las judías, que tambien vivian con esta plática, como fué Mira, la judía que fué de Murcia, Engracia, Perla, Jamila, Rosa, Cufra, Cintia y Alfarutia, y otra que se decia la judía del vulgo, que era más plática y tinie más conversacion; y habeis de notar que pasó á todas en este oficio, y supo más que todas, y dióle mejor la manera, de tal modo, que en nuestros tiempos podemos decir que no hay quien use el oficio mejor ni gane más que la señora Lozana, como abaxo dirémos, que fué entre las otras como Avicena entre los médicos; non est mirum acutissima patria. MAMOTRETO VI Cómo en Pozo Blanco, en casa de una camisera, la llamaron. Una sevillana, mujer linda, la llamó á su casa viéndola pasar, y le demandó. Sevillana. Señora mia, ¿sois española? ¿qué buscais? Loz. Señora, aunque vengo vestida á la ginovesa, soy española y de Córdoba. Sev. ¿De Córdoba? Por vuestra vida, ahí tenemos todas parientes; y ¿á qué parte morábades? Loz. Señora, á la Cortiduría. Sev. Por vida vuestra, que una mi prima casó ahí con un cortidor rico; así goce de vos, que quiero llamar á mi prima Teresa de Córdoba, que os vea. Mencía, hija, va, llama á tu tia y á Beatriz de Baeza y Marina Hernandez, que traigan sus costuras y se vengan acá. Decidme, señora: ¿cuánto há que venistes? Loz. Señora, ayer de mañana. Sev. ¿Y dónde dormistes? Loz. Señora, demandando de algunas de la tierra, me fué mostrada una casa donde están siete ú ocho españolas. Y como fuí allá, no me querian acoger, y yo venía cansada, que me dixeron que el Santo Padre iba á encoronarse. Yo, por verlo, no me curé de comer. Sev. ¿Y vísteslo, por mi vida? Loz. Tan lindo es, y bien se llama Leon décimo, que así tiene la cara. Sev. Y bien, ¿dieron os algo aquellas españolas á comer? Loz. Mirá qué bellacas, que ni me quisieron ir á demostrar la plaza. Y en esto vino una, que, como yo dixe que era de los buenos de su tierra, fuéme por de comer, y despues fué comigo á enseñarme los señores, y como supieron quién yo y los mios eran, que mi tio fué muy conocido, que cuando murió le hallaron en las manos los callos tamaños, de la vara de la justicia, luégo me mandaron dar aposento, y envió comigo su mozo, y Dios sabe que no osaba sacar las manos afuera por no ser vista; que traigo estos guantes, cortadas las cabezas de los dedos, por las encobrir. Sev. Mostrad por mi vida, quitad los guantes; vivais vos en el mundo y aquel Criador que tal crió; lograda y enguerada seais, y la bendicion de vuestros pasados os venga. Cobrildas, no las vea mi hijo, y acabáme de contar cómo os fué. Loz. Señora mia, aquel mozo mandó á la madre que me acogiese y me diese buen lugar, y la puta vieja barbuda, estrellera dixo: ¿no veis que tiene greñimon? y ella, que es estada mundaria toda su vida, y agora, que se vido harta y quita de pecado, pensó que porque yo traigo la toca baxa y ligada á la ginovesa, y son tantas las cabezadas que me he dado yo misma, de un enojo que he habido, que me maravillo cómo só viva; que como en la nao no tenía médico ni bien ninguno, me ha tocado entre ceja y ceja, y creo que me quedará señal. Sev. No será nada, por mi vida; llamarémos aquí un médico que la vea, que parece una estrellica. MAMOTRETO VII Cómo vienen las parientas y les dice la Sevillana. Sev. Norabuena vengais, ansí goce yo de todas que os asenteis, y oiréis á esta señora que ayer vino y es de nuestra tierra. Beat. Bien se le parece; que ansí son todas frescas, graciosas y lindas como ella, y en su lozanía se ve que es de nuestra tierra. ¿Cuánto há, señora mia, que salistes de Córdoba? Loz. Señora, de once años fuí con mi señora á Granada; que mi padre nos dexó una casa en pleito, por ser él muy putañero y jugador, que jugaba el sol en la pared. Sev. ¿Y duelos le vinieron? ¿teniendo hijas doncellas jugaba? Loz. ¿Y qué hijas? Tres éramos y traíamos zarcillos de plata. Y yo era la mayor; fuí festejada de cuantos hijos de caballeros hubo en Córdoba; que de aquello me holgaba yo, y esto puedo jurar, que desde chica me comia lo mio, y en ver hombre se me desperezaba, y me quisiera ir con alguno, sino que no me lo daba la edad; que un hijo de un caballero nos dió unas arracadas muy lindas, y mi señora se las escondió porque no se las jugase, y despues las vendió ella para vezar á las otras á labrar, que yo ni sé labrar ni coser, y el filar se me ha olvidado. Camisera. Pues guayas de mi casa, ¿de qué viviréis? Loz. ¿De qué, señora? Sé hacer alheña, y mudas, y tez de cara, que deprendí en Levante, sin lo que mi madre me mostró. Cam. ¿Qué sois estada en Levante? Por mi vida, yo pensé que veníades de Génova. Loz. ¡Ay señoras! contaros he maravillas, dexáme ir á verter aguas; que como eché aquellas putas viejas alcoholadas por las escaleras abaxo, no me paré á mis necesidades, y estaba allí una beata de Lora, el coño puto y el ojo ladron, que creo hizo pasto á cuantos grumetes van por el mar Océano. Cam. ¿Y qué os hizo? Loz. No me quirie que me lavase con el agua de su jarillo, y estaba allí otra abacera, que de su tierra acá no vino mayor rabanera, villana, traga-santos, que dice que viene aquí por una bulda para una ermita, y traye consigo un hermano, fraire de la merced, que tiene una nariz como asa de cántaro, y el pié como remo de galera, que anoche la vino acompañar, ya tarde, y esta mañana, en siendo de dia, la demandaba, y enviésela lo más presto que pude, rodando, y por el Dios que me hizo, que si me hablára, que estaba determinada comerle las sonaderas, porque me paresciera, y viniéndome para acá, estaban cuatro españoles allí cabe una grande plaza y tienien munchos dineros de plata en la mano, y díxome el uno: señora, ¿quiéresnos contentar á todos, y toma? Yo presto les respondí, si me entendieron. Cam. Por mi vida, ansí goceis. Loz. Díxeles: Hermanos, no hay cebada para tantos asnos; y perdonáme, que luégo torno, que me meo toda. Beat. Hermana, ¿vistes tal hermosura de cara y tez? Si tuviese asiento para los antojos; más creo que si se cura, que sanará. Teresa Hernandez. Andá ya por vuestra vida, no digais, súbele más de mitad de la frente quedará señalada para cuanto viviere; ¿sabeis qué podia ella hacer? que aquí hay en Campo de Flor munchos daquellos charlatanes, que sabrian medicarla por abaxo de la vanda izquierda. Cam. Por vida de vuestros hijos, que bien decis; mas ¿quién se lo osará decir? Ter. ¿Eso de quién? yo hablando hablando se lo diré. Beat. ¡Ay prima Hernandez, no lo hagais que nos deshonrará como á mal pan! ¿No veis qué labia y qué osadía que tiene, y qué decir? Ella se hará á la usanza de la tierra, que verá lo que le cumple; no queria sino saber della si es confesa, porque hablaríamos sin miedo. Ter. Y eso me decis aunque lo sea se hará cristiana linda. Beat. Dexemos hablar á Teresa de Córdoba; que ella es burlona y se lo sacará. Ter. Mirá en que estáis; digamos que queremos torcer hormigos ó hacer alcuzcuzu, y si los sabe torcer, ahí verémos si es de nobis y si los tuerce con agua ó con aceite. Beat. Vivais vos, que más sabeis que todas. No hay peor cosa que confesa necia. Sev. Los cabellos os sé decir que tiene buenos. Beat. ¿Pues no veis que dice que habia doce años que jamas le pusieron garvin ni albanega, sino una princeta labrada de seda verde á usanza de Jaen? Ter. Hermana, Dios me acuerde para bien, que por sus cabellos me he acordado que cien veces os lo he querido decir: ¿acordaisos el otro dia cuando fuimos á ver la parida, si vistes aquella que la servia, que es madre de una que vos bien sabeis? Cam. Ya os entiendo; mi hijo le dió una camisa de oro labrada, y las bocas de las mangas con oro y azul. ¿Y es aquélla su madre? más moza parece que la hija; y ¡qué cabellos rubios que tenía! Ter. Hi, hi, por el paraíso de quien acá os dexó, que son alheñados por cobrir la nieve de las navidades. Y las cejas se tiñe cada mañana, y aquel lunar postizo es; porque si mirais en él, es negro, y unos dias más grande que otros; y los pechos llenos de paños para hacer tetas, y cuando sale lleva más dixes que una negra, y el tocado muy plegado por henchir la cara, y piensa que todos la miran, y á cada palabra su reverencia, y cuando se asienta no parece sino depósito mal pintado, y siempre va con ella la otra Marirodriguez la regatera, y la cabrera, que tiene aquella boca que no paresce sino traga caramillos, que es más vieja que Satanas; y sálense de noche de dos en dos, con sombreros, por ser festejadas, y no se osan descobrir que no vean el ataute carcomido. Beat. Decime, prima; ¡muncho sabeis vos! que yo soy una boba que no paro mientes en nada de todo eso. Ter. Dexáme decir; que ansí dicen ellas de nosotras cuando nos ven que imos á la estufa ó veniamos; ¡veis las camiseras, son de Pozo Blanco, y baticulo llevan! Aosadas que no van tan espeso á misa, y no se miran á ellas, que son putas públicas; y cuando vieron ellas confesas putas y devotas ciento entre una. Cam. Dexá eso y notá que me dixo esta forastera que tenía un tio que murió con los callos en las manos, de la vara de justicia, y debia de ser que sería cortidor. Ter. Callá, que viene, si no será peor que con las otras que echó á rodar. MAMOTRETO VIII Cómo torna la Lozana, y pregunta. Loz. Señoras, ¿en qué hablais, por mi vida? Ter. En que para mañana querriamos hacer unos hormigos torcidos. Loz. ¿Y teneis culantro verde? Pues dexá hacer á quien de un puño de buena harina y tanto aceite, si lo teneis bueno, os hará una almofia llena, que no lo olvideis aunque murais. Beat. Prima, ansí goceis, que no son de perder; toda cosa es bueno probar, cuanto más, pues que es de tan buena maestra, que, como dicen, la que las sabe las tañe (por tu vida, que es de nostris). Señora, sentaos, y decínos vuestra fortuna cómo os ha corrido por allá por Levante. Loz. Bien, señoras, si el fin fuera como el principio; mas no quiso mi desdicha que podia yo parecer delantre á otra que fuera en todo el mundo de belleza y bien quista delante á cuantos grandes señores me conocian, querida de mis esclavas, de los de mi casa toda, que á la maravilla me querian ver cuantos de acá iban; pues oirme hablar, no digo nada; que ahora este duelo de la cara me afea, y por maravilla venian á ver mis dientes, que creo que mujer nacida tales los tuvo, porque es cosa que podeis ver. Bien que me veis ansí muy cubierta de vergüenza, que pienso que todos me conocen; y cuando sabréis como ha pasado la cosa, os maravillaréis, que no me faltaba nada; y agora no es por mi culpa, sino por mi desventura. Su padre de un mi amante, que me tenía tan honrada, vino á Marsella, donde me tenía para enviarme á Barcelona, á que lo esperase allí en tanto que él iba á dar la cuenta á su padre; y por mis duelos grandes vino el padre primero, y á él echó en prision y á mí me tomó y me desnudó fin á la camisa, y me quitó los anillos, salvo uno, que yo me metí en la boca, y mandóme echar en la mar á un marinero, el cual me salvó la vida viéndome mujer, y posóme en tierra; y así venieron unos de una nao, y me vistieron y me traxeron á Liorna. Cam. ¡Y mala entrada le éntre al padre dese vuestro amigo! ¿y si mató vuestros hijos tambien que le habíades enviado? Loz. Señora, no, que los quiere muncho; mas porque le queria casar á este su hijo, á mí me mandó de aquella manera. Beat. ¡Ay lóbrega de vos, amiga mia! ¿y todo eso habeis pasado? Loz. Pues no es la mitad de lo que os diré; que tomé tanta malenconía, que daba con mi cabeza por tierra, y porrazos me he dado en esta cara, que me maravillo que esta alxaqueca no me ha cegado. Cam. ¡Ay! ¡ay! ¡guayosa de vos, cómo no sois muerta! Loz. No quiero deciros más, porque el llorar me mata, pues que soy venida á tierra que no faltará de que vivir; que ya es vendido el anillo en nueve ducados, y di dos al arriero, y con estotros me remediaré si supiese hacer melcochas ó mantequillas. MAMOTRETO IX Una pregunta que hace la Lozana para se informar. Loz. Decíme, señoras mias: ¿sois casadas? Beat. Señora, sí. Loz. ¿Y vuestros maridos en qué entienden? Ter. El mio es cambiador, y el de mi prima lencero, y el de esa señora que está cabo vos es borceguinero. Loz. Viva en el mundo; y ¿casastes aquí ó en España? Beat. Señora, aquí; mi hermana la viuda vino casada con un trapero rico. Loz. ¿Y cuánto há que estáis aquí? Beat. Señora mia, desde el año que se puso la Inquisicion. Loz. Decíme, señoras mias; ¿hay aquí judíos? Beat. Munchos, y amigos nuestros; si hubiéredes menester algo dellos, por amor de nosotras os harán honra y cortesía. Loz. ¿Y tratan con los cristianos? Beat. Pues ¿no lo sentís? Loz. ¿Y cuáles son? Beat. Aquellos que llevan aquella señal colorada. Loz. ¿Y ellas llevan señal? Beat. Señora, no; que van por Roma adobando novias y vendiendo soliman labrado y aguas para la cara. Loz. Eso querria yo ver. Beat. Pues id vos allí, á casa de una napolitana, mujer de Jumilla, que mora aquí arriba en Calabraga; que ella y sus hijas lo tienen por oficio, y áun creo que os dará ella recabdo, porque saben munchas casas de señores que os tomarán para guarda de casa y compañía á sus mujeres. Loz. Eso querria yo, si me mostrase este niño la casa. Cam. Sí hará. Vén acá, Aguilarico. Loz. ¡Ay, señora mia! ¿Aguilarico se llama? mi pariente debe ser. Beat. Ya podria ser; pues ahí junto mora su madre. Loz. Beso las manos de vuestras mercedes, y si supieren algun buen partido para mí, como si fuese estar con algunas doncellas, en tal que yo lo sirva, me avisen. Beat. Señora, sí, andad con bendicion. ¿Habeis visto? ¡qué lengua! ¡qué saber! Si á ésta le faltáran partidos decí mal de mí; más beato el que le fiára su mujer. Ter. Pues andaos á decir gracias, no sino gobernar doncellas, mas no mis hijas; ¿qué pensais que sería? dar carne al lobo; ante de ocho dias sabrá toda Roma, que ésta en són la veo yo que con los cristianos será cristiana, y con los jodíos jodía, y con los turcos turca, y con los hidalgos hidalga, y con los ginoveses ginovesa, y con los franceses francesa que para todos tiene salida. Cam. No veia la hora que la enviásedes de aquí; que si viniera mi hijo no la dexaba partir. Ter. Eso quisiera yo ver, cómo hablaba y los gestos que hiciera, y por ver si se cubriera; mas no cureis, que presto dará de sí como casa vieja, pues á casa va que no podria mejor hallar á su propósito, y ende más la patrona, que parece á la judía de Zaragoza, que la llevará consigo, y á todos contará sus duelos y fortuna. MAMOTRETO X El modo que tuvo yendo con Aguilarico, espantándose que le hablaban en catalan, y dice un barbero. Mosen Sorolla. Vén ascí, mon cosin Aguilaret. Veníu ascí, mon fill; ¿on seu estat? que ton pare ten demana. Aguilaret. Non vul venir, que vacih con aquesta dona. Sor. ¿Ma comare? feu vos así, veureu vostron fill. Sogorbesa. Vens ascí, tacañet. Aguil. ¿Qué voleu ma mare? ara ving. Sog. Not habrés pensat, traidoret; aquexa dona ¿on te ha tengut tot vuy? Loz. Yo, señora, ahora lo vi, y le rogaron unas señoras que me enseñase aquí junto á una casa. Sog. Anau al burdell, y laxau estar mon fill. Loz. Id vos, y besaldo donde sabeis. Sor. Mirá la cegijunta con qué me salió. Mallorquina. Veníu ací, bona dona. Nos pregan ab quexa dona, ma veina; ¿on anau? Loz. Por mi vida, señora, que no sé el nombre del dueño de una casa por aquí, que aquel niño me queria mostrar. Mallorq. ¿Debeu de fer llavors ó res? que así ma filla vos fará tot quan vos le comenaréu. Loz. Señora, no busco eso y siempre halla el hombre lo que no busca, máxime en esta tierra; dicíme, así vivais: ¿quién es aquella hija de corcovado, y catalana, que no conociéndome me deshonró? pues ¡guay della si soltaba yo la maldita! Ni vi su hijo, ni quisiera ver á ella. Mallorq. Nous cureu filla, anao vostron viaje, y si vos manau res, lo farem nosaltres de bon cor. Loz. Señora, no quiero nada de vos, que yo busco una mujer que quita cejas. Mallorq. Anao en mal guañy. ¿Y axó volias? cercaula. Loz. Válalas el diablo, y locas son estas mallorquinas; en Valencia ligaros ian á vosotras, y herraduras han menester como bestias, pues no me la irán á pagar á la pellejería de Búrgos. Cul de santarnao, som segurs quina gent de Deu. MAMOTRETO XI Cómo llamó á la Lozana la Napolitana que ella buscaba y dice á su marido que la llame. Napolitana. Oislo, ¿quién es aquella mujer que anda por allí? Ginovesa me parece; mirá si quiere nada de la botica; salí allá; quizá que trae guadaño. Jumilla. Salí vos, que en ver hombre se espantará. Nap. Dame acá ese morteruelo de azófar. Decí, hija, ¿echastes aquí el atauja y las pepitas de pepino? Hija. Señora, sí. Nap. ¿Qué mirais, señora? Con esa tez de cara no ganariamos nosotros nada. Loz. Señora, nos maravilleis que solamente en oiros hablar me alegre. Nap. Ansí es que no en valde se dixo: por do fueres, de los tuyos halles, quizá la sangre os tira; entrá, mi señora, y quitaos dese sol. Vén acá tú, sácale aquí á esta señora con qué se refresque. Loz. No hace menester, que si agora comiese me ahogaria del enojo que traigo de aquesas vuestras vecinas; mas si vivimos, y no nos morimos á tiempo serémos; la una porque su hijo me venía á mostrar á vuestra casa, y la otra porque demandé de vuestra merced. Nap. Hi, hi, son envidiosas, y por eso mirá cuál va su hija el domingo afeitada de mano de Mira la jodía, ó como las que nosotras afeitamos, ni más ni ál. Señora mia, el tiempo os doy por testigo. La una es de Segorve y la otra mallorquina, y como dixo Juan de la Encina, que cul y cap y feje y cos echan fuera á voto á Dios. Loz. Mirá si las conocí yo. Señora mia, ¿son doncellas estas vuestras hijas? Nap. Son y no son, sería largo de contar. Y vos, señora, ¿sois casada? Loz. Señora, sí; y mi marido será agora aquí de aquí á pocos dias; y en este medio querria no ser conoscida y empezar á ganar para la costa; querria estar con personas honestas por la honra, y quiero primero pagaros que me sirvais; yo, señora, vengo de Levante, y traigo secretos maravillosos, que máxime en Grecia se usan muncho; las mujeres que no son hermosas procuran de sello, y porque lo veais, póngase aquesto vuestra hija la más morena. Nap. Señora, yo quiero que vos misma se lo pongais, y si eso es, no habíades vos menester padre ni madre en esta tierra, y ese vuestro marido que decis, será rey; oxalá fuera uno de mis dos hijos. Loz. Que, ¿tambien teneis hijos? Nap. Como dos pimpollos de oro; traviesos son, mas no me curo, que para eso son los hombres. El uno es rubio como unas candelas, y el otro crespo; señora, quedaos aquí y dormiréis con las doncellas, y si algo quisiéredes hacer para ganar, aquí á mi casa vienen moros y jodíos, que si os conoscen, todos os ayudarán; y mi marido va vendiendo cada dia dos, tres y cuatro cestillas desto que hacemos, y lo que basta para una persona basta para dos. Loz. Señora, yo lo dó por rescebido, dad acá si quereis que os ayude á eso que haceis. Nap. Quitaos primero el paño y mirá si traés ninguna cosa que dar á guardar. Loz. Señora, no, sino un espejo para mirarme, y agora veo que tengo mi pago, que solia tener diez espejos en mi cámara para mirarme, que de mí misma estaba como Narciso, y agora como Tisbe á la fontana, y si no me miraba cien veces, no me miraba una, y he habido el pago de mi propia merced. ¿Quién son estos que vienen aquí? Nap. Ansí goce de vos que son mis hijos. Loz. Bien parecen á su padre; y si son estos los pinos de oro, á sus ojos. Nap. ¿Qué decis? Loz. Señora, que parecen hijos de rey nacidos en Badajoz; que veais nietos dellos. Nap. Ansí veais vos de lo que paristes. Loz. Mancebo de bien, llegaos acá y mostráme la mano. Mirá qué señal tenés en el monte de Mercurio y uñas de rapiña, guardaos de tomar lo ajeno, que peligraréis. Nap. A estotro bizarro me mirá. Loz. Ese barbitaheño, ¿cómo se llama? Vení, vení; este monte de Vénus está muy alto; vuestro peligro está señalado en Saturno, de una prision, en el monte de la luna, peligro por mar. Rampin. Caminar por do va el buey. Loz. Mostrá esotra mano. Ramp. ¿Qué quereis ver? que mi ventura ya la sé: decíme vos, ¿dónde dormiré esta noche? Loz. ¿Dónde? Donde no soñastes. Ramp. No sea en la prision y venga lo que viniere. Loz. Señora, este vuestro hijo más es venturoso que no pensais; ¿qué edad tiene? Nap. De diez años le sacamos los bracicos y tomó fuerza en los lomos. Loz. Suplicos que le deis licencia que vaya comigo y me muestre esta cibdad. Nap. Sí hará, que es muy servidor de quien lo merece; andá, meteos esa camisa y serví á esa señora honrada. MAMOTRETO XII Cómo Rampin le va mostrando la cibdad y le da ella un ducado que busque donde cenen y duerman, y lo que pasaron con una lavandera. Loz. Pues hacé una cosa, mi hijo, que por do fuésemos, que me digais cada cosa qué es y cómo se llaman las calles. Ramp. Ésta es la Ceca do se hace la moneda, y por aquí se va á Campo de Flor y al Coliseo, y acá es el puente, y éstos son los banqueros. Loz. ¡Ay, ay! no querria que me conosciesen, porque siempre fuí mirada. Ramp. Vení por acá y mirá; aquí se venden munchas cosas, y lo mejor que en Roma y fuera de Roma nace se trae aquí. Loz. Por tu vida que tomes este ducado y que compres lo mejor que te paresciere, que aquí jardin me parece más que otra cosa. Ramp. Pues adelante lo veréis. Loz. ¿Qué me dices? por tu vida que compres aquellas tres perdices que cenemos. Ramp. ¿Cuáles? ¿aquéstas? Astarnas son, que el otro dia me dieron á comer de una en casa de una cortesana, que mi madre fué á quitar las cejas y yo le llevé los afeites. Loz. ¿Y dó vive? Ramp. Aquí abaxo, que por allí habemos de pasar. Loz. Pues todo eso quiero que me mostreis. Ramp. Sí haré. Loz. Quiero que vos seais mi hijo, y dormiréis comigo; y mirá no me lo hagais, que ese bozo dencima demuestra que no sois capon. Ramp. Si vos me probásedes, no sería capon. Loz. ¿Por mi vida? Hi, hi; pues comprá de aquellas hostias un par de julios, y acordá dónde irémos á dormir. Ramp. En casa de una mi tia. Loz. ¿Y vuestra madre? Ramp. Que la quemen. Loz. Llevemos un cardo. Ramp. Son todos grandes. Loz. ¿Pues qué se nos da? cueste lo que costáre, que, como dicen, ayunar ó comer trucha. Ramp. Por esta calle hallarémos tantas cortesanas juntas como colmenas. Loz. ¿Y cuáles son? Ramp. Ya las verémos á las gelosías; aquí se dice el Viso, más arriba vereis munchas más. Loz. ¿Quién es éste? ¿es el Obispo de Córdoba? Ramp. Ansí viva mi padre es un obispo espigacensis de mala muerte. Loz. Más triunfo lleva un mameluco. Ramp. Los cardenales son aquí como los mamelucos. Loz. Aquéllos se hacen adorar. Ramp. Y éstos tambien. Loz. Gran soberbia llevan. Ramp. El año de veinte y siete me lo dirán. Loz. Por ellos padecerémos todos. Ramp. Mal de munchos gozo es; alzá los ojos arriba, y veréis la manifatura de Dios en la señora Clarina, allí me mirá vos, aquélla es gentil mujer. Loz. Hermano, hermosura en puta, y fuerza en badajo. Ramp. Mirá esta otra. Loz. Que presente para triunfar; por eso se dixo: ¿Quién te hizo puta? el vino y la fruta. Ramp. Es favorida de un perlado; aquí mora la galan portuguesa. Loz. ¿Quién es? ¿amiga de algun ginoves? Ramp. Mi agüelo es mi pariente, de ciento y otros veinte. Loz. ¿Y quién es aquella handorra que va con sombrero tapada, que va culeando y dos mozas lleva? Ramp. ¿Esa? cualque cortesanilla por ahí; mirá qué otra quinada dellas van por allá, que parescen enxambre, y los galanes tras ellas; á estas horas salen ellas desfrazadas. Loz. ¿Y dó van? Ramp. A perdones. Loz. ¿Sí? por demas lo tenian: ¿putas y perdoneras? Ramp. Van por recoger para la noche. Loz. ¿Qué es aquello? ¿qué es aquello? Ramp. Llévalas la justicia. Loz. Esperá, no os envolvais con esa gente. Ramp. No haré, luégo vengo. Loz. Mirá agora dónde va braguillas, guayas si la sacó, Perico el bravo; ¿que era por mi vida hijo? Ramp. No nada, sino el tributo que les demandaban, y ellas han dado por no ser vistas, quién anillo, quién cadena, y despues enviará cada una cualque litigante por lo que dió, y es una cosa que pagan cada una un ducado al año al capitan de Torre Sabela. Loz. ¿Todas? Ramp. Salvo las casadas. Loz. Mal hacen, que no habian de pagar sino las que están al burdel. Ramp. Pues por eso es la mayor parte de Roma burdel, y le dicen Roma putana. Loz. ¿Y aquéllas qué son? ¿moriscas? Ramp. No, cuerpo del mundo; son romanas. Loz. ¿Y por qué van con aquellas almalafas? Ramp. No son almalafas; son baticulo ó batirrabo y paños listados. Loz. ¿Y qué quiere decir, que en toda la Italia llevan delante sus paños listados ó velos? Ramp. Despues acá de Rodriguillo español, van ellas ansí. Loz. Eso quiero yo saber. Ramp. No sé más de cuanto lo oí ansí, é os puedo mostrar al Rodriguillo español de bronce; hecha fué estatua en Campidolio, que se saca una espina del pié y está desnudo. Loz. Por mi vida, que es cosa de saber y ver, que dicen que en aquel tiempo no habia dos españoles en Roma, y agora hay tantos. Verná tiempo que no habrá ninguno y dirán Roma mísera, como dicen España mísera. Ramp. ¿Veis allí la estufa do salieron las romanas? Loz. Por vida de tu padre que vamos allá. Ramp. Pues déxame llevar esto en casa de mi tia, que cerca estamos, y hallarlo hemos aparejado. Loz. ¿Pues dónde me entraré? Ramp. Aquí, con esta lavandera milagrosa. Loz. Bueno será. Ramp. Señora mia, esta señora se quede aquí, así Dios os guarde, á reservirlo hasta que torno. Lavandera. Intrate, madona, seate bien venuta. Loz. Beso las manos. Lav. ¿De dove siate? Loz. Señora, só española; mas todo mi bien lo he habido de un ginoves que estaba para ser mi marido, y por mi desgracia se murió; y agora vengo aquí porque tengo de haber de sus parientes gran dinero que me ha dexado para que me case. Lav. Ánima mia. Dios os dé mejor ventura que á mí, que aunque me veis aquí, soy española. Loz. ¿Y de dónde? Lav. Señora, de Nájera; y soy estada dama de grandes señoras, y un traidor me sacó, que se habia de casar comigo, y burlóme. Loz. No hay que fiar, decíme ¿cuánto há que estáis en Roma? Lav. Cuando vino el mal de Francia, y ésta fué la causa que yo quedase burlada; y si estoy aquí lavando y fatigándome, es para me casar, que no tengo otro deseo, sino verme casada y honrada. Loz. ¿Y los aladares de pez? Lav. ¿Qué decis, señora? Loz. Que gran pena teneis en maxcar. Lav. ¡Ay señora! La humidad de esta casa me ha hecho pelar la cabeza, que tenía unos cabellos como hebras de oro, y en un solo cabello tenía añudadas sesenta navidades. Loz. ¿Y la humidad os hace hundir tanto la boca? Lav. Es de mio, que todo mi parentado lo tiene, que cuando comen parece que mamillan. Loz. Mucho ganaréis á este lavar. Lav. ¡Ay señora! que cuando pienso pagar la casa, y comer, y leña, y ceniza, y xabon, caldera, y tinas, y canastas, y agua, y cuerdas para tender, y mantener la casa de cuantas cosas son menester, ¿qué esperais? Ningun amigo que tengais os querrá bien si no le dais, cuándo la camisa, cuándo la capa, cuándo la gorra, cuándo los huevos frescos, y así de mano en mano, do pensais que hay tocinos no hay estacas, y con todo esto á mala pena quieren venir cada noche á teneros compañía, y por esto tengo dos, porque lo quel uno no puede, supla el otro. Loz. Para tornar los gañivetes, este que se va de aquí, ¿quién es? Lav. Italiano es, canavario ó bostiller de un señor; siempre me viene cargado. Loz. ¿Y sábelo su señor? Lav. No, que es casa abastada; pues estaria fresca si comprase el pan para mí, y para todos esas gallinas, y para quien me viene á lavar, que son dos mujeres, y doiles un carlino, ó un real y la despensa, que beben más que hilan, y vino, que en otra casa beberian lo que yo derramo, porque me lo traigan fresco, que en esta tierra se quiere beber como sale de la bota; veis aquí dó viene el otro mi amigo, y es español. Loz. A él veo engañado. Lav. ¿Qué decis? Loz. Que este tal mancebo quien quiera se lo tomaria para sí; y sobre mi cabeza, que no ayuna. Lav. No á osados, señora; que tiene buen señor. Loz. No lo digo por eso, sino á pan y vos. Lav. Es como un ángel; ni me toma ni me da. ¿Qué quieres? ¿á qué vienes? ¿dó eres estado hoy? guarda no quiebres esos huevos. Español. ¿Quién es esa señora? Lav. Es quien es. Esp. ¡Oh, pese á la grulla! si lo sabía callaba por mi honra, esa fruta no se vende al puente. Loz. No, por mi vida, señor, que agora pasé yo por allí y no la vi. Esp. Bofeton en cara ajena. Lav. ¿No te quieres ir de ahí? ¡si salgo allá! ¿Qué os parece, señora? otro fuera que se enojára; es la misma bondad, y mirad que me ha traido cebada que no tengo otra cosa, la que le dan á él para la mula de su amo. Loz. Otra cosa mejor pensé que os traia. Lav. Andá, señora; harto da quien da lo que tiene. Loz. Sí, verdad es; mas no lo que hurta. Lav. Habláme alto, que me duele este oido. Loz. Digo que si lavais á españoles solamente. Lav. A todo hago por ganar, y tambien porque está aquí otra española, que me ha tomado muchas casas de señores, y lava ella á la italiana, y no hace tanta espesa como yo. Loz. ¿Qué diferencia tiene el lavar italiano? Lav. ¿Qué? grande; nosotras remojamos y damos una mano de xabon y despues encanastamos, y colamos, y se quedan los paños allí la noche que cuele la lexía, porque de otra manera serian los paños de color de la lexía; y ellas al remojar no meten xabon y dejan salir la lexía, que dicen que come las manchas, y tornan la ceniza al fuego á requemar, y despues no tiene virtud. Loz. Agora sé lo que no pensé; ¿quién es esta que viene acá? Lav. Aquí junto mora; mi vecina. Vecina. Española, ¿por qué no atas aquel puerco? no te cures, será muerto. Lav. Anda, véte, bésalo en el buz del hierba. Vec. Bien, yo te aviso. Lav. Pues mira, si tú me lo miras ó tocas, quizá no será puerco por tí; ¿pensa tú que ho paura del tu esbirro? á tí y á él os lo haré comer crudo. Vec. Bien, espera. Lav. Va daquí, borracha, y áun como tú he lavado yo la cara con cuajares. Loz. ¿Qué tambien teneis cochino? Lav. Pues iré yo á llevar toda esa ropa á sus dueños y traeré la sucia, y de cada casa, sin lo que me pagan los amos, me vale más lo que me dan los mozos, carne, pan, vino, fruta, aceitunas sevillanas, alcaparras, pedazos de queso, candelas de sebo, sal, presuto, ventresca, vinagre, que yo lo dó á toda esta calle, carbon, ceniza, y más lo que traigo en el cuerpo y lo que puedo garucar, como platos y escudillas, picheles, y cosas que el hombre no haya de comprar. Loz. Desa manera no hay galera tan proveida como las casas de las lavanderas desta tierra. Lav. Pues nos maravilleis, que todo es menester; que cuando los mozos se parten de sus amos, bien se lo pagamos, que nos lo ayudan á comer; que este bien hay en esta tierra, que cada mes hay nuevos mozos en casa, y nosotras los avisamos que no han de durar más ellos que los otros, que no sean ruines, que cuando el mundo les faltáre, nosotras somos buenas por dos meses, y tambien los enviamos en casa del tal, que se partió un mozo, mas no sabe el amo que lo tomó que yo se lo encaminé, y por esto ya el mozo me tiene puesto detras de la puerta el frasco lleno, y el resto, y si viene el amo que me lo ve tomar, digo que yo lo dexé allí cuando sobí. Veis, aquí viene aquel mozuelo que os dexó aquí. Rampin. ¿Qué se hace? sus, vamos, á vos muchas gracias, señora. Lav. Esta casa está á vuestro servicio; gana me viene de cantar: Anda, puta, no serás buena, No seré, no, que so de Llerena. Yo te lo veo en esa piel nueva; yo te he mirado en ojo que no mentiré, que tú ruecas de usos harás. Loz. Por mi vida, hermano, que he tomado placer con esta borracha, amenguada como hilado de beuda; ¿qué quiere decir estrego? vos qué sabeis, ¿santochada? Ramp. Quiere decir bruxa como ella. Loz. ¿Qué es aquello que dice aquél? Ramp. Son chambelas que van vendiendo. Loz. ¿Y de qué se hacen estas rosquitas? Ramp. De harina y agua caliente, y sal y mata la uva, y poco azúcar, y danles un bulle en agua, y despues metellas en el horno. Loz. Si en España se comiesen, dirian que es pan cenceño. Ramp. Porque allá sobra la levadura. Loz. Entrá vos y mirá si está ninguno allá dentro. MAMOTRETO XIII Cómo entran en la estufa Rampin y la Lozana, y preguntan: ¿Está gente dentro, hermano? Estufero. Andás aquí, andás; no hay más que dos. Ramp. Veislas, aquí salen. Loz. Caliente está por mi vida; tráeme agua fria, y presto salgamos de aquí. Ramp. Tambien habia bragas para vos. Loz. Poco sabeis, hermano; al hombre braga de hierro, á la mujer de carne; gana me viene de os azotar; tomá esta navaja, tornásela, que ya veo que vos no la teneis menester; vamos fuera, que me muero; dame mi camisa. Ramp. Vení, vení, tomá una chambela, va tú, haz venir del vino, toma págalo, vén presto, ¿eres venido? Est. Ecome que vengo. Señora, tomad, bebed, bebe más. Loz. Bebe tú, que torrontes parece. Ramp. Vamos fuera prestamente, que ya son pagados estos borrachos. Est. Señora, das aquella mancha. Loz. Si tú no me la has echado, no tenía yo mancha ninguna. Ramp. No dice eso el beudo, sino que llama el aguinaldo mancha, que es usanza. Loz. Pues dalde lo que se suele dar, que gran bellaco parece. Ramp. Adio. Est. Adio, caballeros de castillos. Loz. ¿Por dó hemos de ir? Ramp. Por acá, que aquí cerca está mi tia, veisla á la puerta. Loz. ¿Y qué es aquello que compra? ¿son rábanos y negros son? Ramp. No son sino romarachas, que son como rábanos, y dicen en esta tierra que quien come la romaracha y va en nagona, torna otra vez á Roma. Loz. ¿Tan dulce cosa es? Ramp. No sé, ansí dice el refran. Tia. Camiñá, sobrino, préstame un cuatrin. Ramp. De buena gana y un julio. Tia. Norabuena vengais, reina mia, toda venis sudada y fresca como una rosa. ¿Qué buscais, sobrino? todo está aparejado, sino el vino; id por ello y vení, cenarémos, que vuestro tio está volviendo el asador. Ramp. Pues, alcanzáme esa calabaza en que lo traiga, que en dos saltos vengo. Tia. ¿Qué os parece, señora, deste mi sobrino, que ansí fué siempre servicial? Loz. Señora, que querria que fuese venido mi marido, para que lo tomase y le hiciese bien. Tia. ¡Ay señora mia! qué merced ganaréis, que son pobres. Loz. No cureis, señora; mi marido les dará en qué ganen. Tia. Por mi vida, y á mi marido tambien, que bien sabe de todo y es persona sabida, aunque todos le tienen por un asno, y es porque no es malicioso; y por su bondad no es él agora cambiador, que está esperando unas recetas y un estuche para ser médico, no se cura de honras demasiadas, que aquí se está ayudando á repulgar y echar caireles á lo que yo coso. ¿Venis, sobrino? asentáos aquí cabe mí, comed, señora. Loz. Sí haré, que hambre tengo. Tia. ¿Oislo? vení á sentáos junto á esa señora, que os tiene amor, y quiere que os asenteis cabe ella. Viejo. Sí haré de buen grado. Ramp. Paso, tio, ¡cuerpo de sant! que echais la mesa en tierra; alzá el brazo, mirá que derramaréis, ¡quién me lo dixo á mí que lo habíades de hacer! Tia. Así, ansí veis caido el banco, y la señora se habrá hecho mal. Loz. No he, sino que todo el vino me cayó encima; buen señal. Tia. Id por más y veis lo hecho, pasáos aquí, que siempre haceis vuestras cosas pesadas; no cortés, que vuestro sobrino cortará, ¿veis? ¡ay! zape, zape, allá va, lo mejor se lleva el gato, ¿por qué no esperais? que parece que no habeis comido. Viej. Dexáme hacer, y terné mejor aliento para beber. Tia. ¿Venis, sobrino? Ramp. Vengo por alguna cosa en que lo traiga. Tia. ¿Y las dos garrafas? Ramp. Caí y quebrélas. Tia. Pues tomá este jarro. Ramp. Éste es bueno, y si me dice algo el tabernero, dalle he con él. Tia. Ansí se hace; señora mia yo me querria meter en un agujero y no ver esto cuando hay gente forastera en casa, mas vos, señora, habeis de mirar que esta casa es vuestra. Loz. Más gana tengo de dormir que de otra cosa. Tia. Sobrino, cená vosotros, en tanto que vo é la ayudo á desnudar. Ramp. Señora, sí. MAMOTRETO XIV Cómo torna su tia y demanda donde ha de dormir Rampin, y lo que pasaron la Lozana y su futuro criado en la cama. Tia. Dime, sobrino, ¿has de dormir allí con ella? que no me ha dicho nada, y por mi vida que tiene lindo cuerpo. Ramp. Pues ¿que si la viérades vos desnuda en la estufa? Tia. Yo quisiera ser hombre, tan bien me ha parecido; ¡oh qué pierna de mujer! y el necio de su marido que la dexó venir sola á la tierra de cornualla, debe ser cualque babion, ó veramente que ella debe de ser buena de su cuerpo. Ramp. Yo lo veré esta noche, que si puedo, tengo de pegar con sus bienes. Tia. A otro que tú habria ella de menester, que le hallase mejor la bezmellerica y le hinchese la medida. Ramp. Andá no habrés, que debaxo yace buen bebedor, como dicen. Tia. Pue alla dexé el candil, va pasico que duerme, y cierra la puerta. Ramp. Sí haré: buenas noches. Tia. Va en buen hora. Loz. ¡Ay hijo! ¿y aquí os echastes? pues dormí y cobijaos, que harta ropa hay; ¿qué haceis? mirá que tengo marido. Ramp. Pues no está agora aquí para que nos vea. Loz. Sí, mas sabello há. Ramp. No hará, esté queda un poquito. Loz. ¡Ay qué bonito! ¿y desos sois? por mi vida que me levante. Ramp. No sea desa manera, sino por ver si soy capon me dexéis deciros dos palabras con el dinguilindon. Loz. No haré, la verdad, te quiero decir que estoy vírgen. Ramp. Andá señora, que no teneis vos ojo de estar vírgen; dexáme ahora hacer, que no parecerá que os toco. Loz. ¡Ay! ¡ay! sois muy muchacho y no querria haceros mal. Ramp. No haréis, que ya se me cortó el frenillo. Loz. ¿No os basta besarme y gozar de mí ansí, que quereis tambien copo y condedura? catá que me apretais ¿vos pensais que lo hallaréis? pues hagos saber que ese huron no sabe cazar en esta floresta. Ramp. Abrilde vos la puerta, que él hará su oficio á la macha martillo. Loz. Por una vuelta soy contenta. Mochacho, ¿eres tú? por esto dicen, guárdate del mozo cuando le nace el bozo; si lo supiera, más presto soltaba las riendas á mi querer, pasico, bonico, quedico, no me ahinqueis, andá comigo, por ahí van allá, ay qué priesa os dais, y no mirais que esta otrie en pasatiempo si no vos, catá que no soy de aquellas que se quedan atras, esperá besaros he, ansí, ansí, por ahí, seréis maestro, ¿veis cómo va bien? esto no sabiedes vos, pues no se os olvide, sús, dalde maestro que aquí se verá al correr desta lanza, quien la quiebra, y mirá que por mucho madrugar no amanece más ahína; en el coso te tengo, la garrocha es buena, no quiero sino vérosla tirar, buen principio llevais, caminá que la liebra está echada, aquí va la honra. Ramp. Y si la venzo, ¿qué ganaré? Loz. No cureis, que cada cosa tiene su premio, ¿á vos vezo yo, que nacistes vezado? daca la mano y tente á mí, que el almadraque es corto, aprieta y cava, y ahoya, y todo á un tiempo. A las clines corredor, agora, por mi vida, que se va el recuero. ¡Ay amores, que soy vuestra, muerta y viva! quitaos la camisa, que sudais; ¡cuánto tiempo habia que no comia cocho! ventura fué encontrar en hombre tan buen participio, á todo pasto, este tal majadero no me falte, que yo apetito tengo dende que nací, sin ajo y queso que podria prestar á mis vicinas. Dormido se ha, en mi vida vi mano de mortero tan bien hecha, ¡qué gordo que es! y todo parejo, mal año para nabo de Xeres, parece bisoño de frojolon; la habla me quitó, no tenía por do resollar, no es de dexar este tal unicornio. ¿Qué habeis, amores? Ramp. No, nada, sino demandaros de merced que toda esta noche seais mia. Loz. No más, ansí goceis. Ramp. Señora, ¿por qué no? ¿falté algo en la pasada? emendallo hemos, que la noche es luenga. Loz. Disponé como de vuestro, con tanto que me lo tengais secreto. ¡Ay qué miel tan sabrosa! no lo pensé, aguza, aguza, dale si le das que me llaman en casa, aquí, aquí; buena como la primera, que no le falta un pelo, dormí por mi vida, que yo os cobijaré; quite Dios de mis dias y ponga en los tuyos, que cuanto enojo traia me has quitado; si fuera yo gran señora, no me quitára jamas este de mi lado, ¡oh pecadora de mí! ¿y desperteos? no quisiera. Ramp. Andá, que no se pierde nada. Loz. ¡Ay! ¡ay! ¡así va, por mi vida, que tambien caminé yo! allí, allí me hormiguea, que, que, ¿pasaréis por mi puerta? Amor mio, todavía hay tiempo; reposa, alza la cabeza, tomá esta almohada; mirá que sueño tiene, que no puede ser mejor, quiérome yo dormir. Auctor. Quisiera saber escribir un par de ronquidos á los cuales despertó él, y queriéndola besar, despertó ella, y dixo: ¡Ay señor! ¿es de dia? Ramp. No sé; que agora desperté, que aquel cardo me ha hecho dormir. Loz. ¿Qué haceis?.. y cuatro, á la quinta canta el gallo, no estaré queda, no estaré queda hasta que muera; dormí que ya es de dia, y yo tambien matá aquel candil que me da en los ojos, echaos y tirá la ropa á vos. Auctor. Allí junto moraba un herrero, el cual se levantó á media noche y no les dexaba dormir, y él se levantó á ver si era de dia, y tornándose á la cama, la despertó, y dixo ella: ¿De dó venis? que no os sentí levantar. Ramp. Fuí allí fuera, que estos vecinos hacen de la noche dia, están las cabrillas sobre este horno, que es la punta de la media noche y no nos dexan dormir. Loz. ¿Y en cueros salisteis? frio venis. Ramp. Vos me escalentaréis. Loz. Sí haré, mas no de esa manera, no más, que estoy harta y me gastaréis la cena. Ramp. Tarde acordaste, que dentro yaz que no rabea; harta me decis que estais, y parece que comenzais agora, cansada creeria yo más presto que no harta. Loz. Pues ¿quién se harta que no dexe un rincon para lo que viniere? por mi vida, que tan bien batís vos el hierro como aquel herrero, á tiempo y fuerte, que es acero; mi vida, ya no más, que basta hasta otria dia, que yo no puedo mantener la tela, y lo demas sería gastar lo bueno; dormí, que almozar quiero en levantándome. Ramp. No cureis, que mi tia tiene gallina y nos dará de los huevos, y muncha manteca y la calabaza llena. Loz. Señor, sí diré yo, como decia la buena mujer despues de bien harta. Ramp. ¿Y cómo decia? Loz. Dixo harta de duelos con muncha mancilla; como lo sabe aquella, que no me dexará mentir. Auctor. Y señaló á la calabaza. Ramp. Puta vieja era ésa; á la manteca llamaba mancilla lobos. Loz. Luenga vala, júralo mozo, y ser de Córdoba me salva; el sueño me viene, reposemos. Ramp. Soy contento, á este lado y metamos la ilesia sobre el campanario. Auctor. Era mediodia cuando vino la tia á despertallos, y dice: sobrino, abrí, catá el sol que entra por todo, buenos dias, ¿cómo habeis dormido? Loz. Señora, muy bien, y vuestro sobrino como lechon de viuda, que no ha meneado pié ni pierna hasta agora, que yo ya me sería levantada sino por no despertallo; que no he hecho sino llorar pensando en mi marido, qué hace ó dó está, que no viene. Tia. No tomeis fatiga; andad acá, que quiero que veais mi casa agora que no está aquí mi marido, veis aquí en qué paso tiempo; ¿quereis que os la quite á vos? Loz. Señora, sí, despues yo os pelaré á vos, porque veais qué mano tengo. Tia. Esperá, traeré aquel pelador ó escoriador, y veréis que no dexa bello ninguno, que las jodías lo usan muncho. Loz. ¿Y de qué se hace este pegote ó pellejador? Tia. ¿De qué? de trementina y de pez greca, y de calcina vírgen y cera. Loz. Aquí do me lo posistes se me ha hinchado y es cosa sucia; mejor se hace con vidrio sotil y muy delgado, que lleva el vello y hace mejor cara, y luégo un poco de olio de pepitas de calabaza y agua de flor de habas á la veneciana, que hace una cara muy linda. Tia. Eso quiero, que me vecéis. Loz. Buscá una redomilla quebrada, mirá que suave que es, y es cosa limpia. Tia. No habréis, que si os caen en el Rastro las cortesanas, todas querrán probar, y con eso que vos le sabeis dar con ligereza, ganaréis cuanto quisiéredes, Dios delante; veis aquí do viene mi marido. Viejo. Estéis en buen hora. Loz. Seais bien venido. Viej. Señora, ¿qué os ha parecido de mi sobrino? Loz. Señor, ni amarga ni sabe á fumo. Tio. Por mi vida, que teneis razon, mas yo fuera más al propósito que no él. Tia. Mirá que se dexará decir; se pasan los dos meses que no me dice qué tienes ahí, y se quiere ahora hacer gallo, para quien no os conoce teneis vos palabra. Loz. Señora, no os altereis que mi bondad es tanta, que ni sus palabras, ni su sobrino no me empreñarán; vamos, hijo Rampin, que es tarde para lo que tenemos de hacer. Tia. Señora, id sana y salva, y tornarme á ver con sanidad. MAMOTRETO XV Cómo fueron mirando por Roma, hasta que vinieron á la judería, y cómo ordenó de poner casa. Loz. ¿Por dó hemos de ir? Ramp. Por aquí, por plaza Redonda, y verés el templo de Panteon, y la sepultura de Lucrecia Romana, y el aguja de piedra que tiene la ceniza de Rómulo y Rémulo, y la Coluna labrada, cosa maravillosa, y veréis setemzoneis (sic), y reposarés en casa de un compañero mio que me conoce. Loz. Vamos, que aquel vuestro tio sin pecado podria traer albarda, ella parece de buena condicion, yo la tengo de vezar muchas cosas que sé. Ramp. Deso os guardá; no vezeis á ninguna lo que sabeis, guardadlo para cuando lo habréis menester, y si no viene vuestro marido, podréis vos ganar la vida, que yo diré á todas que sabeis más que mi madre, y si quereis que esté con vos os iré á vender lo que hiciéredes, y os pregonaré que traés secretos de Levante. Loz. Pues vení acá, que eso mismo quiero yo, que vos esteis comigo, mirá que yo no tengo marido, ni péname el amor, y de aquí os digo que os tomé vestido y harto como barba de rey, y no quiero que fatigueis, sino que os hagais sordo y bobo, y calleis aunque yo os riña y os trate de mozo, que vos llevaréis lo mejor, y lo que yo ganáre sabeldo vos guardar, y veréis si habrémos menester á nadie: á mí me quedan aquí cuatro ducados para remediarme, id, compráme vos soliman, y lo haré labrado, que no lo sepan mirar cuantas lo hacen en esta tierra que lo hago á la cordobesa, con saliva y al sol, que esto dicen que es lo que hace la madre á la hija, esotro es lo que hace la cuñada á la cuñada, con agua y al fuego, y si miran que no falte, ni sé qué me sería bueno, y desto haré yo para el comun, mas agora he menester que sea loada, y cómo la primera vez les hará buena cara siempre diré que lo paguen bien que es de muncha costa y gran trabajo. Ramp. Aquí es el Aduana, mirá si querés algo. Loz. ¿Que aduanaré? vos me habés llevado la flor. Ramp. ¿Veis allí una casa que se alquila? Loz. Veámosla. Ramp. Ya yo la he visto; que moraba una putilla allí, y tiene una cámara y una saleta, y paga diez ducados de carlines al año, que son siete é medio de oro, y ella la pagaba de en tres en tres meses, que serien veinte é cinco carlines por tres meses; y buscarémos un colchon y una silla para que hincha la sala, y así pasaréis hasta que vais entendiendo y conosciendo. Loz. Bien decís; pues vamos á mercar un morterito chiquito, para comenzar á hacer qualque cosa que dé principio al arte. Ramp. Sea ansí, yo os lo traeré. Vamos primero á hablar con un jodío, que se llama Trigo, que él os alquilará todo lo que habeis menester, y áun tomará la casa sobre sí. Loz. Vamos, ¿conoces alguno? Ramp. Mirá, es judío plático, dexá hacer á él, que él os publicará entre hombres de bien que paguen la casa y áun el comer. Loz. Pues eso hemos menester; decíme, ¿es aquél? Ramp. No, que él no trae señal, que es judío que tiene favor, y lleva ropas de seda vendiendo, y ese no lleva sino ropa vieja y zulfaroles. Loz. ¿Qué plaza es ésta? Ramp. Aquí se llama Nagona, y si venís el miércoles veréis el mercado, que quizá desde que nacistes no habés visto mejor órden en todas las cosas, y mirá que es lo que quereis, que no falta nada de cuantas cosas nacen en la tierra y en el agua, y cuantas cosas se pueden pensar que sean menester, abundantemente, como en Venecia y como en cualquier tierra de acarreto. Loz. Pues eso quiero yo que me mostreis, en Córdoba se hace los juéves, si bien me recuerdo: Juéves, era juéves, dia de mercado, convidó Hernando los Comendadores; ¡oh, si me muriera cuando esta endecha oí! No lo quisiera tampoco, que bueno es vivir, quien vive loa el Señor; ¿quién son aquellos que me miraron? ¡para ellos es el mundo, y lóbregos de aquellos que van á pié, que van sudando, y las mulas van á matacaballo, y sus mujeres llevan á las ancas! Ramp. Eso de sus mujeres son cortesanas, y ellos deben de ser grandes señores, pues mirá que por eso se dice Roma, triunfo de grandes señores, paraíso de putanas, purgatorio de jóvenes, infierno de todos, fatiga de bestias, engaño de pobres, peciguería de bellacos. Loz. ¿Qué predica aquél? vamos allá. Ramp. Predica cómo se tiene de perder Roma, destruirse el año del XXVII, mas dícelo burlando. Éste es Campo de Flor, aquí es en medio de la cibdad; éstos son charlatanes, sacamuelas y gastapotras, que engañan á los villanos y á los que son nuevamente venidos, que aquí los llaman bisoños. Loz. ¿Y con qué los engañan? Ramp. ¿Veis aquella raíz que él tiene en la mano? está diciendo que quita el dolor de los dientes, y que lo dará por un bayoque, que es cuatro cuatrines, hará más de ciento de aquellos, si halla quien los compre tantos bayoques hará; y mirá el otro cuero hinchado aquel papel que muestra, está diciendo que tiene polvos para vérmes, que son lombrices, y mirá qué priesa tiene, y despues será qualque cosa que no vale un cuatrin, y dice mill faranduras, y á la fin todo nada; vamos, que un loco hace ciento. Loz. Por mi vida, que no son locos. Decíme, ¿quién mejor sabio que quien sabe sacar dinero de bolsa ajena sin fatiga? ¿Qu’es aquello que están allí tantos en torno aquél? Ramp. Son mozos que buscan amos. Loz. ¿Y aquí vienen? Ramp. Señora si, veis allí do van dos con aquel caballero que no ture más el mal año, que ellos turáran con él. Loz. ¿Cómo lo sabeis vos? aquella agüela de las otras lavanderas me lo dixo ayer, que cada dia en esta tierra toman gente nueva. Ramp. ¿Qué sabe la puta vieja, cinturiona segundina? cuándo son buenos los famillos, y guardan la ropa de sus amos no se parten cada dia, mas si quieren ser ellos patrones de la ropa que sus amos trabajan, cierto es que los enviarán á turullote; mirá, los mozos y las fantescas son los que difaman las casas, que siempre van diciendo mal del patron y siempre roban más que ganan, y siempre tienen una caxa fuera de casa, para lo que hurtan, y ellas quieren tener un amigo que venga de noche, y otramente no estarán, y la gran nescesidad que tienen los amos se lo hacen comportar, y por eso mudan, pensando hallar mejor, y solamente son bien servidos el primer mes. No hay mayor fatiga en esta tierra que es mudar mozos, y no se curan, porque la tierra lo lleva, que si uno los dexa, otro los ruega, y así ni los mozos hacen casa con dos solares, ni los amos los dexan sus herederos, como hacen en otras tierras; pensá que yo he servido dos amos en tres meses, que estos zapatos de seda me dió el postrero, que era escudero, y tinie una puta, y comiamos comprado de la taberna, y ella era golosa, y él pensaba que yo me comia unas sorbas que habian quedado en la tabla, y por eso me despidió; y como no hice partido con él, que estaba á discricion, no saqué sino estos zapatos á la francesa, esperanza tenía que me habia de hacer del bien si le sobraba á él. Loz. ¿Decísmelo de verdad? luego vos no sabeis que se dice que la esperanza es fruta de necios como vos, y majaderos como vuestro amo. MAMOTRETO XVI Cómo entran á la judería y veen las sinogas, y cómo viene Trigo, judío, á ponelle casa. Loz. Aquí bien huele, convite se debe hacer, por mi vida, que huele á porqueta asada. Ramp. ¿No veis que todos estos son judíos, y es mañana sábado, que hacen el adafina? mirá los braseros y las ollas encima. Loz. Sí, por vuestra vida, ellos sabios en guisar á carbon que no hay tal comer como lo que se cocina á fuego de carbon y en olla de tierra; decíme, ¿qué es aquella casa que tantos entran? Ramp. Vamos allá y vello hés; ésta es sinoga de catalanes, y esta de abaxo es de mujeres, y allí son tudescos, y la otra franceses, y ésta de romanescos é italianos, que son los más necios judíos que todas las otras naciones, que tiran al gentílico, y no saben su ley; más saben los nuestros españoles que todos, porque hay entre ellos letrados y ricos, y son muy resabidos; mirá allá donde están, ¿qué os paresce? ésta se lleva la flor; aquellos dos son muy amigos nuestros, y sus mujeres las conozco yo, que van por Roma rezando oraciones para quien se ha de casar, y ayunos á las mozas para que paran el primer año. Loz. Yo sé mejor que no ellas hacer eso espeso con el plomo derretido; por ahí no me llevarán, que las moras de Levante me vezaron engañar bobas; en una cosa de vidrio, como es un orinal bien limpio y la clara de un huevo, les haré ver maravillas para sacar dinero de bolsa ajena diciendo los hurtos. Ramp. Si yo sabía eso cuando me hurtaron unos guantes que yo los habia tomado á aquel mi amo (por mi salario), fueran agora para vos, que eran muy lindos, y una piedra se le cayó á su amiga, y halléla, veisla aquí, que ha expendido dos ducados en judíos que endevinasen, y no le han sabido decir que yo la tenía. Loz. Mostrá; éste diamante es, vendámoslo, y diré yo que lo traigo de Levante. Ramp. Sea ansí; vamos al mesmo jodío, que se llama Trigo, ¿veislo? allá sale, vamos tras él que aquí no hablará si no dice la primera palabra, oro, porque lo tienen por buen agüero. Loz. ¿No es oro lo que oro vale? Trigo. ¿Qué es eso que decís, señora ginovesa? el buen jodío, de la paja hace oro; ya no me puede faltar el Dio, pues que de oro habló. Y vos, pariente, ¿qué buscais? ¿venís con esta señora? ¿qué ha menester? que ya sabeis vos que todo se remediará, porque su cara muestra que es persona de bien; vamos á mi casa, entrá. Tina, Tina, vén abaxo, daca un coxin para esta señora, y apareja que coman algo de bueno. Loz. No aparejeis nada, que hemos comido. Judío. Haga buen pro, como hizo á Jacó. Loz. Hermano, ¿qué le dirémos primero? Ramp. Decilde de la piedra. Loz. ¿Veis aquí? querria vender esta joya. Jud. Esto en la mano lo teneis, buen diamante, fino parece. Loz. ¿Qué podria valer? Jud. Yo os diré; si fuese aquí qualque gran señor veneciano que lo tomasse, presto haríamos á despachallo; vos, ¿en qué precio lo teneis? Loz. En veinte ducados. Jud. No los hallaréis por él; mas yo os diré que dexeme acá hasta mañana, y verémos de serviros, que cuando halláremos quien quiera desbolsar diez, será maravilla. Ramp. Mirá, si los hallais luégo, daldo. Jud. Esperáme aquí; ¿traés otra cosa de joyas? Loz. No agora. Ramp. ¿Veis qué judío tan diligente? Veislo aquí torna. Jud. Señora, ya se ha mirado y visto, el platero da seis solamente, y si no, veislo aquí sano y salvo, y no dará más, y áun dice que vos me habeis de pagar mi fatiga ó corretaje, y dixo que tornase luégo, si no, que no daria despues un cuatrin. Loz. Dé siete, y págueos á vos, que yo tambien haré mi débito. Jud. Desa manera ocho serán. Loz. ¿A qué modo? Jud. Siete por la piedra, y uno á mí por el corretaje; caro sería, y el primer lance no se debe perder, que cinco ducados buenos son en Roma. Loz. ¿Cómo cinco? Jud. Si me pagais á mí uno, no le quedan á vuestra merced sino cinco, que es el caudal de un judío. Ramp. Vaya, déselo, que estos jodíos si se arrepienten no harémos nada. Andá Trigo, daldo y mirá si podeis sacalle más. Jud. Eso por amor de vos lo trabajaré yo. Ramp. Vení presto. Loz. Mirá qué casa tiene este judío, este tabardo quiero que me cambie. Ramp. Sí hará, veislo viene. Jud. Ya se era ido, hicístesme detener, agora no hallaré quien lo tome sino fiado. Tina, vén acá, dáme tres ducados de la caxa, que mañana yo me fatigaré aunque sepa perder cualque cosilla; señora, ¿dó morais, para que os lleve el resto? y mirá qué otra cosa os puedo yo servir. Loz. Este mancebito me dice que os conosce y que sois muy bueno y muy honrado. Jud. Honrados dias vivan vos y él. Loz. Yo no tengo casa, vos me habeis de remediar de vuestra mano. Jud. Sí, bien, y ¿á qué parte la quereis de Roma? Loz. Do veais vos que estaré mejor. Jud. Dexá hacer á mí, vení vos comigo, que sois hombre. Tina, apareja un almofrex ó matalace y un xergon limpio y esa silla pintada y aquel forcel. Tina. ¿Qué forcel? no os entiendo. Jud. Aquel que me daba diez y ocho carlines por él la portuguesa que vino aquí ayer. Tin. Ya, ya. Jud. ¿Quereis mudar vestidos? Loz. Sí, tambien. Jud. Dexáme hacer, que esto os está mejor, volveos, si para vos se hiciera no estuviera más á propósito, esperá: Tina, daca aquel paño listado que compré de la Imperia, que yo te la haré á esta señora única en Roma. Loz. No cureis que todo se pagará. Jud. Todo os dice bien, si no fuese por esa picadura de mosca gracia teneis vos, que vale más que todo. Loz. Yo haré de modo que cegará quien bien me quisiere, que los duelos con pan son buenos; nunca me mataré por nadie. Jud. Procurávos de no haber menester á ninguno, que, como dice el judío, no me veas mal pasar, que no me verás pelear. Loz. Son locuras decir eso. Jud. Mirá porque lo digo, porque yo querria, si pudiese ser, que hoy en este dia fuésedes rica. Loz. ¿Es el culantro hervir, hervir? Jud. Por vida desa cara honrada que más valeis que pensais, vamos á traer un ganapan que lleve todo esto. Ramp. Veis allí uno, llamaldo vos, que la casa yo sé dó está, tres tanto pareceis mejor desa manera; id vos delante, buen judío, que nosotros nos irémos tras vos. Jud. ¿Y dónde es esa casa que decís? Ramp. A la Aduana. Jud. Bueno ansí gocen de vos; pues no tardeis, que yo la pagaré, y esta escoba para limpialla con buena man derecha. Конец ознакомительного фрагмента. Текст предоставлен ООО «ЛитРес». Прочитайте эту книгу целиком, купив полную легальную версию (https://www.litres.ru/francisco-delicado/retrato-de-la-lozana-andaluza/) на ЛитРес. Безопасно оплатить книгу можно банковской картой Visa, MasterCard, Maestro, со счета мобильного телефона, с платежного терминала, в салоне МТС или Связной, через PayPal, WebMoney, Яндекс.Деньги, QIWI Кошелек, бонусными картами или другим удобным Вам способом. notes 1 «Biblioteca de Autores Españoles. Libros de Caballerías, con un discurso preliminar y un catálogo razonado, por D. Pascual de Gayángos.» Madrid, M. Rivadeneyra, 1857. 2 La Lozana Andaluza, pág. 239 (#litres_trial_promo). 3 «El modo de adoperare el legno de India occidentale salutifero remedio a ogni piaga et mal incurabile, et si guarisca il mal Franceso; operina de misser pre. Francisco Delicado.» Al fin: «Impressum Venetiis sumptibus vener. presbiteri Francisci Delicati Hispani de opido Martos, die 10 Februarii 1529.» En 4.º, de ocho fólios y letra gótica. 4 «Los cuatro libros de Amadis de Gaula nuevamente impresos y historiados, 1533.» Al fin: «Fué empresa en la muy ínclita y singular ciudad de Venecia, por maestro Juan Antonio de Sabia, impresor de libros, á las espesas de M. Juan Bautista Pedrazana é Compañon, mercadante de libros. Está al pié del puente de Rialto, é tiene por enseña una torre. Acabóse en el año 1533, á dias siete del mes de Setiembre. Fué revisto, corrigiéndolo de las letras que trocadas de los impresores eran, por el vicario del Valle de Cabezuela, Francisco Delicado, natural de la Peña de Martos.» 5 «Los tres libros del muy esforzado caballero Primaleon et Polendos, su hermano, hijos del emperador Palmerin de Oliva.» Al fin: «Acabóse de imprimir en la ínclita ciudad del Senado veneciano, hoy primero dia de Hebrero del presente año de mil y quinientos et treinta quatro del nacimiento del nuestro Redemptor, y fué impreso por M. Juan Antonio de Nicolini de Sabio. Á las espesas de M. Juan Batista Pedrezan, mercader de libros que está al pié del puente de Rialto, é tiene por enseña la Torre. Estos tres libros, como arriba vos diximos, fueron corregidos y enmendados de las letras que trastrocadas eran por el vicario del Valle de Cabezuela, Francisco Delicado, natural de la Peña de Martos.» 6 Gayángos en su discurso preliminar á Los libros de Caballerías, nota en la pág. XXXIX.